Por Luis Carlos Samudio G
Abogado, docente y mediador
Todos saben que para preparar una buena salsa de tomate en la vida diaria se necesita equilibrio: tomates frescos, especias apropiadas, un tiempo de cocción adecuado y una receta bien definida.
Si falta alguno de )os componentes mencionados, el resultado no sería satisfactorio. Esa metáfora nos ayuda a entender las disputas entre instituciones gubernamentales, que con frecuencia se transforman en conflictos públicos que inquietan al pueblo de manera significativa, ya que desvían el enfoque de lo realmente importante: resolver los problemas sociales y buscar la justicia.
El pueblo sigue con preocupación cómo las entidades del Estado se encierran en interminables luchas, batallas públicas que parecen más un espectáculo que una práctica de gobierno.
La población observa a los Órganos Ejecutivo, Legislativo, Judicial y a otros organismos independientes enfrentados entre sí, como si fueran competidores en un torneo, sin recordar que su deber es proteger, servir y asegurar la justicia social.
La realidad es que siguen sin solucionar los problemas urgentes de las personas. En esa lista de graves problemas figuran la inseguridad, la pobreza y la desigualdad.
En ese sentido, la metáfora de la salsa de tomate hace pensar que cada institución es un componente que tiene que combinarse en armonía. El Órgano Ejecutivo proporciona tomates frescos, el Legislativo incluye ajo y cebolla, el Judicial garantiza que la combinación sea equitativa y los organismos autónomos supervisan que la transparencia no se vea comprometida.
Sin embargo, si esos ingredientes no se mezclan con respeto y colaboración, la salsa puede volverse ácida, incluso quemarse. Y los que acabamos probando esa salsa somos nosotros, la gente, que no solicitamos conflictos, sino respuestas efectivas.
El proceso debería ser dirigido por la receta constitucional. No obstante, la receta se pierde cuando los actores políticos eligen improvisar y omitir procedimientos, o reinterpretar las reglas a su gusto. Un proceso que debería ser organizado se transforma en un desastre que provoca desconfianza y frustración. La ciudadanía tiene la impresión de que las instituciones están más centradas en proteger el poder que en aplicar soluciones correctas a los problemas sociales.
El sabor de esos conflictos se hace más fuerte por los condimentos políticos: las presiones a nivel internacional, la opinión pública, los intereses partidistas y los medios de comunicación. En ocasiones, un exceso de especias hace que el conflicto se vuelva más picante de lo que debería. El pueblo, como comensal forzado, siente que se le está sirviendo un plato con demasiadas especias políticas y que sus necesidades fundamentales —la salud, la justicia social, el empleo y la educación— quedan relegadas.
El tiempo que toma cocinar esas disputas es excesivo. Algunas podrían solucionarse pronto si existiera la voluntad de dialogar; sin embargo, muchas se prolongan durante meses o años. La olla hierve, pero el alimento que requerimos nunca se sirve. Y con cada día que pasa, aumenta la frustración, ya que tenemos la impresión de que la política se ha transformado en un juego de poder y no en un medio para mejorar nuestra vida.
Desafortunadament, la textura final de esa salsa institucional parece estar quemada. Lo que se presenta son crisis políticas, planes detenidos y una impresión de que la política se ha convertido en un espectáculo vacío.
La población no desea más platos quemados. Buscamos una salsa uniforme, resultado del consenso y la colaboración, que nos nutra con equidad, justicia y solidaridad.
Anhelamos que se escuche claramente nuestra voz: preferimos los acuerdos a las divisiones; la justicia social a las disputas institucionales. Anhelamos una salsa homogénea que nos alimente como nación y garantice seguridad, educación, trabajo digno y salud para todos.
Anhelamos que los elementos del Estado trabajen juntos para construir un futuro de dignidad, equidad y esperanza. Esa es la verdadera misión de las instituciones, y no pararemos hasta que lo comprendan.
El pueblo, en calidad de consumidor final de esta salsa institucional, manifiesta su inquietud. No desea presenciar más disputas en televisión entre poderes del Estado ni conversaciones infructuosas en los pasillos gubernamentales. Lo que se requiere es que los ingredientes se mezclen adecuadamente, la receta se siga, los condimentos no sean utilizados en exceso y el tiempo de cocción sea suficiente para lograr resultados específicos.
La ciudadanía exige que las instituciones se enfoquen en solucionar los problemas del ámbito social: asegurar el acceso a la salud, mejorar la educación, generar empleos dignos y fomentar la justicia social.
Conclusión
La metáfora de la salsa de tomate nos hace recordar que la política debería ser un proceso en el que se coopere y se mantenga el equilibrio. El pueblo es el que paga las consecuencias cuando las instituciones compiten entre ellas: se retrasa la solución de los problemas, disminuye la confianza y aumenta la desigualdad. La ciudadanía se preocupa porque las disputas públicas institucionales han llegado a ser un objetivo en sí mismas, mientras que los asuntos sociales continúan sin resolverse.
Los actores políticos deben entender que la verdadera tarea del Estado no es vencer las luchas internas, sino preparar una salsa que nutra a todos: una sociedad más equitativa, justa y solidaria.
¡Juntos trabajemos a favor de la paz y la convivencia pacífica!




