El legado de Ligia Herrera a la juventud psnameña

Palabras de la Dra. Ligia Herrera en el acto de entrega del Doctorado Honoris Causa, conferido por la Universidad Especializada de las Américas (UDELAS). La ilustre intelectual desapareció físicamente en enero de 2023, pero su legado y compromiso social con la juventud panameña sigue vigente.

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Dra. Ligia Herrera.

Profesora Berta Torrijos de Arosemena, rectora de la Universidad Especializada de Las Américas (UDELAS); directivos, académicos y estudiantes; colegas y amigos todos:

La distinción que esta universidad me otorga al concederme el privilegio de su Doctorado Honoris Causa, es para mi motivo de profundo orgullo y agradecimiento.

Al recibirlo me siento especialmente conmovida por dos razones. En primer lugar, por el prestigio de esta Universidad, joven, pujante, que amplía constantemente su campo de acción y de interés de preferencia en el ámbito social, lo que la distingue y la hace diferente.

En segundo lugar, porque con esta distinción pueda yo cerrar, como con broche de oro, una larga etapa de trabajo.

Quisiera en este momento importante de mi vida profesional rendir homenaje a mis antiguos y sabios maestros Angel Rubio y Carlos Manuel Gasteazoro de Panamá, y a Humberto Fuenzalida y Pedro Cunill, de Chile, quienes me mostraron el camino y me dieron armas para recorrerlo en pos del anhelo de convertirme en geógrafa.

Igualmente, rindo homenaje a la geógrafa chilena María Ester Vera por su inteligente, constante y valioso apoyo durante todo el período de mis estudios para obtener el doctorado.

Quiero expresar también mi agradecimiento a todas aquellas personas que en una u otra forma me brindaron su apoyo en mis trabajos, especialmente a mis dos hijos, que fueron alumnos míos ayer y son mis maestros de hoy.

Larga ha sido, de verdad, esta etapa de trabajo que incluyó en ocasiones, prolongadas ausencias del país que agudizaban el deseo de permanecer en él en forma permanente y tener la oportunidad de adentrarme en el conocimiento de su territorio y de su gente.

Fue en 1970 cuando tuve esa oportunidad, al invitarme el Dr. José Renán Esquivel a formar parte de su equipo de trabajo en el Ministerio de Salud. El Ministerio de Salud vivía en ese momento un gran dinamismo y acción. Panamá se enorgullecía de que internacionalmente era reconocido como el país que ocupaba el segundo lugar de América Latina con los mejores índices en salud y educación.

El equipo de trabajo, generalmente con el ministro a la cabeza, se movilizaba por todo el país reconociendo las necesidades prioritarias de la población solucionando problemas y planificando acciones a seguir.

Fue una época de tremendo aprendizaje para una geógrafa y panameña que podía así lograr una visión de los aspectos físicos de nuestro país y al mismo tiempo reconocerlo como es, el territorio donde reside su población, su espacio vital.

En consecuencia, a más de ser un espacio natural, el país constituye un espacio social en el que se reflejan los problemas de la población que lo habita, y que en Panamá constituyen una tremenda y dolorosa desigualdad social.

De estos recorridos fueron surgiendo las ideas que habrían de concretarse más tarde en el primer volumen del trabajo Regiones de Desarrollo Socioeconómico de Panamá, 1970-1980, elaborado a solicitud de una Caja de Seguro Social que en ese entonces se interesaba en contar con datos confiables para orientar con certeza sus planes de acción en el territorio nacional.

Considerando de manera especial el interés de la Caja, aquel primer trabajo se desarrolló tomando como base principal de información los datos censales preparados por la entonces Dirección de Estadística y Censo de la Contraloría General de la República, así como de otras instituciones estatales y de la propia Caja de Seguro Social.

No existían computadoras entonces, y el análisis minucioso de la información una vez compilada y organizada fue obra del interés y del amor que se sentía por el trabajo a realizar y la clara conciencia de su importancia.

Aquel primer volumen sirvió de base de comparación para los resultados obtenidos por investigaciones similares en las dos décadas subsiguientes. Los resultados derivados del análisis de esas tres décadas nos muestran la persistencia de grandes desigualdades sociales y económicas a lo largo del territorio nacional. Estas condiciones habían ido mejorando a pasos muy lentos en la mayoría de los distritos y en muchos casos han tenido características de verdadero estancamiento.

No se puede ignorar por ejemplo, que el nivel de vida de que disfrutaban los habitantes de la mayoría de los distritos era más elevado en 1980 que el del 2000, y que el país en general registró un índice de desarrollo Bajo a lo largo de todo el período estudiado. No es fácil ya hacer comparaciones posteriores, aunque eso sea hoy más importante que nunca.

El Estado nacional dejó de interesarse hace mucho por este tipo de estudios, y la calidad de algunos de los datos básicos disponibles se ha deteriorado mucho. El país que se viene formando en el siglo XXI es a la vez muy distinto y muy semejante al que existió en el último cuarto del siglo XX.

El crecimiento económico ha sido y es tan persistente como la desigualdad en el reparto de sus beneficios. Ese crecimiento, además, se sostiene en el despilfarro de los recursos naturales y humanos del país, lo que terminará por hacerlo insostenible.

Este es el momento de prever los cambios y las dificultades que ya se avizoran en nuestro futuro, y prepararnos para enfrentarlos al más bajo costo social posible.

Para eso, es indispensable la investigación social, que solo será posible por la iniciativa de universidades como ésta y de organizaciones y movimientos sociales que emprendan con decisión estas tareas para comprender mejor el país que somos.

Digo estas cosas desde mi corazón.

Nací en 1918 en una ciudad de provincia, y a lo largo de mi vida he sido testigo de golpes de Estados, movimientos sociales y patrióticos, luchas populares y, sobre todo, de la conquista de nuestra plena soberanía sobre todo el territorio nacional. Lo que he visto me prueba que los panameños somos capaces de lograr lo que a otros puede parecerles imposible, si sabemos reconocernos, entendernos y unirnos en un propósito común de justicia y dignidad.

Pero tenemos que estar conscientes de que el logro de esa aspiración depende en mucho de cada uno de nosotros, de nuestra actitud, de nuestro quehacer individual. Nos dice el sabio geógrafo norteamericano Sauer, que hay que actuar, pues si no se actúa nos paralizamos y que lo que hacemos es repetir lo que se viene haciendo. Es lo que nos viene ocurriendo.

Tenemos que reconocer nuestra gran debilidad: el miedo. El temor que nos impide actuar, que frena nuestros anhelos, nuestras aspiraciones, nuestro deseo de hablar y de pensar, de enderezar acciones, el miedo de ser nosotros mismos. Es un miedo de generaciones, pero reconocerlo y valorar lo mucho que nos resta para lograr nuestras aspiraciones personales y las de nuestro país ya abre camino a cambios positivos y nos ayudará a romper ataduras para que alcancemos por fin la victoria en el campo feliz de la unión.

Al aceptar este Doctorado, rindo homenaje a quienes han dado prueba de esa capacidad de nuestra gente a lo largo de los últimos años.

Muchas gracias.

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