Pedro Serrano, el náufrago español que sobrevivió 8 años en una isla caribeña: inspiró a Robinson Crusoe

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Espasa edita La mitad del mundo que fue de España, relato dedicado a las hazañas marítimas de la corona española, de la mano del economista e historiador Ramón Tamames.

La fascinación de García Márquez en su Relato de un náufrago o la más reciente Vida de Pi, de Yann Martel, beben de un antecesor, un libro que sirvió para asentar los rasgos y narrativa del náufrago: Robinson Crusoe. En un período de expansión por mar de todas las potencias europeas, las malas condiciones del viaje y los peligros constantes en el camino, hacían de este tipo de travesías empresas muy arriesgadas, en las que el naufragio era una posibilidad constante.

Aquellos que sobrevivían al hundimiento y alcanzaban tierra llevaban la marca de la espera sobre sus cuerpos hasta que la casualidad atrajese a otro barco cerca de su posición. No es de extrañar que las historias de quienes después volvían a la civilización, ya salvados, alimentasen los sueños de miles de escritores.

¿Pero quién era realmente el protagonista de la novela de Defoe? La historia de Alexander Selkirk en 1704 alimentó a los tabloides europeos durante meses y se entiende como una fuente de inspiración directa de Robinson Crusoe. Sin embargo, hubo otro caso que dejó una profunda impronta en el imaginario colectivo, casi dos siglos antes.

El historiador y economista Ramón Tamames acaba de publicar La mitad del mundo que fue de España: Una historia verdadera, casi increible (Espasa), un libro que da buena cuenta de una época en la que la Monarquía Hispánica se lanzó al mar en busca de nuevos horizontes y territorios para el Imperio. Un relato ágil y entretenido que pone atención en episodios olvidados de nuestra historia, como la caravana de vacunas de Carlos IV o la historia de Pedro Serrano, el náufrago español en el que Defoe basó su Robinson Crusoe.

El banco de arena

En 1526, Pedro Serrano recorría la distancia que separaba La Habana de Cartagena de Indias, una región del Caribe repleta de atolones y pequeños archipiélagos. Serrano, de origen cántabro, servía como capitán de un patache, una nave pequeña con solo dos mástiles. Durante el viaje, una tormenta sorprendió a la embarcación, que no pudo aguantar el envite de la borrasca y acabó hundiéndose. Serrano, único superviviente, consiguió nadar hasta un banco de arena cercano.

El desolador paisaje se extendía unos cuantos kilómetros a la redonda, conformado por playa en su mayoría. Solo una pequeña franja del atolón contaba con la vegetación suficiente de palmeras y arbustos secos para poder protegerse. Un lugar inhóspito que recibiría el nombre de su más célebre habitante, el Arenal Serrana o Banco de Serrana.

La única compañía del marinero durante cuatro largos años fue la de las tortugas y cangrejos que llegaban a la arena. De la sangre de las primeras obtuvo bebida, usando los caparazones para recoger agua de lluvia y almacenarla. Con corales y rocas construyó una torre desde la que mandar señales a los barcos que pudiesen pasar cerca.

Viernes

Cuando se cumplía casi un lustro desde su naufragio, Serrano vio que otro cuerpo llegaba a la orilla, otro ser humano que había sido víctima de las tormentas tropicales. Asustados ambos de la presencia del otro, Serrano recitó el credo para demostrarle que era «buen cristiano», según los cronistas de la época.

El recién llegado, español también, convivió con el cántabro durante años, repartiéndose las tareas que les ocupaban en su supervivencia. Con la madera de los restos de otros navíos desafortunados encendían fogatas con las que enviar señales de humo; recogían marisco y peces para comer; así como tortugas y aves extraviadas. De la misma forma que Crusoe tuvo su Viernes, Serrano convivió durante cuatro años más con un compañero, cuyo nombre no sobrevivió hasta nuestros días.

Salvación

En aquel lugar apartado, los barcos rara vez pasaban cerca y los pocos que lo hacían no se aventuraban hasta el lugar por miedo a encallar en la arena. En 1534, un galeón, que hacía la misma travesía que el patache del español antes de hundirse, vio las señales desde la orilla y mandó un bote al rescate.

Ambos hombres fueron llevados a bordo y trasladados a España, un viaje que el compañero de Serrano no pudo completar, muriendo durante la travesía, antes de llegar a puerto. El capitán fue llevado rápidamente a Alemania, en presencia de Carlos V, que escuchó su relato sorprendido por lo ocurrido y por la enorme barba que portaba el cántabro.

El monarca, conmovido por la historia le adjuntó una pensión de cuatro mil pesos, una suma considerable para la época que creció con lo que ya ganaba de población en población contando su historia. Tamames en su investigación sobre el náufrago cita publicaciones de la época en las que se describe a Serrano como «animador de fiestas cortesanas» en las que contaba «la odisea de su supervivencia».

Una vez cansado de ser un «mono de feria», decidió emprender rumbo a Perú. Allí le esperaba «un retiro de 4.800 ducados otorgados por su majestad. Sin embargo, el cántabro nunca llegó a su destino y murió al desembarcar en Panamá.

Un Crusoe español

La fama de Serrano se extendió aún más con la publicación en 1609 de los Comentarios Reales de los Incas , del cronista Inca Garcilaso de la Vega. La suerte quiso que Daniel Defoe viajase en 1661 por España y Francia. La azarosa vida del escritor le condujo hasta el norte de la Península, que recorrió durante varios años. De los conocimientos adquiridos en ese tiempo dio buena cuenta en Las memorias de guerra del capitán George Carleton, una novela basada en la vuelta a Inglaterra de un capitán ficticio en plena Guerra de Sucesión española.

Defoe llenó esta novela de aventuras de detalles de la orografía pirenaica, dejando nombres como Tafalla u Olite desperdigados por el relato. No es de extrañar que el escritor llegase a estar en contacto con la historia de Pedro Serrano durante sus viajes, quizás escuchándolo en alguna taberna, quizás incluso cerca de donde nació el náufrago cántabro.

El lago español

«Pero a mí nada me entusiasmaba tanto como el mar, y dominado por este deseo, me negaba a acatar la voluntad de mi padre y a escuchar las súplicas y ruegos de mi madre», escribía Defoe sobre el sentimiento que el mar había causado en Crusoe. Un mar que como también decía el escritor americano Herman Melville: «Atrae a las personas».

De esa atracción se llenan las páginas de La mitad del mundo que fue de España. Su autor, Ramón Tamames, establece un relato histórico coherente sobre la historia de la navegación a partir de la conquista del Nuevo Mundo. Una epopeya con el océano Pacífico en su centro, el spanish lake o lago español.

Una época que tuvo capítulos tan interesantes como el de la Expedición Balmis, llamada así en honor al médico español que llevó vacunas por todo el Nuevo Mundo en una expedición de tres años. A bordo del María Pita viajaron más de 30 niños, portadores de anticuerpos, así como cargamentos de linfa con el objetivo de vacunar de la viruela a la población civil por todo el globo.

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