Por Luis Carlos Samudio G.
Abogado, docente y mediador
El reciente caso de violencia contra una mujer en Tierras Altas, en la provincia de Chiriquí, ha conmocionado a la opinión pública. Sin embargo, más allá de la brutalidad del agresor, el episodio dejó al descubierto una realidad más inquietante: la indiferencia de una parte de la sociedad frente al sufrimiento humano.
Durante una entrevista concedida a TVN, la licenciada Lucy Córdoba hizo una reflexión que merece ser escuchada con atención. Su preocupación no se centró únicamente en el acto de violencia, sino en la reacción de quienes lo presenciaron. En lugar de intervenir, pedir ayuda o alertar a las autoridades sobre el suceso, muchas personas optaron por sacar sus teléfonos celulares para grabar la escena.
Su observación pone en evidencia una de las heridas más profundas de la convivencia: la cultura del silencio y la normalización de la violencia.
Vivimos en una época en la que la tecnología permite registrar cualquier acontecimiento en segundos. Esa capacidad, que podría servir para proteger a las víctimas y aportar pruebas a la justicia, con frecuencia es utilizada para alimentar el morbo y convertir el dolor ajeno en contenido para ganar «likes” en las redes sociales.
El caso de Tierras Altas refleja esa preocupante transformación. El sufrimiento deja de ser un llamado a la solidaridad para convertirse en un espectáculo. La víctima deja de ser vista como una persona cuya vida está en peligro y pasa a ser una imagen que circula de teléfono en teléfono. La frase de la licenciada Lucy Córdoba resume con contundencia esta realidad: ”En vez de ayudar, hacen contenido”.
Esa expresión debería estremecernos. Obliga a preguntarnos qué está ocurriendo con la capacidad de empatía y por qué, ante una agresión, algunos prefieren observar antes que actuar.
La violencia contra la mujer no se sostiene únicamente por la conducta del agresor. También encuentra espacio cuando la sociedad guarda silencio, minimiza las señales de alerta o decide mantenerse al margen. La indiferencia no golpea físicamente, pero puede prolongar el sufrimiento de la víctima y fortalecer la sensación de impunidad.
Observar sin actuar, cuando es posible solicitar ayuda o avisar a las autoridades, significa perder una oportunidad de proteger una vida. Compartir imágenes de una agresión sin respeto por la dignidad de la víctima multiplica el daño y contribuye a su revictimización.
La violencia contra las mujeres constituye uno de los mayores desafíos sociales y de derechos humanos de nuestro tiempo. No distingue edad, condición económica, profesión ni lugar de residencia. Sus consecuencias alcanzan a las familias, a los hijos, a las comunidades y, finalmente, a toda la sociedad.
Por ello, combatir esa realidad exige más que endurecer las penas. Requiere transformar una cultura que todavía tolera determinadas expresiones de violencia y que, en ocasiones, considera estos hechos como problemas privados.
La prevención comienza mucho antes de que ocurra una agresión. Empieza en el hogar, continúa en la escuela y se fortalece en la comunidad mediante la enseñanza del respeto, la igualdad y la dignidad de toda persona. Se consolida cuando cada ciudadano comprende que denunciar oportunamente puede salvar una vida.
Romper la cultura del silencio implica asumir responsabilidades compartidas. Las instituciones deben garantizar protección efectiva y atención oportuna. A su vez, los medios de comunicación deben informar con responsabilidad.
Asimismo, las organizaciones sociales deben fortalecer las redes de apoyo. Pero también cada ciudadano tiene un deber moral: no permanecer indiferente ante un ultraje.
No se trata de exponerse irresponsablemente frente a un agresor, sino de actuar con sentido de responsabilidad: llamar a la Policía, solicitar ayuda, proteger a la víctima cuando sea posible y nunca convertir su sufrimiento en un espectáculo.
El caso de Tierras Altas nos enfrenta a un espejo incómodo. Obliga a preguntar no sólo por qué existen agresores capaces de ejercer semejante violencia, sino a cuestionar qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando la primera reacción frente al dolor es encender la cámara del teléfono en lugar de tender una mano.
La licenciada Lucy Córdoba recordó una verdad que no se debe ignorar: la violencia contra la mujer no se combate únicamente en los tribunales; también se combate en la conciencia de cada ciudadano.
La pregunta fundamental es simple, pero muy incómoda: ¿qué tipo de sociedad deseamos ser? ¿Una que responde con solidaridad, compromiso y valentía o una que transforma el sufrimiento de las personas en contenido para las redes sociales?
La respuesta determinará más que el destino de las mujeres que han sufrido violencia. Establecerá el tipo de país que nuestros hijos recibirán en herencia, así como la calidad moral de la convivencia.
Es necesario subrayar que el silencio se transforma en una forma de complicidad cuando una sociedad presencia una agresión y opta por no decir nada. En el momento en que la indiferencia supera a la solidaridad, todos pierden un poco de humanidad. Interrumpir ese silencio no es sólo una responsabilidad legal; es también un deber de carácter ético que define la identidad como sociedad y la manera en que deseamos ser como nación.
¡Juntos trabajemos a favor de la paz, la justicia y la convivencia pacífica!




