Por Daniel Martínez
Integrante del Partido de los Trabajadores (PT) de México
El fascismo recurre hoy a un modelo electoral que, inspirado y financiado por Trump, no acata reglas, ética, ni valores democráticos y logra en las urnas éxitos de estrecho margen, obtenidos con el fraude.
Las instituciones electorales no se guían por la ley, sino por el control cibernético y la IA actuando sobre los mecanismos electorales, con la cínica injerencia directa de Estados Unidos y narrativas de que todo ocurre con apego a la legalidad. Las elecciones las ganan hoy los dueños del capital.
Los últimos casos han ocurrido en Honduras, Perú y Colombia donde las victorias electorales se pagarán a corto plazo con los recursos naturales de las naciones “democratizadas” mediante el despojo y reconcentración de la riqueza.
El software ha sustituido al Lawfare. Por ejemplo, en Colombia el sistema electoral dio un empate técnico (menos del 1% del total de votos) que muestra simétricamente que el país está dividido en dos. Sin embargo, gobernará la extrema derecha con una matriz fascista similar a la de Bukele en El Salvador.
Creemos que hay suficientes elementos de análisis y señales provenientes del norte como para esperar que las próximas elecciones en México serán objeto de una ofensiva de ese tipo.
En el caso mexicano se alerta de que la punta de lanza es la amenaza latente de que, con el pretexto de combatir al narcotráfico, el presidente Trump justifique acciones militares intervencionistas de diverso tipo y envergadura, es decir, una guerra híbrida.
Nuestra opinión es que esa guerra ya empezó y que el discurso de soberanía, libertad y autodeterminación, aunque totalmente legítimo, está superado por la realidad y la agresividad de nuestros adversarios. En otras palabras, hay que escuchar atentamente las señales de alarma porque requerimos de nuevas estrategias y una renovación del discurso. Hacerse oídos sordos es una omisión que podemos pagar muy caro.
Los símbolos permanecen, su contenido político cambia
Las derechas extremas contemporáneas, de América Latina y del mundo, para decirlo en lenguaje popular, “nos están comiendo el mandado”. Con una habilidad que nosotros no demostramos, ocupan los espacios simbólicos que considerábamos nos pertenecían por definición a nosotros.
Ya el neofascismo defiende un nuevo orden disfrazado con símbolos procedentes de la cultura y las reivindicaciones políticas contrarias. Por ejemplo, Rubio y Trump nos dan lecciones de democracia y el PRI y el PAN están apropiándose de tradiciones y disputándonos símbolos históricamente vinculados a la izquierda. Las buscadoras de los desaparecidos están manipuladas por la derecha contra la 4ª. El colmo, el puño levantado lo están usando en campañas electorales. Por eso, se presentan como portavoces de los agredidos por la inseguridad que ellos mismo financian y que -debemos reconocer- se ha convertido en la mayor preocupación de la sociedad mexicana.
Este es un llamado de alerta, ahora que el PT se ha volcado prioritariamente a la lucha electoral, a poner atención en que los discursos ya no son contra las oligarquías y por el contrario reivindican formas de solidaridad comunitaria contra los errores y desaciertos del gobierno de Claudia Sheinbaum o como representantes de los trabajadores golpeados por las dificultades económicas. Estamos ante una operación de resignificación diseñada desde EEUU y aplicada en México por la prensa y los medios de derecha.
La extrema derecha contemporánea ha comprendido algo que desde el PT y la izquierda estamos omitiendo: las identidades colectivas no se construyen únicamente mediante programas políticos, sino también mediante sentimientos, simbología y reivindicaciones compartidas. Por eso, debemos disputar los códigos culturales y darles contenido de clase. No estamos disputando únicamente una batalla electoral..Lo que está en juego es el poder.




