Reorientación de la política en Panamá

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La vieja práctica del clientelismo oligárquico

Por Jean Pierre Ríos López
Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas

Referirse a la política es hablar de la forma en que una sociedad decide organizar, estructurar y enmarcar el destino. Sin embargo, en Panamá, la política ha sido secuestrada y es víctima de un profundo desprestigio, debido a las malas prácticas de quienes la ejercen sin pudor alguno.

El análisis de este artículo sobre, sí la política es buena o mala, genera, a su vez, la posibilidad de que cuestionemos cómo la utilizan quienes la ejercen. Desde la filosofía clásica hasta el pensamiento latinoamericano, la política ha sido concebida como el más noble y social de los instrumentos para alcanzar el bien común (nacional y extranjeros), aunque la mala empleabilidad también puede convertirse en el medio más eficaz para perpetuar privilegios y desigualdades.

Para conocer un criterio doctrinal y antiguo, citaremos al filosofo Sócrates. Este pensador sostenía que quien gobierna debe hacerlo con conocimiento y virtud. Para él, el mayor peligro de una democracia era que el poder recayera en personas ignorantes o movidas por intereses particulares antes que por la justicia.

La política, entonces, no debía ser una competencia de popularidad, sino un ejercicio ético de servicio. Cuando el gobernante desconoce el bien común o actúa por ambición, deja de ser un servidor público para convertirse en un administrador de intereses privados.

Por otro lado, Platón profundizó esa idea en la República, donde afirmó que el Estado sólo alcanzaría la justicia cuando los filósofos gobernaran o los gobernantes adquirieran la sabiduría. Criticó severamente la demagogia y el predominio de las emociones sobre la razón, advirtiendo que las democracias podían degenerar cuando el voto era manipulado por discursos vacíos o promesas imposibles.

Desde esa óptica, los partidos políticos dejan de ser escuelas de pensamiento para convertirse en simples maquinarias electorales a beneficios partidistas, ignorando el bien común o social.

Décadas más tarde, Jorge Eliécer Gaitán retomó ese ideal ético desde América Latina. Su célebre frase, ”el pueblo es superior a sus dirigentes”, sintetiza una crítica vigente: la distancia entre la dirigencia política y las necesidades reales de la ciudadanía. Para Gaitán, había una diferencia entre el ”país nacional”, conformado por la población trabajadora y productiva, y el ”país político”, integrado por quienes utilizan el poder para preservar sus privilegios. Cuando ambos países dejan de dialogar, la democracia pierde legitimidad.

En ese contexto, la realidad panameña refleja muchas de las preocupaciones antes citada en este artículo. En las últimas décadas, se observa una creciente desconfianza ciudadana hacia los partidos políticos, como resultado de promesas incumplidas, escasa institucionalización, personalismo y prácticas clientelares.

A ello se suma un fenómeno recurrente: la creación de nuevos partidos políticos encabezados, en muchos casos, por los mismos actores que anteriormente militaron en otras organizaciones. Aunque formalmente representan una renovación, en la práctica suelen reproducir las mismas estructuras, liderazgos y métodos que la ciudadanía cuestiona.

Esa dinámica limita el verdadero relevo generacional, ya que los jóvenes encuentran enormes barreras para acceder a espacios de decisión, mientras los liderazgos tradicionales monopolizan candidaturas y estructuras partidarias. La consecuencia es una política que cambia de nombre, pero no de prácticas.

Sin renovación de ideas, formación de nuevos cuadros, con los mismos actores, variando solamente el nombres de los partidos políticos y sin apertura democrática, dificultando así la consolidación de una verdadera cultura política moderna y transparente en el suelo patrio.

La fortaleza de un sistema democrático no depende de la cantidad de partidos existentes, sino de la calidad de sus instituciones, de la coherencia de sus programas y de la capacidad de formar liderazgos éticos, moral y legal. Es por ello que la política necesita dejar de ser una herramienta para la conquista del poder y volver a convertirse en un instrumento para transformar la realidad social.

En definitiva, no podemos condenar la política. Lo que debemos sentenciar es la corrupción moral de quienes la ejercen sin principios y amor a la patria. Panamá enfrenta hoy el desafío de construir una nueva cultura política basada en la ética, el mérito, la participación ciudadana y el relevo generacional.

Sólo cuando los dirigentes y activistas de partidos políticos comprendan que representan ideas y no intereses personales, la política recuperará su verdadero sentido: servir al pueblo y garantizar el bien de todos los habitantes del país.

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