Por David Carrasco
Director de Bayano digital
La noticia sobre la contaminación brutal del río La Villa, de 177 kilómetros de longitud, del que depende la vida de la población de la región central de Azuero, provocó alarma local y hemisférica. De inmediato, los foros ambientalistas pusieron sus ojos sobre Panamá, en medio de las denuncias de desastres a causa de la explotación de áreas naturales y la contaminación fecal.
Muchos se sorprendieron al descubrir que el país de la riqueza canalera tolera un manejo irresponsable de aguas residuales y oculta la mirada ante el vertido de sustancias químicas peligrosas en fuentes hídricas y zonas del litoral. Algunos desprevenidos pensaron que los informes periodísticos aludían, en realidad, al contaminado río Ganges, que suministra agua a aproximadamente el 40% de la población de la India.
No obstante, la raíz del problema es más profunda. Los círculos de poder, acostumbrados a moverse en el fango y en el miasma, en procura de jugosos beneficios, desvían la atención del objetivo central. Para referirse a sus malos manejos, suelen hablar eufemísticamente de una externalidad (efecto positivo o negativo, que las acciones de una persona o empresa tienen sobre terceros que no están involucrados en la transacción original).
La respuesta a esa forma sui génesis de encarar la predilección por lo sucio, por muy asqueroso que sea, es la coprofilia o coprolagnia de la clase adinerada, carente de comprimo con la justa protección del ecosistema. Esa parafilia, considerada una clase de fetichismo, consiste en la excitación que se produce en presencia de heces, dentro o fuera del inodoro.
A partir de esa definición es más fácil entender la distopía que rige sobre un territorio donde los ríos arruinados han sido convertidos en cloacas a cielo abierto, tal vez con el predominio de un infame y falaz pensamiento secular, de que excremento es igual a dinero. Bajo ese enfoque elaborado por mentes torcidas, la caca lo justifica todo, no importa si otros se envenenan con ella.
La escatología, que es el estudio de las ”últimas cosas”, tanto en la vida individual como en el universo, ayuda explorar las causas de la contaminación y reconocer que detrás de la mierda acumulada en fosos y medios sólidos y acuosos, está la corrupción, la mano peluda, la cultura del ”juega vivo”, el expolio, la coima, la puñalada por la espalda y la sevicia de los ”rabiblancos” (personas adineradas con abolengo).
Es un hecho irrefutables que el acceso al agua potable es un derecho universal reconocido por las Naciones Unidas, pero en Panamá los grupos económicos influyentes se burlan de ese principio humano e inducen la contaminación de lagos y afluentes para vender el vital líquido embotellado. En la práctica, le dan a la población la opción de elegir entre agua con Escherichia coli, virus y residuos tóxicos o la compra de garrafones con agua purificada de diversas marcas.
La existencia de ríos cuyos bosques de galería han sido arrasados para la ampliación de fincas privadas, revela la clara complicidad de las autoridades en sucesivos gobiernos, para ampliar la huella humana. La extensión de la frontera agrícola en áreas tropicales desnuda la ausencia de planificación, así como la falta de un Estado nacional sólido con coherencia soberana y una estrategia a largo plazo
Si el Ministerio de Ambiente (Mi Ambiente) hubiese estado genuinamente comprometido a resolver la grave contaminación generada por porquerizas, negocios e instalaciones que operan al margen de la ley, habría ingresado a esas áreas con cajas de dinamita y no con multas y ridículas boletas de citación. El priyecto oficial ”Azuero Verde” es insuficiente. Ya no queda margen alguno para responder a la crisis con placebos politiqueros.
Los autores de la contaminación deberían estar presos, pero en un país donde impera la coprofilia y el amiguismo pernicioso ese anhelo se convierte en una quimera y en motivo de carcajadas. Sin duda alguna, la falta de un organismo rector de las aguas superficiales y profundas ha provocado que los intereses mezquinos apunten al dominio de las 52 cuencas hidrográficas que hay en la república.
Los intentos o los responsables de completar el desmantelamiento del estatal Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales (IDAAN), instigan el golpe de gracia que seguiría en ese escabroso escenario para condenar a la población a la pérdida de la Salud Pública y de derechos en la administración de las fuentes hídricas.
Sin las debidas garantías del suministro seguro de agua potable, el panorama ambiental de Panamá luce cada vez más complicado. Es necesario que las instituciones del Estado, las universidades y los municipios trabajen en forma coordinada en el diseño de planes de desarrollo hídrico y en la adecuada disposición final de la basura que termina depositada en las cunetas de caminos transitables, en las vertientes y en los manglares y playas.
No hacer nada condenaría a la población panameña a vivir enferma. En ese sentido, conviene recordar un fresco en las paredes de la antigua Grecia, relativo a una fiesta en la que un invitado defeca en un platón, a la vista de todos, mientras los comensales celebran con largas libaciones. Ese no debería ser el destino de Panamá y su rico patrimonio de corrientes y mantos acuíferos amenazados por los que sólo tienen caca en la cabeza y sueñan con avasallar a los colectivos humanos y facturar más en contra del sentido común y las metas sociales.




