Por Julia del Carmen Regales
Escritora
La primera encíclica de León XIV mira la IA sin miedo ni idolatría: la somete a la dignidad humana, la verdad, el trabajo, la libertad y la paz.
Mis amigas Mariela Arce y Teresita Yaniz me enviaron la encíclica Magnifica Humanitas, del papa León XIV, firmada el 15 de mayo de 2026 y publicada el 25 de mayo. Su lectura me dejó una impresión honda, no solo por la actualidad del tema, sino por la serenidad con que aborda una pregunta decisiva: ¿qué significa seguir siendo humanos cuando la inteligencia artificial, la digitalización, la automatización y el poder de los datos transforman nuestra vida cotidiana, el trabajo, la educación, la política, la economía y hasta nuestra comprensión de la verdad?
La encíclica es, ante todo, un documento de gran equilibrio. No condena la tecnología ni se deja seducir ingenuamente por ella. Reconoce que la técnica puede abrir posibilidades importantes, pero advierte que ningún progreso técnico es verdaderamente humano si no está guiado por una visión ética, espiritual y social de la persona. La pregunta de fondo no es si aceptamos o rechazamos la inteligencia artificial, sino qué humanidad estamos construyendo con ella.
Desde el comienzo, el papa utiliza dos imágenes bíblicas de enorme fuerza: Babel y Jerusalén. Babel representa la tentación de construir desde el orgullo, el dominio, la autosuficiencia y la uniformidad. Es la ciudad donde la humanidad quiere tocar el cielo sin Dios y convertir la grandeza técnica en poder absoluto. Jerusalén, vista a través de Nehemías, representa otra posibilidad: reconstruir una ciudad herida mediante una tarea compartida, paciente y responsable. Allí cada persona asume su tramo de muralla para hacer posible una convivencia más justa, fraterna y habitable.
Esa contraposición ilumina todo el documento. León XIV no nos coloca ante una discusión superficial entre entusiasmo y miedo. Nos sitúa ante una elección civilizatoria: levantar una nueva Babel tecnológica o reconstruir, con humildad, las murallas de una humanidad que no quiere perder su rostro. La inteligencia artificial aparece así como espejo de nuestra época: puede servir al bien común, pero también convertirse en instrumento de vigilancia, manipulación, exclusión y concentración de riqueza.
Uno de los aportes más importantes de la encíclica es afirmar que la tecnología no es moralmente neutra. Muchas veces se habla de ella como si fuera una herramienta vacía, dependiente solo del uso posterior. León XIV va más al fondo. Todo sistema técnico incorpora decisiones previas: qué mide, qué ignora, qué premia, qué descarta, qué considera eficiente y qué clasifica como valioso. Por eso no basta preguntar si usamos bien o mal una herramienta. Hay que preguntarse qué idea de persona y de sociedad ha quedado inscrita en su diseño.
De ahí se entiende una de las expresiones más fuertes del texto: desarmar la inteligencia artificial. Desarmarla no significa apagarla ni demonizarla, sino liberarla de la competencia armamentística, del monopolio económico, del control cognitivo y de la falsa idea de que el poder técnico otorga derecho a gobernar vidas. Desarmar la IA es devolverla al servicio de la persona; hacerla discutible, responsable, plural y habitable; impedir que domine lo humano bajo la apariencia seductora de la eficiencia.
La encíclica distingue también con claridad entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana. La IA puede calcular, sintetizar, imitar, responder y producir resultados con una rapidez impresionante. Sin embargo, no tiene cuerpo, no conoce el sufrimiento, no ama, no perdona, no asume responsabilidad moral, no madura en la experiencia ni vive la alegría, el error, la amistad, la fidelidad o el duelo. Puede simular cercanía, pero no puede habitar una relación verdadera. Esta distinción es decisiva en una cultura que corre el riesgo de confundir respuesta con sabiduría y simulación de empatía con encuentro humano.
En el centro del documento está la dignidad de la persona. León XIV recuerda que el valor de un ser humano no depende de su rendimiento, productividad, inteligencia, salud, utilidad económica o capacidad de adaptación al sistema. Toda persona posee una dignidad anterior a cualquier logro. Esta afirmación, tan sencilla en apariencia, tiene una fuerza enorme frente a una cultura que tiende a valorar a las personas según su eficiencia. La vida humana no es un dato que se procesa, ni un perfil que se clasifica, ni una función que se optimiza. Es misterio, relación, libertad, conciencia y vocación al amor.
Otro punto fundamental es la crítica al poder digital concentrado. Hoy muchas decisiones que afectan la vida común ya no dependen únicamente de los Estados, sino de grandes actores privados que controlan plataformas, datos, infraestructuras, algoritmos y sistemas de visibilidad. Quien domina esos espacios influye en la información, el consumo, el crédito, el trabajo, la reputación y la democracia. Por eso el papa pide transparencia, responsabilidad, auditorías, regulación justa, participación social y posibilidad real de apelación. No se trata de frenar la innovación, sino de impedir que el futuro quede secuestrado por pocos.
Muy valiosa resulta también la aplicación de la Doctrina social de la Iglesia al mundo digital. Principios como el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social adquieren aquí una actualidad nueva. León XIV amplía nuestra mirada: los datos, los algoritmos, las plataformas y las infraestructuras tecnológicas no son simples mercancías. Tienen consecuencias públicas y deben orientarse hacia la dignidad de todos, no hacia la acumulación de poder en manos de una minoría.
La encíclica dedica una atención especial a la verdad. En tiempos de noticias falsas, imágenes manipuladas, desinformación y algoritmos que premian la reacción inmediata, la verdad se vuelve un bien común indispensable. Sin una relación honesta con los hechos, la democracia se debilita. Cuando una sociedad deja de distinguir entre realidad y ficción, abre la puerta al cinismo, al totalitarismo y a la manipulación emocional. Por eso el papa insiste en una ecología de la comunicación: medios responsables, protección de datos, educación crítica, verificación de fuentes y una cultura capaz de buscar la verdad sin convertirla en arma de dominio.
En este mismo horizonte aparece la educación. No basta enseñar a usar la inteligencia artificial; hay que enseñar cuándo, cómo y para qué usarla, y también cuándo no usarla. Esta es una de las intuiciones más sabias del documento. La escuela no debe perseguir simplemente la velocidad del mundo digital, sino ofrecer aquello que la máquina no puede dar por sí sola: tiempo interior, lectura, silencio, conversación, discernimiento, pensamiento crítico, maduración afectiva y amor por la verdad. Educar en la era digital es formar seres humanos capaces de preguntar, no solo de recibir respuestas rápidas.
El trabajo ocupa también un lugar central. La encíclica retoma la gran tradición social de la Iglesia y recuerda que el trabajo no es únicamente un medio de subsistencia. Es espacio de dignidad, creatividad, cooperación y pertenencia. La automatización puede liberar a las personas de tareas pesadas o peligrosas, pero también puede generar desempleo, precariedad, vigilancia y pérdida de sentido. Una sociedad con alta tecnología y seres humanos excluidos del trabajo podría tener progreso material, pero sufriría una grave regresión antropológica. El desarrollo no puede medirse solo por productividad; debe medirse por la calidad humana de la vida que produce.
También la libertad queda en juego. Las plataformas no solo informan: orientan la atención, modelan deseos, capturan fragilidades y pueden convertir la vida interior en mercancía. El papa advierte contra la dependencia, el control social y la mercantilización de la persona. La libertad humana no consiste en navegar indefinidamente entre estímulos, sino en conservar la capacidad de elegir el bien, reconocer la verdad, cuidar vínculos reales y no quedar reducido a un consumidor predecible.
Otro aspecto de gran fuerza es la denuncia de las nuevas esclavitudes. Detrás del brillo digital existen cadenas ocultas: cuerpos desgastados en la extracción de recursos necesarios para la tecnología, trabajos invisibles que alimentan los modelos algorítmicos, trata de personas, mercantilización de la vida y nuevas formas de colonialismo de datos. La encíclica obliga a mirar el reverso del progreso: no puede llamarse emancipador un sistema que promete libertad mientras se sostiene sobre cuerpos invisibles y vidas convertidas en materia prima.
En ese punto, León XIV realiza un gesto de enorme profundidad moral: reconoce el retraso histórico con que la Iglesia llegó a condenar de manera plena la esclavitud y pide perdón por esa herida de la memoria cristiana. Esa confesión no debilita el mensaje; lo vuelve más creíble. Solo quien recuerda sus cegueras puede estar más atento a las cegueras del presente. La pregunta que queda abierta es dura y necesaria: ¿por qué nuevas esclavitudes tendremos que pedir perdón mañana si no las denunciamos hoy?
La parte dedicada a la guerra es una de las más graves. El papa denuncia la normalización del conflicto, la carrera armamentista, la crisis del multilateralismo y el riesgo de emplear inteligencia artificial en decisiones letales. Afirma con claridad que no se puede delegar en una máquina la decisión sobre la vida y la muerte. Ningún algoritmo puede hacer moralmente aceptable la guerra. Al contrario, puede volverla más rápida, distante, impersonal y fácil de justificar. Frente a esa cultura del poder, la encíclica propone la civilización del amor: no como sentimentalismo, sino como construcción concreta de justicia, diálogo, diplomacia, memoria, protección de víctimas y paz.
El cierre de la encíclica, inspirado en la Encarnación y en el Magníficat, es profundamente hermoso. Frente a las promesas de una humanidad potenciada, casi desencarnada, el papa vuelve al centro cristiano: el Verbo se hizo carne. Dios no salva al ser humano sacándolo de su fragilidad, sino entrando en ella. El límite, el cuerpo, la vulnerabilidad, la dependencia, el dolor y el cuidado no son defectos que deban eliminarse técnicamente. Son lugares donde puede revelarse la compasión, la responsabilidad y la verdadera grandeza humana.
En medio de un mundo fascinado por la torre, León XIV nos invita a volver a la muralla compartida: al tramo que cada uno debe reconstruir con responsabilidad. Esa es quizá la belleza mayor de Magnifica Humanitas. No habla solo del futuro de la inteligencia artificial. Habla del futuro de nuestra humanidad. Nos pregunta si todavía queremos seguir siendo humanos y nos responde que sí: siempre que sepamos custodiar la verdad, honrar el límite, defender la dignidad, educar el corazón, cuidar al vulnerable, desarmar el poder que domina y construir en el bien.




