Futuro laboral incierto de la juventud. Editorial del martes 12 de noviembre

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Con el diploma en la mano y la mente cargada de sueños, millares de jóvenes han acudido en las últimas semanas a las denominadas ferias de empleo que el Estado panameño ha organizado con la participación privada, sin que la oferta laboral haya conseguido sobrepasar la demanda de quienes en forma desesperada buscan su primer trabajo e intentan insertarse en el mercado productivo.

Las tomas fílmicas transmitidas por la televisión local han lanzado a un primer plano el calvario de la juventud estudiosa que reclama oportunidades y caminos decorosos y, simultáneamente, acumula un sentimiento de frustración colectiva e individual que se afianza en el absurdo contexto de una sociedad excluyente y mediatizada que cierra puertas, coloca trancas y frena el ascenso generacional.

El actual gobierno ha mostrado un genuino interés en la reactivación de la estancada economía, golpeada por un saqueo espantoso de los bienes patrimoniales del Estado en los dos últimos lustros, pero parece desconcertada ante el efecto de bola de nieve que se encona tras la imagen de ansiedad de jóvenes sin empleo que no califican como agentes de crédito para acceder a una vivienda digna.

Sin un trabajo decoroso y estable que los acoja, miles de jóvenes afectados por la incredulidad en el sistema están impedidos de formar un hogar y se ven tentados a unirse a las filas del crimen organizado, que dispone de recursos para la captación de talentos y servicios. A ese cuadro patético se unen miles de adolescentes expulsado del sistema educativo que se refugian en pandillas.

Ese desalentador panorama revela, además, la falta de políticas sociales dirigidas a la juventud panameña, que en décadas anteriores enarboló las banderas de la lucha por la soberanía de Panamá sobre su territorio y la transformación de la Educación. La pérdida gradual del liderazgo estudiantil terminó en el desconocimiento del papel protagónico de los jóvenes en diseño de un país más justo.

La falta de equidad de la que hablan los organismos que integran el sistema de Naciones Unidas, muestra a Panamá como una de los países de altos ingresos per cápita más desiguales del mundo, en el que los jóvenes de capas medias y del ámbito rural y urbano sufren particularmente la exclusión. Esa inequidad perturbadora terminará por transferirle a la sociedad una costosa factura política.

El fracaso de los modelos autocráticos y rapaces entronizados en el poder dejaron al desnudo las intimidades de un esquema enriquecido con mano de obra barata, el saqueo de recursos públicos y la mala distribución de utilidades de las operaciones del Canal de Panamá. En ese escenario, urge una política de desarrollo integral del Estado, que reivindique y asegure el trabajo decente de la juventud.

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