Coronavirus, tráfico de especies y pandemias por venir

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Representación del coronavirus Covid-19. (iStock)

Por Eugenio Fernández Vázquez
Consultor ambiental en el Centro de Especialistas y Gestión Ambiental de México

MÉXICO, 3 mar 2020 (IPS) – El coronavirus ha paralizado China y amenaza con paralizar el mundo. Aunque mata relativamente poco, es tan fácil contraer la enfermedad que por pura magnitud podría matar a decenas de miles de personas, de forma que ha puesto a casi toda la humanidad bajo alerta.

Parecería una plaga excepcional, pero esta es apenas una de las muchas que nos esperan, que saltarán al ser humano desde otras especies animales, principalmente especies silvestres.

La crisis económica que traerá la posible pandemia, el miedo que generará y, sobre todo, las miles de muertes que provocará, deberían servir como una advertencia más –quizá la más estruendosa de todas– de que la vida silvestre debe ser conservada en su hábitat y de que el tráfico de especies debería ser combatido con toda la fuerza del Estado y de la sociedad.

Según lo que se sabe hasta ahora, el coronavirus se alberga en ciertas especies de murciélago y lo transportan a los seres humanos los pangolines, la especie animal más traficada del mundo, que está en peligro crítico de extinción, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, y que en ciertas partes de China se considera un platillo de alta cocina.

Los primeros casos parecen haber estado casi todos vinculados a un mercado en el que se comerciaba con ambas especies, no siempre legalmente, pero casi siempre en forma muy lucrativa.

El tráfico ilegal de especies o de sus partes –y su comercio excesivo, aunque sea legal, en el caso de algunas otras– tiene el impacto obvio de poner en riesgo la supervivencia de muchas de ellas.

El ejemplo que más ha resonado es el de los grandes mamíferos de las sabanas africanas, los rinocerontes, los elefantes o los leones, entre otros.

Sin embargo, una porción enorme del tráfico de fauna por el mundo lo componen las aves, principalmente las tropicales y, en México en particular, las aves cantoras. Las guacamayas, los loros, las calandrias y otros pájaros mexicanos están gravemente amenazados porque hay muchos que prefieren escucharlos cantar desde una jaula que saberlos llenando el mundo de colores y belleza.

Las cifras hablan por sí solas de la magnitud de estos crímenes. Según el internacional Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, en inglés), cada año se venden ilegalmente en el planeta alrededor de cinco millones de aves vivas, 10 millones de unidades de piel de reptil, 15 millones de mamíferos y 350 millones de peces tropicales, en un negocio que vale 23.000 millones de dólares.

Otro problema mucho más directamente amenazante es que estas criaturas cargan enfermedades que no conocemos, y que llegan hasta nosotros porque, para buscarlas, entramos cada vez más a tierras –selvas, bosques, aguas– que nos estaban vedados hasta hace muy poco o que nos eran muy remotos. Se trata de enfermedades ante las que no se ha adaptado nuestro sistema inmune y para las que no hemos desarrollado tratamientos artificiales, justamente como el coronavirus.

Gran parte de las nuevas enfermedades han llegado a nosotros a través de los murciélagos, porque son animales que han desarrollado un sistema inmune muy robusto, que les permite estar en contacto constante con patógenos, pero sin enfermar nunca.

Su comercialización como alimento –ése parece ser el caso de los murciélagos que nos trajeron el coronavirus– implica que miles de personas se exponen a esos organismos dañinos.

En todas las sociedades, en todos los tiempos, se ha detectado esta asociación de los murciélagos con las enfermedades, y en todas se ha intentado la misma solución –acabar con ellos– sin ningún éxito y con consecuencias terribles.

Los murciélagos no solo propagan enfermedades: son también polinizadores sin los cuáles los seres humanos nos quedamos sin alimento.

La solución, por eso, no está en atacar a la vida silvestre, sino en protegerla y en dejarla en paz.

La humanidad no necesita más espacio, ni extraer más recursos naturales, ni comer carne de murciélago o enjaular pericos.

Lo que necesita es conservar y defender los servicios ambientales que nos prestan esas especies, racionalizar nuestro uso de los recursos que ya extrajimos y construir una nueva relación –más sustentable y más justa– con el planeta y con nosotros mismos.

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