Amazonia en llamas, obra de la paranoia militar en Brasil

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Un avión militar brasileño lanza agua sobre uno de los incendios forestales en Rondônia, uno de los nueve estados amazónicos de Brasil y uno de los más afectados por el fuego. (Crédito: FAB).

Por Mario Osava

RÍO DE JANEIRO, ago 2019 (IPS) – El gobierno de Brasil decidió, ante las presiones internacionales, movilizar los militares para contener la oleada de incendios forestales en la Amazonia, pero solo habrá un cambio de rumbo si se modifican las convicciones que son la matriz de esa tragedia ambiental y climática.

Tanto el presidente Jair Bolsonaro como los generales que lo acompañan en su gobierno de extrema derecha creen que hay una conspiración para “internacionalizar” la Amazonia o quitarle partes de su territorio a Brasil, sin considerar que en sus bosques está en juego el clima mundial.

Por eso Bolsonaro rechazó la ayuda de 20 millones de dólares ofrecida por el Grupo de los Siete (G7) países más industrializados, al concluir su cumbre el 26 de agosto, en apoyo al combate a los incendios que proliferaron en la Amazonia brasileña este mes de agosto.

“¿Qué quieren ellos?”, se preguntó antes de subrayar su sospecha de que hay pretensiones “coloniales” detrás de la oferta, ya que “nadie ayuda alguien sin retribución”.

En una reunión con los gobernadores de los nueve estados amazónicos de Brasil, que argumentaron que cualquier ayuda es indispensable ante la magnitud de la crisis de recursos presupuestarios que enfrentan, el presidente justificó así su oposición a tales recursos externos.

El problema es que se destinarían a demarcar tierras indígenas y áreas de protección ambiental, “eso nos lleva a un destino que ya conocemos, la insolvencia de Brasil” y amenazas a la soberanía nacional, sostuvo Bolsonaro.

Esas demarcaciones de territorios indígenas hechas por gobiernos anteriores fueron “una irresponsabilidad”, opinó, obviando que responden a un mandato explícito de la Constitución de 1988, que rige la democracia brasileña tras la dictadura militar (1964-1985).

El apoyo financiero del G7 sería para combatir los incendios y la deforestación, nada se habló sobre indígenas o conservación en Biarritz, la ciudad balnearia del sur de Francia que acogió su cumbre anual de tres días.

En el pasado esa misma paranoia justificó grandes desatinos y atrocidades de los gobiernos militares, como masacres de varios grupos indígenas para la construcción de carreteras en las selvas, varias de las cuales quedaron inútiles por décadas.

Pero sirvió como eje del asentamiento de miles de familias campesinas provenientes principalmente de las regiones del Sur y del Nordeste brasileño, que quedaron abandonadas a su suerte.

Para ubicarse en la crisis

-En 2019, el bioma amazónico brasileño ha tenido 42.719 focos de incendio, 128 por ciento más que en 2018. Solo en agosto (hasta el 27) hubo 27.497, cinco veces más que en julio. Agosto y septiembre son los meses críticos para los incendios.
-La llamada Amazonia Legal, que suma el territorio de nueve estados y es un espacio político-administrativo, tuvo 59.413 focos desde el 1 de enero a 27 agosto 2019, 102 por ciento más que en igual período de 2018.
-Desde 1998, cuando empezaron los registros sistemáticos, el promedio para esos 27 días de agosto fue de 25.853 focos, es decir 2019 está solo algo por encima del promedio. El año con más incendios forestales en agosto fue 2005 con 63.754 focos, 2,3 veces la cantidad de este año.
-Los nueve estados suman 5.016.136 kilómetros cuadrados, 59 por ciento del territorio brasileño, mientras que el bioma amazónico brasileño como tal totaliza 4.196.943 km2, 49,3 por ciento del territorio.
-Se estima que la deforestación acumulada del bioma equivale a 700.000 km2, 17 por ciento de su extensión en Brasil.
-Brasil acoge 64,3 por ciento del bioma total amazónico, compartido por los ocho países de la cuenca: Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Suriname y Venezuela, más el territorio colonial de la Guyana Francesa.

Crédito: INPE

“Integrar para no entregar”, era la consigna de la dictadura para promover la ocupación amazónica y alejar la codicia extranjera. “Tierras sin hombres para hombres sin tierra” decía la publicidad oficial para atraer gente al paraíso tropical, en el ámbito del Plan de Integración Nacional, formalizado en 1970.

En consecuencia, la Amazonia muy conservada hacia 1960, con actividades extractivas, como la del caucho natural, que poco alteraban su estructura forestal, pasó a vivir un período de intensa deforestación hasta 2004.

Medidas de control lograron una reducción de 73 por ciento del área afectada, en los últimos 14 años, según datos del estatal Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe).

La alarma de un rebrote en este año sonó ante los 42.719 puntos de fuego observados por el Inpe en el bioma amazónico hasta 27 de agosto, 128 por ciento más que en igual período de 2018.

“Hay una evidente relación de esos incendios con la deforestación”, aseguró a IPS la geógrafa Ane Alencar, directora de Ciencia del no gubernamental Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonia (Ipam).

Autoridades del gobierno atribuyeron su aumento a la sequía, pero “no es verdad que este año haya sido más seco, al revés, hubo más lluvias que en años anteriores”, contrarrestó.

“Gran parte de las llamas ocurren donde hubo deforestación meses antes. El apogeo será en septiembre, si no se adoptan medidas”, porque es cuando habrá más vegetación seca para quemar, advirtió.

También hay quemas de pastizales y residuos de las siembras, pero eso no explica el gran incremento del uso del fuego, ya que son actividades sin expansión brusca del área aprovechada.

El despliegue de los militares contra los incendios forestales, decidido por el gobierno el 24 de agosto, “exige buena orientación para ser eficaz y eso depende de los miembros del Instituto Brasileño de Medio Ambiente (Ibama) que tienen experiencia en combatir los grandes agentes deforestadores en las áreas estratégicas para inhibir el fuego ilegal”, destacó Alencar desde Brasilia.

Sin embargo, la proliferación de los incendios ilegales se debe en buena parte a la desmovilización del Ibama. De sus oficinas en los 27 estados brasileños, la autoridad ambiental solo cuenta ahora con siete superintendentes. Los demás fueron relevados de su función en febrero, hasta ahora sin sustitución.

El desmantelamiento del sistema de prevención y control ambiental es, según los activistas, la misión del ministro de Medio Ambiente, Ricardo Salles, conocidamente vinculado a los “ruralistas”, los grandes terratenientes radicalmente opuestos a la conservación ecológica y a las tierras indígenas, con bancada propia en el parlamento.

Este año las multas aplicadas por inspectores del Ibama cayeron 23 por ciento en relación al año pasado, alentando delitos por la impunidad.

El ministro además ya casi echó a perder el Fondo Amazonia, creado con donaciones de Noruega y Alemania, que ya aportaron el equivalente a cerca de 900 millones de dólares para el financiamiento de proyectos de control de la deforestación y desarrollo sostenible.

Hasta ahora no logró explicar porque cuestionó la administración del Fondo, en un momento en que su ministerio carece de recursos y sufrió recortes presupuestarios.

La prédica de Bolsonaro contra la “industria de las multas” y el ambientalismo contribuye a estimular las ilegalidades en la neurálgica ecorregión.

Líderes de la gran agricultura destinada a la exportación se alarmaron por la repercusión de los incendios amazónicos y presionaron el gobierno por medidas de emergencia para la contención de las llamas. Temen posibles embargos europeos a productos sospechosos de provenir de tierras recientemente deforestadas.

Los agricultores deberían ser campeones de la preservación forestal también porque gran parte de las lluvias en el centro-sur brasileño, la región de mayor producción agrícola, dependen de la “evapotranspiración” de los árboles amazónicos, explican los investigadores del cambio climático,

Además, como la mayor área forestal tropical, la Amazonia es fundamental para evitar un mayor calentamiento del planeta, al retener gran cantidad de carbono.

No es proveedor de oxígeno, como dijeron el presidente francés Emmanuel Macron y el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, sino un determinante regulador del clima.

Militares y soberanía

Se trata de un “bien común” de la humanidad, reconoció Macron que, al proponer un debate sobre un “estatuto internacional” de la Amazonia para evitar la destrucción forestal, reavivó los viejos temores militares brasileños.

Indígenas que viven en reservas fronterizas con los otros siete países de la cuenca amazónica podrían proclamar su independencia, quitándole parte del territorio a Brasil, teoriza por ejemplo Augusto Heleno Pereira, jefe del Gabinete de Seguridad Institucional, uno ministro muy cercano a Bolsonaro, también él un capitán retirado del Ejército.

Las organizaciones no gubernamentales (ONG) constituyen otros enemigos para los militares y el gobierno, que los perciben como sucesores de los comunistas de la Guerra Fría. Para algunos militares de Brasilia conspiran por intereses externos, especialmente europeos, y buscan obstaculizar el desarrollo brasileño, recurriendo al ambientalismo.

Como las ONG fueron esenciales a la construcción de la conciencia, las leyes y el sistema ambiental brasileño, será difícil impulsar una política de protección de la Amazonia sin su participación y con un gobierno en que los militares ocupan un tercio de los ministerios.

Una campesina observa la reconstrucción de una carretera amazónica en el estado de Pará, en el norte de Brasil. (Crédito: Fabiana Frayssinet/IPS).

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