Todo Estado sometido, deja de ser digno

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La decisión de Panamá de convertirse en trampolín para el aislamiento económico y financiero de Venezuela rompe los mecanismos de diálogo y deshace las fórmulas de entendimiento que otras administraciones mantuvieron, para mantener vigente una política exterior digna en el contexto regional y mundial.

Ya no hay lugar para dudas: Panamá ha decidido pasar de aliado de Washington, a un Estado subordinado en la agresión contra el Estado venezolano. Ese comportamiento no sólo hunde en un total desprestigio a la Cancillería panameña, sino que compromete en forma grave las vitales relaciones con otros países del orbe.

Los bloqueos, los embargos, las amenazas bélicas y los sabotajes que durante décadas fueron dirigidos contra Cuba, vuelven ahora a ser aplicados contra Venezuela, un país rico el petróleo, oro y poseedor de otros minerales valiosos y una gran biodiversidad, en un intento por obligarlo a que ceda el control de sus recursos.

Sin embargo, Estados Unidos ‒tutelado por una peligrosa mafia administradora de negocios petroleros‒ necesita que haya peones que hagan el trabajo sucio y generen una imagen de “defensores de la democracia” para golpear bajo y allanar el camino para la liquidación del proyecto político y económico venezolano.

Es allí donde entra a desempeñar una función servil el gobierno panameño, al que poco le importa haber lanzado por la borda los años de trabajo en que Panamá construyó una imagen de país soberano, promotor del diálogo y la paz en Centroamérica, y de interlocutor válido en la solución de conflictos en el mundo.

Difícilmente, el gobierno podrá salir incólume al ejecutar como propias órdenes foráneas que comprometen la suerte de la nación y generan aislamiento político. Los autores de hechos indignos que malogran la soberanía y lanzan estiércol sobre la memoria de los mártires, deben responder por viles y abominables acciones.

Al perder el último ápice de respecto que le quedaba, el gobierno de Panamá debe saber que jamás podrá erguirse en las tribunas internacionales como paladín de la democracia y los derechos humanos, sin que antes sea desenmascarado por su traición y la conducta de rendir pleitesía a un Estado extranjero interventor.

El pueblo panameño ha tenido la capacidad de juzgar a quienes intentaron hipotecar la soberanía y comprometer el futuro de las nuevas generaciones con intereses de grupos explotadores. De la soberanía y dignidad sí se vive, pero nunca de la subordinación y el ultraje cometido por los saqueadores en América Latina.

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