Los verdaderos líderes nunca mueren

Discurso en la Universidad de Buenos Aires, al recibir Doctorado Honoris Causa, el 18 de enero de 1974

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General Omar Torrijos Herrera

Este aplauso, este diploma, este escenario, este recibimiento que nos

ha hecho el pueblo argentino, nos llena el tanque de combustible

para arrancar nuevamente la máquina de cambios. Conversando con

el general Perón, me di cuenta de que es un idealista; él adora a su

pueblo. Todo gobernante, para que sea aceptado por su pueblo, tiene

que ser esencialmente humano; a todo gobernante idealista lo mueve

sólo el cariño. ¿A quién? Al hombre, a su Patria y a su pueblo.

Yo converso mucho con mi pueblo y aprendo mucho de él. En estos

días, conversando con eruditos —de esos a los que su erudición ha

llegado a tal extremo que se han sindicalizado y han organizado una

asociación de bombos mutuos: “Tú me alabas a mí, yo te alabo a

ti”—, les pedí por favor que en Panamá no hiciéramos más códigos;

vamos a ver cómo rompemos ese vocabulario de “código” y ver si

podemos llamarles “normas de pacífica convivencia”. Un código

administrativo que estamos haciendo señala el comportamiento y las

sanciones a que cada ciudadano se somete cuando comete una falta.

Yo explicaba que un gobernante está más cerca de su pueblo en la

proporción en que ese pueblo lo entiende más. La ley es más justa

mientras más cerca está del hombre.

Y les explicaba que acababa de venir de una gira por la zona

indígena, en donde mi presencia había sido reclamada por el

Director Provincial de Educación, a fin de que fuese a estudiar lo

que estaba haciendo un tal Lorenzo Rodríguez, pero, como nunca

quiero ser militar represivo, fui primero a ver quién era Lorenzo

Rodríguez y qué estaba haciendo este señor, que en donde el

gobierno ponía una escuela, él ponía otra, en la cual se estaba

propalando la ignorancia, porque el supuesto maestro que él ponía

era un analfabeto. “¿Qué solución sugiere usted?”, pregunté al

funcionario. “Que agarre a Lorenzo y lo meta en la cárcel.”

Entonces le dije: “Pero qué equivocado está usted, señor, creyendo

que la cárcel y las balas pueden acabar con un movimiento místico.

Eso es falso”. El que cree que la cárcel y las balas acaban con la

mística, con un movimiento místico, está ubicado en el siglo pasado,

está ubicado muchos calendarios atrás.

Hablando con Lorenzo, me di cuenta de que el hombre tenía un gran

ascendiente sobre su pueblo. Y encontré los decretos que él hace

para manejar a su gente, que dicen lo siguiente: “Todo aquél que

tenga chanchos en soltura, puede amarrarlos, y el que no, no cumpla.

Lorenzo Rodríguez”. Cuando yo vi eso, me di cuenta de que estaba

frente a un hombre que gobernaba a su pueblo porque sabía

transmitir en el lenguaje que su pueblo entendía. Esa es la ley más

clara que yo he visto. Es la disposición que no está sujeta a ningún

tipo de interpretación. Realmente admiré la sencillez con que ese

hombre manejaba a su pueblo y admiré la razón por la cual lo

obedecían.

Uno de los problemas de nuestros dirigentes es que, mientras

nuestros pueblos son de arcilla, ellos son de cristal, y de cristal fino.

Así es que, automáticamente, viene el desenfoque que los lleva a no

encontrar el entendimiento entre gobernados y gobernantes. Creo

que el único mérito que yo tengo es, precisamente, el de saber

comunicarme con mi pueblo y el de saber que de la expresión más

sencilla usted puede sacar grandes enseñanzas.

Nuestra lucha doméstica, el alza de la vida, el petróleo, todas esas

cosas, lo llevan a uno a ocupar todo su tiempo. Yo llegué a pensar

que la lucha por la liberación de nuestro país, por el

perfeccionamiento de la independencia (como dice mi estimado

Canciller) y que yo dirigía, por la erradicación de la bandera intrusa,

era una batalla que estábamos librando solos contra un león, pero un

león que tiene dientes y garras. Y llegué, incluso, a adoptar una

actitud medio derrotista. Sin embargo, he sido fuertemente

impactado. He sido impactado por la actitud del pueblo argentino, al

ver el calor humano con que nos han recibido y por ver el respaldo

que ustedes le dan a nuestra causa.

Allá, en Panamá, tengo un gran problema, que es que nuestra

juventud no cree en negociación, sino en liberación. Pero yo no le

quiero dar el pecho de la adolescencia a la gendarmería

norteamericana. Y me cuesta trabajo convencerlos de que la

liberación podemos conseguirla a costos sociales más bajos.

Entonces me dicen: “Omar, te estás acobardando, te están poniendo

muy prudente”. Y es verdad que, si uno es mandatario, se pone a

veces muy prudente, aunque no quisiera serlo. Pero ellos adolecen

de un defecto que quizás constituye su más grande virtud: el querer

acelerar el proceso de cambios a velocidades que nos desmantelarían

la carrocería estatal. Yo le digo a la juventud peronista, ahora

hablando prudentemente, que el único hombre que tuvo vocación

para acelerar, por presionar el acelerador del carro, fue Fangio. Y si

este período político existe, hay que estar conscientes de que la

maquinaria estatal está constituida por miles de piezas, unas jóvenes,

otras viejas, unas con grasa, otras sin grasa, y que, si uno acelera

mucho, todo se despedaza y es muy difícil, como dice el poeta,

reconstruir un país con herramientas gastadas.

Yo era un capitán inquieto, con la inquietud social que viene del

medio ambiente. Mis padres fueron maestros rurales y siempre

sufrieron persecuciones políticas, porque ellos, pobrecitos, querían

hacer la reforma agraria solos. Ahora, cada vez que yo levanto la

cerca de uno de esos latifundios, digo que es en honor de mis padres,

que no lo pudieron hacer solos.

Dentro de esta inquietud, cuando yo trabajaba en el Aeropuerto,

donde hay toda una compañía, una unidad de combate, tenía

bastante que ver con la administración y también con los

acontecimientos significativos del aeropuerto, que en Panamá es

como el valle de los caídos, por nuestra posición geográfica. Por ahí

pasan los caídos, los que no están caídos, los que van de regreso, los

que vienen de regreso; así es que en ese lugar me tocó conocer a

mucha gente. Pero cuando conocí al general Perón, me di cuenta de

que estaba ante un militar diferente, un militar con carisma y

humanista. Me di cuenta de que estaba ante un hombre superior y

desde aquel entonces, siempre que mantuve contacto con él, dejé

que hablara, pues cuando uno habla con un hombre así, si uno

también habla, no aprende. Después, establecimos relaciones y pude

comprobar que, realmente, este hombre tiene dimensiones

continentales. Porque en aquella época de represión, en que los

reglamentos militares de una de las potencias conocidas y medio

vecinas afirmaban que una de las misiones de la división de

infantería es reforzar a un gobierno tambaleante —lo que es elevar a

categoría de reglamento la actitud colonialista—, hablar de la unión

de los pueblos pequeños para hacerle frente a los colosos era una

herejía. Como la que cometió aquel científico que dijo: “Pero se

mueve.” Era una herejía y la pagó Perón. Pero abrió la brecha a

través de la cual subió después un Velasco y luego un Torrijos y

quién sabe cuántos más vendrán por ahí subiendo en los diferentes

escenarios de América.

Yo les agradezco sinceramente esta comunicación que hemos

mantenido y la agradezco porque soy un devoto de la juventud,

porque allí está el futuro. En esa juventud orientada, desorientada,

microorganizada, que pelea, que no pelea, en esa lucha se van

jerarquizando los futuros dirigentes de un país. Y cuando me dicen:

“Cuidado con el imperialismo”, a ellos solos se lo permito. Porque

son celosos de sus fronteras patrias, celosos de su bandera. ¡Si

ustedes los hubieran visto el 9 de enero de hace diez años, de frente

contra la metralleta gringa! No mataron más porque el cañón se

recalentó y tuvieron que salir huyendo.

Por eso yo digo que no puedo traicionar a la juventud. Ellos tienen el

derecho de ser consultados. Yo tengo problemas con determinados

miembros del gobierno, que se oponen a esas consultas, y les

contesto siempre que lo hago porque ellos van caminando hacia la

vida; yo voy caminando hacia la muerte.

¿Por qué la mujer abraza con tanto cariño las ideas de un líder que

está construyendo una nueva Patria? Porque la mujer, ante todo, es

madre, y desea que sus hijos vivan en un país donde no sean

explotados como explotaron a sus padres. Por eso ustedes son así,

pensando en sus hijitos siempre.

Nosotros tenemos muy buena comunicación con la juventud

panameña; tan buena es, que son los únicos que están autorizados

para ordenarme, y ellos lo saben. Muchas veces me siento medio

pesimista. —Todos los gobernantes tenemos momentos de

triunfalismo, momentos de pesimismo—. En momentos así, voy a

conversar con ellos, a conversar con la zona indígena. Voy en el

helicóptero, recordando la enseñanza de esas expresiones populares

que son las que constituyen nuestra Patria doméstica.

Recuerdo que, un día, pasando por una plantación, un campesino me

dijo: “General, su revolución no ha pasado por aquí.” Sí ha pasado,

respondí. “Miento, entonces,” me dijo. “Su revolución sí ha pasado

como cuatro veces por aquí, pero a diez mil pies de altura, en el

avión.” Le expliqué que se había mandado el banco de crédito

agrario a esa región, a lo que me contestó: “Efectivamente, vino con

una bolsa de plata, a todos nos dio, se fueron, no nos dijeron cómo

sembrar, no nos dieron la asistencia suficiente y ahora estamos

empeorando, porque antes éramos pobres y precaristas, y ahora

somos precarios y morosos”. Es verdad, no hay acomodo dando

apoyo económico si no se respalda ese apoyo con la técnica.

Es en ese diario contacto con mi pueblo donde yo extraigo, sobre

todo, la sabiduría de cómo llegar a conocer las necesidades de él. Y,

felizmente, conversando es que hemos podido sobrellevar cinco

años de gobierno con una buena dirección de ataque. Nuestros

conflictos, nuestras discusiones con los grupos jóvenes, los grupos

estudiantiles, con la adolescencia, ya no consisten en ver cuál es la

dirección de ataque. En la dirección de ataque ya estamos de

acuerdo. Sólo consiste en ver cuál es la velocidad que se le tiene que

dar a la máquina de cambios.

Es el hombre el objetivo de mi gobierno. Ahí nace mi sentimiento

profundamente humano. Yo no puedo ver a un niño, sinceramente,

no lo puedo ver, se me aguan los ojos cuando veo a un niño con

hambre. Yo no puedo ver que un niño tenga que caminar cuatro

horas para ir al colegio; yo no puedo ver a un niño con los ojos

vidriosos que produce la anemia, que se mueren prematuramente y

que, pobrecitos, en actitud de perdón, esos ojos que usted mira,

parecen decir: “Perdona, Dios mío, a quienes nos están

gobernando”.

De ahí surge mi actitud humana, mi actitud humanista, mi gran

predisposición por perder lo que sea en la vida, ya que muchas veces

vale más uno muerto que vivo. Así es que uno está en una actitud de

total desinterés.

Yo recuerdo que siendo capitán, mi generación, mi misma

generación de muchachos que yo había dejado en mi pueblo, en

Santiago, se sublevó. Hizo un conato de guerrilla. Entonces, se

dispuso que, como yo era de esa región, fuera a sofocar ese conato.

Efectivamente. El primer saludo fueron ráfagas y ráfagas. Yo fui

gravemente herido y allí murieron cuatro. Yo vi después por

televisión cuando enterraban a esos muchachos. Yo estaba

totalmente convencido de que, en ese entierro, en esos féretros, en

esa carroza, estábamos enterrando a los muchachos, pero no

estábamos enterrando la causa del descontento que los obligó a

sublevarse. Aquella vez dije: “Qué equivocados están los que creen

que ya desapareció el brote de guerrilla. Ahora viene más fuerte,

porque es un brote abonado”. Porque ahí se portaba un féretro que

ya era un estandarte, ya era algo místico. Qué equivocados están

quienes creen que cuando entierran a un líder entierran al

movimiento. Y les digo esto porque a mí me costó ocho años llegar

a admitirlo y esa reacción fue fuerte.

Yo nací en el pueblo más pobre de la provincia más pobre; y el

hombre es él y el medio que lo formó. Y de ahí surgen mis

inquietudes por esa causa social y de ahí también surgió que en

cuanto llegué a la Comandancia de la Guardia, fui corriendo a una

capilla y matrimonié a las Fuerzas Armadas con los verdaderos

intereses del pueblo.

Es triste servirle a la oligarquía. La oligarquía insatisfecha que todo

lo puede arreglar con balas y lo arregla con gases lacrimógenos.

Yo recuerdo que, siendo jefe de la segunda ciudad de mi país, vino

un político y metió la mano en la lata desmedidamente. Robó veinte

mil dólares, que estaban destinados a la construcción de un gimnasio

y un auditorio para los muchachos. Cuando uno mete la mano en la

lata, la lata siempre hace ruido. Ese ruido mandó un mensaje directo

a los grupos estudiantiles y se formó ahí un problema tremendo.

Quemaron casas, quemaron carros, quemaron esto y aquello. Y

entonces recuerdo que gastamos mil bombas lacrimógenas. De tanto

gas, la ciudad de Colón quedó desocupada por tres días. Después me

puse a ver el precio de cada bomba y resultó que ésta costaba treinta

dólares. Se gastaron treinta mil dólares. Hubiera salido más barato

hacerles el gimnasio. Lo que demuestra que ni nociones económicas

tenían los tipos que nos dirigían.

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