Rabia contra la corrupción

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Jóvenes panameños marchan contra la corrupción

Por Isabel Barragán de Turner
Miembro de número de la Academia Panameña de la Lengua

Hace tiempo que no uso las redes sociales para escribir. Y no es porque no tenga nada que decir, es porque estoy cansada, muy cansada, apagada, triste, frustrada. Y, para ser completamente honesta, profundamente indignada.

Quizás algunos de mis colegas llamarían a esto depresión. Pero no siento que mi tristeza venga de no encontrarle sentido a mi vida. Al contrario. Quizás viene precisamente de encontrarle demasiado sentido a las cosas y tener que ver, con una claridad que a veces quisiera no tener, cómo muchas de las cosas que durante toda mi vida creí que valían la pena defender se están desmoronando delante de nosotros.

La honestidad, la educación,el respeto, la institucionalidad, la dignidad, la palabra, la justicia, la capacidad de cuestionar, la posibilidad de disentir sin ser tratado como enemigo. Y, sobre todo, la sensación de que todavía existe algo parecido a un límite.

Panamá me está doliendo, me duele profundamente y no es un dolor abstracto. Es el dolor de ver mi país y preguntarme en qué momento comenzamos a aceptar como normales cosas que antes nos hubieran parecido inaceptables.

Me duele ver cómo cada día aparece una nueva razón para desconfiar. Una nueva decisión que necesita explicación. Una nueva contradicción. Una nueva forma de decirnos que algo es por nuestro bien mientras nosotros seguimos preguntándonos a quién beneficia realmente.

Ahora aparece el tema de los impuestos sobre las compras digitales y yo no puedo evitar sentir una profunda frustración.

Porque uno compra afuera porque muchas veces aquí no consigue lo que necesita, porque determinados productos cuestan muchísimo más, porque existen cosas que sencillamente no están disponibles en Panamá o porque una familia necesita buscar dónde su dinero rinde un poco más.

Y entonces uno se pregunta: ¿hasta dónde vamos a llegar? ¿Hasta dónde vamos a permitir que nos regulen incluso aquello que compramos para nuestro propio uso?

Si una persona compra un artículo en el extranjero, paga los impuestos que correspondan a esa operación y luego la mercancía entra al país sometida a los procesos y gravámenes que correspondan, ¿qué sentido tiene seguir cargando al ciudadano una y otra vez.

Porque el ciudadano no es una fuente infinita de dinero.

Y quizás lo que más me preocupa es que todo esto no ocurre aislado.

Es una cosa encima de otra.

Una pequeña grieta encima de otra pequeña grieta, hasta que un día uno mira la pared completa y se da cuenta de que está llena de fisuras.

Está la minería, sobre la cual seguimos teniendo preguntas enormes como sociedad. Está la manera en que se manejan determinados asuntos que afectan nuestro territorio y nuestros recursos. Está la educación, con escuelas que siguen necesitando tantas cosas básicas mientras discutimos cifras, proyectos y presupuestos. Está la salud pública, donde tantas personas tienen que enfrentarse a esperas, carencias y dificultades que no deberían existir en un país que tiene los recursos que tiene Panamá.

Está el empleo, está la informalidad, está la desigualdad, está esa contradicción que me cuesta tanto aceptar: un país que puede mostrar crecimiento económico mientras una enorme cantidad de personas siente que cada vez le cuesta más vivir dignamente.

Entonces vuelvo a preguntar:

¿De qué crecimiento estamos hablando?

¿Quién está creciendo?

¿Quién está acumulando?

¿Y quién está quedándose atrás?

Porque Panamá no es un país pobre.

Panamá tiene recursos, tiene talento, tiene una posición geográfica privilegiada, tiene gente trabajadora, profesionales extraordinarios, emprendedores, científicos, maestros, médicos, artistas, obreros, comerciantes y ciudadanos que todos los días se levantan a hacer lo correcto.

Entonces, ¿por qué cada vez hay más gente sintiendo que sobrevivir se está convirtiendo en un privilegio?

Y en medio de todo este sentimiento, ocurrió algo que, para mí, fue como la cerecita de un pastel que ya llevaba demasiado tiempo pudriéndose.

La Academia Panameña de la Lengua cumplió cien años.

Cien años.

Una institución que representa muchísimo más que palabras. Representa cultura. Educación. Historia. Conocimiento. El respeto por nuestro idioma. El legado de generaciones de panameños que entendieron que la palabra también construye una nación.

Yo no soy académica. No pretendo ser docta en lingüística ni mucho menos; pero desde niña he sentido un profundo respeto por la Academia, por sus maestros, por las personas que han dedicado su vida al estudio de nuestra lengua y por todo lo que representa una institución de esa naturaleza.

Por eso me cuesta muchísimo procesar que, precisamente en el centenario de la Academia Panameña de la Lengua, el presidente de la República, José Raúl Mulino, haya sido nombrado académico honorario y recibido un reconocimiento al mérito por parte de esa institución.

Y aquí es donde mi indignación deja de ser solamente política, se vuelve simbólica.

Porque no puedo dejar de recordar aquellas palabras pronunciadas por el propio presidente en octubre de 2025, cuando se refirió a quienes cuestionaban al Gobierno:

”Hoy, esos voceros oficiosos de la mentira tienen que meterse la lengua, usted sabe en dónde…”

Sí, esas fueron sus palabras.

Y quizás alguien me diga que fue una expresión coloquial. Que fue una frase producto de un momento de molestia. Que debemos mirar más allá de las palabras.

Pero precisamente yo no puedo mirar más allá de las palabras. Porque las palabras importan.
Y mucho más cuando hablamos de la Academia Panameña de la Lengua.

Una institución cuyo propio director, Jorge Eduardo Ritter, recordó en el acto del centenario que su lema, “limpia, fija y da esplendor”, continúa vigente y que parte de su misión es preservar el uso educado del idioma como legado para las futuras generaciones.

Entonces yo me pregunto, con absoluta sinceridad:

¿En qué momento una institución dedicada a la lengua, a la cultura y al uso educado de la palabra considera que una persona que públicamente utiliza expresiones como esa representa suficientemente los méritos intelectuales que justifican convertirlo en académico honorario?

No lo pregunto desde el odio, lo pregunto desde la decepción, desde el respeto que le tengo a esa institución. Desde el respeto que le tengo a los maestros que me enseñaron a amar las palabras.

Y desde la tristeza de sentir que incluso aquello que debería permanecer por encima de las coyunturas políticas parece estar siendo arrastrado por ellas.

Porque si hasta las palabras pierden valor, ¿qué nos queda?

Si decir ”honor”, ”mérito”, “educación”, “transparencia”, “democracia”, ”dignidad” y “servicio público” puede significar cualquier cosa dependiendo de quién tenga el poder, entonces hemos perdido mucho más que el sentido de algunas palabras.

Hemos perdido referentes.

Y eso es peligrosísimo.

Porque los grandes deterioros de las sociedades no siempre comienzan con grandes golpes. Por lo general, comienzan cuando dejamos de indignarnos, cuando dejamos de preguntar, cuando dejamos de exigir explicaciones,
cuando empezamos a decir ”así son las cosas”, cuando normalizamos que al ciudadano se le responda con desprecio, cuando aceptamos que cuestionar sea considerado una ofensa, cuando creemos que exigir transparencia es ser enemigo de alguien, cuando dejamos de defender aquello que nuestros padres y nuestros maestros nos enseñaron que era correcto.

Y yo no quiero llegar ahí.

No quiero que mis hijos crezcan pensando que esto es normal.

No quiero que aprendan que tener poder significa poder humillar.

No quiero que aprendan que la política está por encima de la ética.

No quiero que crean que la educación es simplemente administrar edificios y presupuestos.

No quiero que crean que la salud digna es un privilegio de quien puede pagarla.

No quiero que crean que el crecimiento económico justifica que unos pocos acumulen mientras otros apenas sobreviven.

Y tampoco quiero acostumbrarme yo.

Porque quizás esa es mi verdadera tristeza. No haber dejado de amar a Panamá, sino amarlo tanto que duele verlo así.

Me duele la indiferencia, la arrogancia, la falta de respuestas, la sensación de impunidad. Me duele sentir que nos quieren convencer de que no vemos lo que vemos.

Y sí, estoy brava, estoy profundamente furiosa.

Tengo una rabia que no es odio. Es una rabia que nace del amor, del amor por mi país, por la educación, por la palabra, por la justicia, por la dignidad, por la gente que todavía hace las cosas correctamente aunque nadie la premie por hacerlo.

Por los maestros que siguen enseñando.

Por los médicos que siguen atendiendo.

Por los trabajadores que siguen levantándose temprano.

Por los padres que siguen haciendo malabares para que sus hijos tengan oportunidades.

Por los jóvenes que todavía creen que vale la pena estudiar.

Por todos los panameños que todavía creemos que este país puede ser muchísimo más de lo que estamos permitiendo que sea.

Por eso vuelvo a escribir. No porque haya dejado de estar cansada, sino porque estoy cansada de estar callada.

Y quizás todavía exista algo que podamos hacer.

No dejar que nos convenzan de que nuestra indignación es exagerada simplemente porque incomoda. Porque los tiranos, los abusos y las sociedades que terminan perdiendo sus libertades no aparecen de la nada, crecen donde la gente se acostumbra a bajar la cabeza.

Y yo no quiero bajar la cabeza. No sé si mi voz cambiará algo. Probablemente no, pero sí sé que callarme me haría sentir peor.

Así que hoy escribo, con cansancio… con tristeza…con frustración…con una profunda y santa ira. Pero también con esperanza. Porque todavía quiero creer que Panamá puede despertar.

Y porque, a pesar de todo lo que me duele, todavía me niego a dejar de creer en mi país.

Panamá merece más…

Y nosotros también.

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