Nuestras aguas en el laberinto canalero

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Los lagos Alajuela y Gatún, por debajo de sus niveles aceptables.

Por Alberto Velásquez
Periodista y relacionista

Los ingenieros franceses recomendaron un canal de exclusas cuando llegaron al convencimiento de que en el Istmo llovía abundantemente, gracias a los vientos alisios y a la abundancia de árboles en la franja tropical de América.

Nunca avizoraron que años después de construida la vía interoceánica, sus habitantes estuvieran deforestando su cuenca y talando inmisericordemente el Darién, y que, en la actualidad, se haya perdido más de la mitad de nuestras selvas y bosques.

Como resultado de ello, se está considerando reducir la cuenca hidrográfica del Bayano, negociando para que nuevamente tenga un rugido a lo panameño, porque lo cedimos y, por lo tanto, tenemos que negociarlo nuevamente. Esta decisión hace recordar la frase de Omar Torrijos cuando dijo: “bien pendejos son si se dejan quitar lo que tienen”.

Pero la falta del vital líquido para alimentar la ampliación del Canal y el despilfarro en las ciudades, por falta de una política firme en la administración del agua, nos está dirigiendo a que los ríos Indio y Bayano se expongan a un destino fatal.

Quizás, sea buen negocio, al estilo de las FCC, construir una tubería de 80 kilómetros para transportar agua dulce para el Canal y el uso doméstico. Es posible que a través de esas obras de ingeniería se ofrezca trabajo a mucha gente por un tiempo breve, pero la afección a esos ríos pudiera ser a perpetuidad.

Debemos organizarnos para hacer efectiva la tan cacareada, pero fracasada tarea de sembrar un millón de árboles, antes de que nos convirtamos en arco seco ampliado.

También hay otras opciones válidas. A través de la aplicación de nuevas tecnologías, se ha comprobado que es posible detectar y aprovechar fuentes de agua bajo tierra. Habría que examinar esa posibilidad, además de la de la desalinización de agua marina para las operaciones y esclusajes en la vía acuática.

Mientras, transformemos el IDAAN. Saquemos a esa institución rectora del recurso hídrico de su laberinto y convirtámosla en una empresa estatal eficiente, considerando su manejo como primera prioridad, más que la reforma a una Constitución varias veces emparchada, que tanto nos distrae, para que realmente volvamos a tener agua abundante como sucedía en los viejos tiempos.

Con buena voluntad, una dosis de soberanía y una verdadera agenda de Estado sin visos de corrupción, lo podremos lograr.

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