La insurrección de Chile

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La primavera chilena

Por Antonio Saldaña
Abogado, Analista Político
Especial para Bayano digital

Lo que ocurre en Chile es una auténtica insurrección popular. En última instancia, es el producto acumulado de la “crisis” del modelo neoliberal de democracia autoritaria. Así como en 1970, Chile produjo la primera democracia socialista por voluntad popular (vía electoral), ahora, también ha parido la primera revolución “líquida”.

El pueblo austral araucano es el más culto del continente americano y en los últimos 50 años ha vivido dos procesos simultáneos: El experimento económico “más exitoso” –modelo para el mundo- del “capitalismo salvaje” y el proceso cultural de realidad líquida, caracterizada, ésta última, por el conocimiento, la información y la instantaneidad.

La ignorancia excusable de los papagayos de la oligarquía global les ha hecho entrar en pánico. Examinan con herramientas en desuso un “mundo nuevo” que está naciendo, que no ha sido identificado, que ni siquiera tiene nombre; para decirlo con Gramsci, “el viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.

No es la “rebelión de las masas” de Ortega y Gasset, es la insurrección de los nietos cultivados de Víctor Jara, es la juventud educada pero precarizada constituida en un polo unitario, pero “líquido”, la que escenifica la marcha triunfal en más de un millón de personas, que desafía –“LA MONEDA”- el poder de la “clase política” chilena  de los últimos 46 años.

En Panamá la reacción de la “reacción” neoliberal iniciada en 1994 por el tránsfuga del torrijismo y continuada hasta hoy por la oligarquía neoliberal no sido distinta a la del resto de la cofradía global: Tiemblan y recurren a la especulación engañosa y al ¡MIEDO! Olvidan por completo, parafraseando el refrán, que “no hay mal que dure 30 años ni cuerpo social que lo resista”.

Pienso que el que habla en tercera persona, es el “último cartucho” de las cúpulas corruptas del neoliberalismo. La realidad de la exclusión, de la precariedad, de la falta de libertad, de educación pertinente, de trabajo decente, de ausencia absoluta de democracia real; la persistencia de la desigualdad rampante y de un Estado de Derecho “fallido”; nos indica, sin lugar a dudas, que ha llegado la hora de la juventud panameña, los abuelos istmeños “empoderados” deben dar a un paso al lado, y permitir a la juventud “tomarse”  la cinta costera y encaminarse decididamente hacia la “Casona de San Felipe”. ¡Así de sencilla es la cosa¡

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