El borramiento de la memoria más allá de los escombros en el mirador

1
261
El mirador destruido. (LP/Isaac Ortega>.

Por Rogelio Antonio Mata Grau
Docente y especialista en Ciencias Sociales

La noche del 27 de diciembre de 2025 quedará marcada en nuestra cronología civil como un episodio de profunda orfandad institucional. Bajo el pretexto técnico de un “deterioro estructural”, la piqueta administrativa derribó el Monumento a la Etnia China en el Mirador del Puente de las Américas, que cruza el Canal de Panamá.

Sin embargo, lo que cayó no fue solo una estructura de concreto y acero; fue un símbolo de la gratitud nacional hacia una de las columnas vertebrales de nuestra identidad. Como sociedad, nos enfrentamos a una preocupante amnesia selectiva, en la que la gestión pública pretende ignorar el valor sagrado del patrimonio. La destrucción de ese hito, situado en las faldas de la vía interoceánica, no es un acto de seguridad pública, sino un atentado contra la memoria histórica de un país que se reconoce en su diversidad.

Es imperativo recordar que la presencia china en Panamá es anterior a la propia República. Esta historia no inicia con un permiso comercial, sino con el sacrificio humano en 1854 durante la construcción del Ferrocarril Transístmico. Aquellos primeros 705 inmigrantes que arribaron en el buque Sea Witch no eran simples operarios; eran los precursores de una integración que definiría nuestra esencia. Aquellos hombres enfrentaron condiciones infrahumanas y enfermedades tropicales, dejando sus vidas en parajes que hoy llevan nombres de tragedia como Matachín. Borrar este monumento es, en cierta medida, volver a enterrar a esos mártires en el olvido absoluto.

No se puede entender la “panameñidad” sin esta herencia que se fundió rápidamente con el tejido social y económico del país profundo. Antes de 1903, la comunidad china ya era el motor del comercio local y un actor central en la cohesión de nuestros barrios populares. El monumento destruido era un recordatorio físico de que el Canal de Panamá es una obra del trabajo universal. Al removerlo, la autoridad local despoja al paisaje canalero de su carácter multicultural, dejando una narrativa incompleta que parece favorecer una visión estéril y puramente logística de nuestra posición geográfica.

La justificación esgrimida por la alcaldía —el riesgo para la seguridad de los visitantes— resulta, desde un análisis de políticas públicas, insuficiente y carente de visión de Estado. En cualquier nación que respete su legado, el diagnóstico de una patología estructural no es una orden de ejecución, sino el punto de partida de un protocolo de restauración científica.

El patrimonio no se aniquila cuando se agrieta; se interviene, se refuerza y se pone en valor. La celeridad y el horario nocturno con que se procedió a la demolición revelan una alarmante falta de gobernanza participativa. Se ignoró por completo a la comunidad chino-panameña, un actor social que ha demostrado históricamente su disposición a colaborar con el Estado. Esta “iconoclasia administrativa” ignora que el espacio público es un depósito de significados compartidos, no una propiedad privada del funcionario de turno.

Ante este vacío, surge una responsabilidad ineludible para el sector académico: la activación del currículo vivo. Si el mazo ha logrado derribar el símbolo físico, la academia debe responder fortaleciendo el símbolo intelectual. El currículo vivo es aquel que trasciende los libros de texto para conectar al estudiante con su realidad social; es el que debe hoy reivindicar el aporte chino como un pilar constitutivo de nuestra soberanía.

La verdadera reconstrucción no vendrá de una nueva plaza de diseño moderno, sino de la capacidad de nuestras instituciones para sembrar un respeto innegociable por la memoria. Se pueden demoler las estructuras, pero es imposible borrar una herencia que corre por las venas de nuestra cultura. La memoria de la etnia china en Panamá no depende de la voluntad de una administración transitoria; habita en nuestra historia y, a partir de hoy, debe habitar con más fuerza en la voz de cada maestro que se niega a permitir el olvido sistemático de nuestra identidad.

1 COMENTARIO

  1. Tremenda pieza intelectual que inspira al deleite pero la verguenza que genera la actitud de la alcaldeza es mayor.
    Que desgracia cuando la ignorancia ocupa el espacio de lo culto.

Responder a Julio Gondola Cancelar respuesta

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí