Del horror de Ucrania al fantasma de James Carville

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Tropas ucranianas abastecida de armas de Occidente.

Por Antonio Saldaña
Abogado y analista político

No creo que haya una vía diplomática para acabar con esta guerra (en Ucrania) y habrán más batallas antes que esto suceda”. Ivo Daalder, ex embajador de EE.UU. en la OTAN.

En el último decenio del siglo pasado, el “mundo bipolar” —que se derrumbó con la caída del campo socialista en Europa— fue sustituido, en lugar de la multipolaridad real y de la democracia efectiva, por gobiernos de oligarquías plutocráticas y autoritarias, particularmente en el Este de Europa.

A ello, se ha sumado la pretensión de la unipolaridad hegemónica de Estados Unidos. Matizado dicho empeño artificial, con el imaginario geopolítico del “Mundo Occidental” o simplemente “Occidente”. (Bayano digital- 12/4/2022).

En efecto, este es el trasfondo real del horror que padece el noble pueblo “rus”. Es decir, lo que se inició como una agresión de Rusia a esta República del Este de Europa, se ha transformado, según palabras de los propios actores, en una “guerra híbrida” o “guerra proxy”, donde Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Europea (UE) y la Organización del Atlántico Norte (OTAN) proporcionan las armas a Ucrania, producidas por el “complejo industrial militar” y los banqueros; y el dinero para, supuesta “ayuda humanitaria”, sin auditoria ni control, parte del cual ha ido a parar al bolsillo de los burócratas corruptos de Ucrania, según denuncia del senador estadounidense Paul Gosar. Particularmente, ese dinero ha terminado en manos del payaso de Kiev. Mientras, el pueblo ucraniano es sometido a la más despiadada crisis humanitaria y al horror de la guerra.

Para que se tenga una idea aproximada del volumen irracional gastado en esa guerra injusta —para decirlo con el eufemismo de “Occidente”—, el pasado viernes 13 de mayo, Josep Borrell, representante de la política exterior de la UE, declaró en la “VII Reunión del Grupo de los 7” (G-7), que en esta fecha le entregaría 500 millones de euros en “armamento pesado” adicionales, con los cuales “desde el inicio de la guerra en Ucrania suman un total 2.000 millones de euros”.

Por otro lado, el mismo viernes el senador de Estados Unidos por Kentucky, Rand Paul, “bloqueó” temporalmente la asignación de 40.000 millones de dólares del gobierno norteamericano para la guerra en Ucrania, con la siguiente argumentación: “Mi juramento es con la seguridad nacional de EE.UU. No podemos salvar a Ucrania condenando a muerte la economía estadounidense. Con los 20.000 millones de dólares ya entregados, convertirá a Ucrania en el mayor receptor de asistencia militar de EE.UU. en las últimas dos décadas. Con una deuda de $30 billones, EE.UU. no puede permitirse —el lujo de— ser el policía del mundo”.

De manera que, parafraseando a James Carville, autor de la célebre frase “The economy stupid”, para el mundo y para los panameños, hoy podemos decir: “The war stupid”. La guerra en Ucrania es la que ha provocado en los últimos 81 días, la crisis económica global que tiende a escalar y no se observa final en el horizonte inmediato, según el vaticinio de los analistas. Todo indica que el mundo se encamina hacia una depresión y hambruna, sólo comparable con la vivida por la humanidad durante la “gran depresión” del siglo pasado.

¿”Qué hacer”?

Reconociendo el carácter y la gravedad de la dificultad económica que azota al paneta, como consecuencia de la guerra en Ucrania, es mucho lo que podemos hacer como Nación, siempre y cuando el presidente de la República asuma el liderazgo. Primero, convocar a un gobierno de unidad nacional. Segundo, desandar los compromisos guerreristas adquiridos internacionalmente y proclamar una abierta lucha por la paz global y que cese el negociado de las armas y calle el estruendo de las armas en el Este de Europa. Tercero, establecer un plan nacional de crisis, que incluye, entre otros aspectos, el sacrificio compartido (gobernantes y gobernados) para mitigar el impacto inevitable del incremento de los precios de los derivados del combustible fósil (gasolina y diésel), de los insumos agropecuarios, de los alimentos, de las tarifas del pasaje del transporte terrestre de pasajeros selectivo y colectivo, de la energía eléctrica, etc.

Continuar ignorando el carácter de la crisis y seguir trepado en el carro de la guerra, constituye, para Panamá, su gobierno y su pueblo, un verdadero suicidio político, económico social y, eventualmente, humanitario.

¡Así de sencilla es la cosa!

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