Por Rogelio Mata Grau
Docente y especialista en Ciencias Sociales
Las recientes declaraciones de Kamala Harris sobre la agresión de Estados Unidos contra Venezuela han abierto una grieta inesperada en el discurso político norteamericano. No porque revelen una oposición radical al imperialismo, sino porque, desde el interior mismo del sistema, reconocen algo que durante décadas se ha intentado ocultar: la desconexión creciente entre el poder imperial y el concepto clásico de nación.
Harris afirma que “ya hemos visto esta película antes”, en referencia a guerras presentadas como defensas de la democracia, que terminan siendo conflictos por recursos estratégicos, particularmente el petróleo. Esa frase, aparentemente coyuntural, encierra una verdad estructural: cuando un-Estado deja de actuar en función del interés colectivo de su pueblo y subordina su política exterior a intereses corporativos y geoestratégicos, el concepto de nación comienza a vaciarse de contenido.
En este sentido, la agresión contra Venezuela no puede analizarse únicamente como un acto de política exterior, sino como una manifestación de una crisis más profunda del Estado-Nación Estadounidense. El nuevo Monroísmo impulsado por Donald Trump no busca proteger a Estados Unidos, sino reafirmar un dominio regional que responde a una lógica imperial en declive. La captura del presidente venezolano y su traslado a territorio estadounidense, al margen del derecho internacional, es una señal inequívoca de ese desplazamiento del derecho por la fuerza.
La crítica de Harris apunta, además, a la ausencia de un plan de salida, de una autoridad clara y de un beneficio tangible para el pueblo estadounidense. Estas observaciones no solo cuestionan la legalidad de la operación, sino que evidencian la ruptura entre el discurso nacional y la práctica imperial. Cuando el uso de la fuerza deja de estar subordinado a la voluntad popular y se convierte en herramienta de imposición global, la nación se diluye en la maquinaria del imperio.
Para América Latina, esta coyuntura resulta particularmente reveladora. La región ha sido históricamente el laboratorio donde Estados Unidos ha ensayado golpes de Estado, bloqueos económicos e intervenciones militares en nombre de valores que nunca se aplican a sí mismo. Panamá conoce bien esta historia. Desde la doctrina Monroe hasta la invasión de 1989, el discurso de seguridad hemisférica ha servido para justificar la negación sistemática de la soberanía nacional.
Hoy, el caso venezolano vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando el imperio pierde su propia noción de nación? La respuesta parece clara: intenta reconstruirla negando la nación de los otros. En lugar de cohesión interna, exporta conflicto; en lugar de legitimidad democrática, impone obediencia mediante la fuerza.
La advertencia implícita en las palabras de la señora Kamala Harris, ex vice presidenta norteamericana, no debe ser leída como una defensa de la soberanía latinoamericana, sino como un síntoma del agotamiento del modelo imperial. Cuando incluso voces internas reconocen que las guerras ya no fortalecen a Estados Unidos, sino que generan caos y desestabilización, estamos ante una crisis de sentido histórico.
La ofensiva contra Venezuela, y las propias advertencias de Kamala Harris, revelan algo más profundo que una crisis de liderazgo: evidencian la descomposición del concepto de nación en el centro mismo del poder imperial. Cuando un-Estado confunde sus intereses corporativos con el interés nacional, cuando sustituye el derecho internacional por la fuerza y la soberanía ajena por el saqueo, ya no actúa como nación, sino como imperio en declive. Para América Latina —y para Panamá en particular— esta coyuntura no admite ambigüedades: defender la soberanía hoy no es un gesto ideológico, sino una necesidad histórica. La verdadera amenaza no es la existencia de proyectos políticos distintos, sino un orden imperial que, al perder su propia noción de nación, pretende negarla a los demás.




