¿Cuál reforma educativa?

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Estudiantes en el aula de clases.

Por Juan Jované
Economista

La idea de mejorar la educación, es decir de algún tipo de reforma educativa, es, sin lugar a dudas, un objetivo que nadie pone en duda. Sin embargo, el problema está en definir con precisión cuál es la naturaleza de las transformaciones educativas que serían necesarias para lograr un desarrollo nacional, democrático, con justicia social y pleno respeto a la naturaleza.

Es en ese plano donde algunos de los objetivos que ha dejado entrever la actual ministra de Educación, Lucy Molinar, generan serias dudas.

A nuestro juicio, el punto de partida de las transformaciones educativas se encuentran en una idea muy sencilla: es función de la sociedad generar las condiciones materiales, sociales y espirituales que permitan el pleno desarrollo de todas las capacidades humanas.

Ello lleva a un primer problema: la idea varias veces expresada por la señora Molinar, en el sentido de que la reforma educativa tiene como objetivo central la vinculación entre la demanda de fuerza del sector económicamente dominante y la educación.

Nadie niega que una educación tendiente al despliegue de las capacidades humanas, deba incluir una formación que desarrolle las capacidades productivas de los estudiantes, incluyendo la suficiente creatividad como para introducir innovaciones que potencien el desarrollo de las fuerzas productivas y formas de producción que permitan la conservación de la naturaleza.

Sin embargo, también es parte de una educación potenciar a los seres humanos en su capacidad de discernir y, por lo tanto, de optar con libertad, incluyendo en ello al campo de las relaciones sociales. Se trata, entonces, de la facultad de decidir y optar democráticamente en relación al tipo de sociedad en la que se debe desenvolver el país. El ciudadano, consecuentemente, debe tener la posibilidad de participar en el proceso productivo, pero también la posibilidad de tener un papel protagónico en el proceso democrático de decidir sobre le estilo de desarrollo económico, social y político del país.

El objetivo no es, por tanto, el de simplemente asegurar una mano de obra capacitada abundante, barata y dócil para las necesidades de acumulación de capital de los sectores dominantes.

De lo anterior se desprende un segundo problema, que se puede advertir en los planteamientos de la señora Molinar. Ella ha declarado, de manera muy clara, que en el debate de la reforma educativa no va a existir “calle arriba y calle abajo”. Se trata de una posición obviamente antidemocrática, que asume la existencia de un pensamiento único en el ámbito de las ciencias sociales y la pedagogía. El pensamiento único sólo puede llevar a un país al autoritarismo.

En el campo de las ciencias sociales, incluyendo las ciencias económicas, es obvio que existen diversos paradigmas. Ello significa diversas visiones, como las llamó Schumpeter, que valoran de manera diferenciada los problemas históricos, sociales, económicos, políticos ambientales. A su vez, todo ello genera diferentes enfoques de cómo resolver esos problemas.

Lo anterior significa que la educación en ciencias sociales, si es que busca formar a ciudadanos con capacidad de discernir, necesita el debate científico y libre de esas diversas visiones. Es importante, entonces, evitar una reforma educativa que en nombre del pensamiento único sólo busque legitimar y afianzar las formas ideológicas dominantes de los sectores económicamente poderosos.

De lo anterior se desprende que se trata de la acción de lo que Pablo Freire llama la educación como práctica de la libertad. Se trata de una forma de educación que desarrolle la capacidad del estudiante de pensar críticamente, de entender la problemática nacional y propia con sus contradicciones (como la que tiene que ver con las desigualdades sociales), a la vez que ejerce la creatividad para enfrentar y superar dicha problemática. Ello significa abandonar la educación que machaconamente repite conceptos puramente abstractos, disociados de la realidad de los educandos, ofreciendo soluciones de receta.

En ese concepto, el estudiante no puede ser visto como un ente pasivo, en el cual se van depositando “conocimiento”, que luego deberá mostrar que puede repetir memorísticamente en un examen. No se trata de sostener una educación bancaria en el sentido de Freire. Se refiere al desarrollo de una escuela en la que el estudiante se enfrenta, con sus conocimientos y los que debe aprender a desarrollar, a problemas concretos, los cuales intenta resolver de manera creativa. Todo ello significa capacidad de pensamiento crítico.

Sin lugar a dudas, una reforma educativa como la que se defiende en este artículo, debe ser entendida como un derecho humano, que, además, debe ser atendido practicando los derechos humanos. Ello significa un derecho universal que no puede ser dañado por una estructura educativa que diferencie la educación de los sectores subalternos, que debiesen ser socialmente ”pasivizados” con la educación de los sectores dominantes, preparados para el ejercicio de la hegemonía.

¡Preparémonos para el debate sobre la reforma educativa!

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