Por Rogelio Antonio Mata Grau
Docente y especialista en Ciencias Sociales
El 20 de diciembre de 2025 son conmemorados 36 años de la invasión militar norteamericana contra Panamá. Para la memoria colectiva, ese aniversario no puede ser un simple ejercicio de nostalgia popular. Debe ser el punto de partida para iniciar un análisis de pensamiento crítico sobre nuestra existencia como República.
La invasión a Panamá no fue un accidente histórico, sino el estallido violento de la contradicción fundamental que define nuestra identidad: la tensión dialéctica entre la Nación y el Imperialismo.
La Nación como proyecto en pugna
Para entender esa contradicción, es imperativo acudir al pensamiento de Ricaurte Soler, el filósofo de la nación panameña. Soler enseñó que la Nación no es un ente estático, sino un proyecto histórico en constante pugna contra las estructuras coloniales. En su tesis, la identidad panameña se forja en la resistencia nacional.
El 20 de diciembre representó un intento brutal para neutralizar la conciencia nacionalista que había logrado hitos, como la gesta del 9 de enero de 1964. La tragedia de 1989 radica en que el imperialismo utilizó el agotamiento de una dictadura interna para ejecutar un castigo ejemplarizante en la región. No se buscaba sólo capturar a un hombre. El verdadero objetivo era desarticular la capacidad del Estado de actuar como un sujeto soberano frente a los intereses geoestratégicos de la potencia del Norte.
El Imperialismo: Laboratorio de guerra y control global
Desde el análisis político, el imperialismo se manifiesta cuando una potencia subordina la vida de otro pueblo a su propia doctrina de seguridad. La denominada «Operación Causa Justa» fue, en realidad, un laboratorio para el nuevo orden mundial. Bajo eufemismos de “democracia”, se ejecutó una agresión que conecta a Panamá con la lucha mundial de liberación. Nuestra geografía se convirtió en el escenario donde se dirimía la capacidad de los pueblos del Tercer Mundo para autodeterminarse frente a la hegemonía global.
El Chorrillo: Nuestro Guernica y nuestro Lídice
No se puede hablar de esa contradicción sin detener la mirada en el epicentro del dolor: El Chorrillo. Lo ocurrido en ese barrio popular encuentra sus únicos paralelos históricos en los episodios más sombríos de la humanidad.
Al igual que Guernica en 1937, donde la aviación nazi utilizó un pueblo vasco como campo de experimentación para el terror aéreo, El Chorrillo fue el laboratorio donde el imperialismo probó nuevas tecnologías de muerte. Fue aquí donde se estrenó en combate el avión furtivo F-117 Stealth y se lanzaron sobre áreas pobladas proyectiles de alta transferencia de energía, armas diseñadas para una devastación quirúrgica que, en la práctica, calcinaron manzanas enteras de población civil.
Y al igual que Lídice, en la antigua Checoslovaquia, borrada del mapa por el fascismo como un castigo colectivo, el barrio mártir de El Chorrillo fue sacrificado para enviar un mensaje de aniquilación a cualquier rastro de resistencia popular. En Guernica, Lídice y El Chorrillo, el agresor buscó lo mismo: romper la columna vertebral de una Nación, atacando su corazón más vulnerable.
Hacia la síntesis necesaria
A 36 años de ese Holocausto,, la conmemoración del 20 de diciembre de 2025 debe trascender el luto. La verdadera superación de la contradicción Nación-Imperialismo radica en la construcción de una Soberanía de Conciencia.
Honrar a las víctimas de nuestra ”Guernica panameña” exige que dejemos de ser espectadores de nuestra historia. El Panamá de hoy debe tener el coraje de auditar su pasado para construir un futuro donde el Estado responda primero a las necesidades de su gente y no a los dictados de agendas externas.
La nación vive mientras su memoria arda como una antorcha; mientras El Chorrillo sea recordado como el altar de la liberación nacional, la contradicción no se habrá resuelto a favor del Imperio, sino a favor de la dignidad panameña.




