EDITORIAL: Política contra el intervencionismo

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Política contra el intervencionismo

El gobierno de Panamá ha reaccionado con modestia y con una extraña resignación, ante los desplantes del embajador estadounidense en este país, John Feeley, quien ha sacado ventaja de la campaña internacional de descrédito contra los servicios financieros y bancarios del sistema panameño, para desempolvar una agenda inamistosa y hostil.

En otras circunstancias y en otro momento histórico, cualquier mandatario decente habría llamado a consultas a su embajador en Washington, y convocado al diplomático estadounidense para dejar claramente establecida la posición oficial y consignar el malestar por un comportamiento alejado de los preceptos de reciprocidad.

Panamá dio la mano cálida y franca al presidente Barack Obama durante la Cumbre de las Américas, que despejó el camino a la normalización de las deterioradas relaciones económicas y políticas con Cuba, y apoyó la política global contra el terrorismo. Sin embargo, ese nivel de respeto y amistad ha sido tomado como el gesto débil de un mequetrefe, sumiso y complaciente, que se subordina a órdenes foráneas, a cambio de nada.

Nunca debe ser tolerada la acción desmedida de un diplomático que se inmiscuye en los asuntos internos, acude a las oficinas públicas y dicta a los responsables de esas direcciones las tareas del día. Obviamente, está fuera de lugar y ofende a un país que enfrentó durante más de 100 años las prácticas intervencionistas, y hay que ponerle un freno definitivo, por respeto a la dignidad nacional.

Feeley ha insinuado incluso, con una actitud casi mesiánica, que Estados Unidos no permitirá que Panamá se convierta en Estado fallido. Panamá podría responder, por ejemplo, que no permitirá que se vuelva a perseguir a los negros en el Sur del territorio continental estadounidense, y que evitará que escuelas en ese país se conviertan en el tiro al blanco en contra de niños indefensos. Sin embargo, son asuntos de cada Estado, y hay que respetar ese principio.

A Panamá, le corresponde defender su soberanía y seguridad. Es una ruta trazada por los Mártires del 9 de enero, y sigue vigente para la construcción de un futuro sin humillaciones colonialistas.

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