Alto al abuso contra los consumidores

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Cuando en 1789, el aumento desmesurado del precio del pan exacerbó los ánimos de la las familias pobres de Francia, nadie imaginó que ese hecho desembocaría en la toma de la Bastilla y en el final de un reinado marcado por los excesos y el derroche de una clase opulenta. Habían jugado con la comida de la gente humilde, creyeron que podían hacerlo siempre y olvidaron el arraigo cristiano en la oración “danos hoy el pan nuestro de cada día”.

En Panamá, el abuso en el negocio de los alimentos ha vuelto a encender la llama del malestar colectivo, ante la tolerancia oficial y los precarios mecanismos de control de precios en los alimentos básicos. Los consumidores panameños están atrapados en un modelo consumista y de publicidad engañosa, en el que prosperan el expolio, la inflación injustificada y el saqueo a las capas medias de la población y a personas humildes sin voto y sin voz.

Es claro que el modelo perverso golpea a los hogares. En menos de dos años, los precios de los artículos de aseo personal se han encarecido en un 100 por ciento, pese a la disminución del precio del petróleo. Las alzas se reflejan, además, en el transporte selectivo, cuyas carreras mínimas son cobradas y encarecidas por choferes que ahora trabajan para grupos colombianos, venezolanos y de otras nacionalidades. Para justificar la patraña del incremento de pasajes, aducen “libre mercado” y “libre oferta y demanda”, cuando en realidad hay leyes que rigen esas concesiones.

Persiste un abandono oficial para que la población defina su suerte en la vorágine neoliberal. Ello fue confirmado tras el estallido de un escándalo en el sector inmobiliario. Una investigación independiente reveló que casas, apartamentos y oficinas con menos metros cuadrados que los consignados en los contratos de compra-venta, convierten a las familias en víctimas frecuentes de estafas, atropellos y vicios ocultos. Debería ser un compromiso del Estado obligar a los bancos a revisar hipotecas en las que haya perjuicio a consumidores. Pero en el ambiente financiero soplan vientos de impunidad, que sirven de resguardo a los autores de estafas millonarias.

Los agentes económicos señalados por malas prácticas se presentan como paladines de la democracia, incluso se jactan de hacer donaciones a gente menesterosa, aunque su actitud rocambolesca contribuye al fomento de la inequidad en un país cansado de abusos y de especuladores de bienes en el mercado, acostumbrados a meter mano en el bolsillo ajeno de los desposeídos.

Cabe mencionar, que en la larga lista de ilegalidades, las compañías de la industria farinácea se han enriquecido y coaligado en prácticas monopolísticas para elevar el precio de la harina. Desconocen el pasado de la humanidad y piensan que pueden mentir siempre, sin que haya consecuencias. La revolución francesa demostró que el pueblo enardecido y organizado puede destruir a los colosos con pies de barro, aplicar la justicia expedita a los canallas y crear nuevos caminos en procura de transparencia y dignidad.

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