Mafalda va a la escuela

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Mafalda va a la escuela

Bernard Shaw dijo alguna vez que tuvo que interrumpir su educación porque lo escolarizaron. ¿Podría suscribir esta paradoja Mafalda, la invención más fértil de la imaginación de Quino?

De Mafalda me gustaría resaltar un aspecto de su personalidad del que no suele hablarse casi nunca, si es que alguna vez se habló: ella es bastante patriota, hasta el punto de que hay una historieta donde en tres viñetas consecutivas grita a voz en cuello y con la escarapela nacional colgada del pecho: “¡Viva la Patria!”, provocando que el padre le pregunte qué le pasa, porque no es fiesta patria, y Mafalda le responda: “¿Y a mí qué cuernos me importa? ¡Yo a la Patria la quiero todos los días, y no cuando le da la gana al almanaque!”.
Con lo cual, de otro modo, estoy diciendo que su escolarización debiera haber sido para ella una alegría: izar la bandera patria, cantar el himno nacional, toda esa parafernalia diaria tendría que haberle caído bien. Pero…

Pero hay una historieta suya donde se la ve cantando a pleno pulmón en la escuela una canción patriótica que dice así: “qq El sol de la Paaaatria / brilló con fulgoooor / llenando las aaaalmas / de prístino amoooooor qq”, y al terminar de hacerlo se dirige a la maestra para preguntarle si no podrían cantar… lo que se revelará en la última viñeta, cuando llega a casa y le dice a su madre: “Mamá, te conseguí audiencia mañana a las 8 sin falta, para que hables de los Beatles con la maestra de canto”. Y quince historietas más tarde vemos a la maestra de Historia, repasando los deberes que le han entregado sus alumnas sobre el tema “Las invasiones inglesas”, y unas viñetas nos muestran los trabajos presentados por Maruja y Beatriz, con escenas de guerra, banderas y violencia física, mientras que en la tarea realizada por Mafalda vemos a dos hippies felices, enmarcados por las leyendas “¡Vivan los Beatles! ¡Y los Rolling Stones!”.

Es decir, el patriotismo de Mafalda no es ciego, y terminamos de comprobarlo en la historieta donde le dice a Felipe: “Si la maestra no se enojara, yo escribiría una composición sólo con preguntas. ¿Nosotros amamos a nuestro país porque nacimos aquí? ¿Los turcos aman a Turquía porque nacieron en Turquía? ¿Los suecos aman a Suecia porque nacieron en Suecia? ¿Los javaneses aman a Java porque nacieron en Java? ‘Patriotismo y comodidad’, la titularía”. Más claro, el agua.

Dice Umberto Eco que “Mafalda pertenece a un país lleno de contrastes sociales que, sin embargo, quiere integrarla y hacerla feliz”. Sin embargo, de casi 2.000 historietas, no llegan a la media docena las que muestran los contrastes sociales en el seno de la sociedad argentina de los años sesenta, y la única tentativa que lleva a cabo su país para integrarla es la que hacen todos los demás países con sus indefensos ciudadanos a partir de los cinco años: escolarizarla.

(Valga un inciso sobre la crítica al desastre que son las instalaciones escolares, muestra clara de la desidia del Estado. En la historieta 1.129, cuando llaman al recreo, y a la vista de las paredes cuarteadas, los techos vencidos, las tuberías agujereadas, Mafalda le comenta a Felipe: “Es notable cómo los decoradores del Ministerio de Educación han logrado darle el mismo estilo a toda la escuela”).

Son casi 100 las historietas donde aparece esa escuela, bien físicamente, bien mencionada por los personajes del microcosmos mafaldiano, y el resumen que podemos hacer, después de repasarlas una por una, es que el sistema escolar va un par de añitos-luz retrasado respecto de esta nueva alumna. Se pone muy bien de manifiesto cuando vemos a Mafalda con la mamá delante de una tienda. El dueño le pregunta cómo se llama y que si va a la escuela. Mafalda le contesta que se llama Mafalda y sí va a la escuela; y quiere saber si él paga todos sus impuestos. La mamá se la lleva con la cara roja de rubor y Mafalda arguye que fue él quien empezó a hablar de obligaciones.

Quien parece darse cuenta de la situación antes que la propia Mafalda es Miguelito, que se enfada enormemente porque le enseñan puras vejeces: que si Colón, que si los conquistadores, que si los indios, y cuando Mafalda le arguye que así es la Historia, “¿Cómo quieres que te la enseñen?”, Miguelito responde cargado de razón: “¡Para adelante!”. Por su parte, Susana se mostró en su momento resignada ante la perspectiva de llegar a la escuela: “¡Es triste echar ahora por la borda toda una vida dedicada al analfabetismo!”. Y por la suya, al comienzo del segundo año lectivo, Manolito dice que la maestra ha dicho que la escuela es un templo del saber: “Veremos si este año le pesco la vuelta a la liturgia” (lo que no sucederá, según se desprende de una carta que la maestra le escribe a su padre diciéndole que Manolito, más que hacer los deberes, los perpetra). De Felipe será mejor no hablar, porque la escuela se ha convertido para él en un trauma. Sólo Libertad parece poderse medir con el sistema, gracias a una mezcla muy sabia de ingenuidad y de situarse siempre a la misma altura de sus pedagogos: la maestra le pregunta que cuál es la montaña más alta de América, y Libertad le contesta que una que salió en una revista, con foto y todo. “Sí, pero ¿cómo se llama?” “Ah, no me acuerdo, pero no importa.” “¿Cómo que no importa?” “Y no, tengo la revista en casa. ¡¡La traigo mañana y la vemos juntas!!, ¿sí?” “¡No, lo que traes mañana es la lección bien estudiada! ¡A tu asiento!” Libertad la mira con desconsuelo: “Usted debe ser una mujer muy sola, señorita, ¡muy sola!”.

Pero acá debo retomar el hilo del patriotismo. En Mafalda, donde no es otra cosa que reflejo del pensamiento de su autor, Quino, el patriotismo pasa principalmente por el filtro del idioma. Y aunque hay dos ocasiones donde ella se autocontempla en el futuro como intérprete en la ONU, y aunque es una fan de los Beatles sin saber inglés, cada vez que el inglés incide en su vida fuera de esa esfera musical, Mafalda pone mala cara. La pone, sobre todo, en aquella historieta donde la maestra escribe en la pizarra “Historia Nacional” y luego se dirige a la clase: “Bien, mis queridas, ya en años anteriores ustedes han ido aprendiendo cómo fue forjándose lo que hoy constituye la esencia misma de nuestra nacionalidad, ¿verdad?”, y la muchachada en pleno (con la sola excepción de Mafalda) le responde con entusiasmo: “¡YEAH!”.

Ricardo Bada
(1939, Huelva, España), escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Editor allí, con Felipe Boso, de la antología de literatura española contemporánea Ein Schiff aus Wasser (Un barco de agua) y, en solitario, de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de C.J. Cela. Editor en España de la poeta costarricense Ana ­Istarú, y en Bolivia de la única antología integral en castellano de Heinrich Böll (Don Enrique).

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