Frankenstein en el siglo XXI

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Frankenstein. (Ilustración: Vera Petruk/Shutterstock).

Por Verónica Guerrero Mothelet y Sofía Alvarado
Revista ¿Cómo ves? / UNAM

La novela Frankenstein, o el moderno Prometeo de Mary Shelley, publicada el 1 de enero de 1818, se convirtió en el prototipo de las historias de terror. Hoy no sólo continúa presente en el imaginario popular: algunos de los temas que trata todavía están vigentes.

Conoces la escena: en un lúgubre laboratorio en un castillo gótico, durante una noche de tormenta, un científico loco consigue por fin su propósito de reanimar un engendro cadavérico… Sin embargo casi te puedo apostar que lo que recuerdas de las atrocidades que cometió luego el monstruo de Frankenstein, así como de las desventuras de su creador, proviene de las innumerables películas que se han hecho de esta historia, las cuales no alcanzan a expresar el profundo horror que las implicaciones de sus actos le inspiran a Víctor Frankenstein en la historia original: la novela Frankenstein, o el moderno Prometeo de Mary Shelley. Esta obra, que desde el siglo XIX se convirtió en el prototipo de las historias de terror, se publicó por primera vez hace 200 años. Pero no sólo continúa vigente en el imaginario popular; algunos de los temas que trata todavía son relevantes para la ciencia, la filosofía y la sociedad del siglo XXI.

Los románticos reaccionan

Como la mayor parte de las obras, Frankenstein es producto del periodo artístico en el que surgió: el romanticismo. El clima intelectual de Europa a finales del siglo XVIII fue un excelente caldo de cultivo para que apareciera el movimiento romántico, que se prolongó hasta la primera mitad del siglo XIX. Este movimiento abarcó la literatura, la música y la pintura impulsado por una posición frente al mundo, al conocimiento, la naturaleza y la humanidad.

El creador romántico daba un valor muy importante al individuo y sus emociones, rendía culto a la naturaleza y se identificaba más con la Edad Media que con los ideales clásicos inspirados por la antigua cultura griega. El historiador Franklin Baumer, de la Universidad de Yale, afirmaba que el romanticismo fue una reacción al racionalismo ilustrado del siglo XVIII y al mismo tiempo un producto de éste. En ese siglo llamado “de las luces” porque vio grandes avances en el pensamiento racional, las matemáticas y la naturaleza, se empezó a consolidar la revolución científica que había comenzado dos siglos atrás. La Revolución Industrial, con sus máquinas y sus fábricas, y la Enciclopedia francesa, el primer compendio de todo el conocimiento humano, son testimonio de una fe absoluta en el progreso, que hizo pensar a la sociedad del XVIII que la razón había triunfado definitivamente sobre el oscurantismo. El Universo, antes controlado por fuerzas divinas, estaba regido por leyes naturales. La ciencia comenzó a popularizarse, cuando menos entre quienes tenían más educación.

Pero inevitablemente esos sucesos terminaron por provocar una reacción opuesta. Desde 1790 la filosofía mecanicista del siglo de las luces, según la cual el Universo era como un gran reloj que funcionaba según leyes inexorables, empezó a causar desencanto. Primero en Alemania, y poco después en toda Europa, los artistas y filósofos consideraron que el mecanicismo había fomentado el abuso de las ciencias y la explotación de la naturaleza, y que era necesario un mayor equilibrio entre la razón y las emociones para comprender realmente el valor de todo lo que existe, incluyendo al ser humano.

¿Vida artificial?

El biotecnólogo Craig Venter y su equipo crearon en 2016 una célula sintética que contiene el genoma más pequeño de cualquier organismo de vida libre conocido. Esta célula, que funciona con 473 genes, representa un hito en los 20 años de investigaciones para reducir la vida a sus componentes elementales y, por extensión, diseñar vida a partir de cero.

Nacimiento de un mito

“Vi al pálido estudiante de sacrílegas ciencias hincado frente al monstruo que había construido”, relata Mary Wollstonecraft Shelley en la introducción de una edición posterior de Frankenstein (1831), refiriéndose a una pesadilla que, según decía, la había inspirado a escribir el libro. Sea cierto o no, en conjunto con otros hechos que rodean la novela esta imagen alimenta su atmósfera fantástica. También contribuyeron las circunstancias de su creación.

En el verano de 1816 Mary, quien entonces tenía 18 años, viajó a Suiza con su amante, Percy Shelley, para visitar a su amigo, el poeta Lord Byron. Unos meses atrás había hecho erupción un volcán indonesio llamado Monte Tambora que arrojó tal cantidad de cenizas y polvo a la atmósfera que hizo bajar las temperaturas en todo el mundo. Ese año se conoció en Europa como el “año sin verano”. Durante semanas el cielo estuvo encapotado y la lluvia y el frío mantuvieron al grupo encerrado en su chalet sin más que hacer que leer cuentos de fantasmas. Así fue como a Lord Byron se le ocurrió que cada uno escribiera una historia de terror. De esta propuesta surgieron dos obras importantes: El vampiro, de John Polidori ‒médico de Byron‒ y, por supuesto, el primer borrador de Frankenstein.

Un tema recurrente en las conversaciones del grupo de amigos durante esas vacaciones había sido el “galvanismo”, o “electricidad animal”. En su conferencia “El Dr. Frankestein y la chispa de la vida”, el doctor Antonio Lazcano Araujo, profesor emérito de la Facultad de Ciencias de la UNAM y miembro de El Colegio Nacional, explica que cuando Mary Shelley escribió su novela estaba de moda este fenómeno descubierto por Luigi Galvani y su esposa Lucía Galeazzi a finales del siglo XVIII. Al aplicar descargas eléctricas a una rana muerta, ésta empezaba a mover las patas como si la electricidad la hubiera reanimado.

Este hallazgo ya indicaba que los fenómenos vitales como el movimiento eran resultado de fuerzas físicas, sin intervención de poderes sobrenaturales. Más tarde, el sobrino de Galvani, Giovanni Aldini, convirtió esos experimentos en demostraciones públicas empleando incluso cadáveres humanos. Así surgió la idea de la “chispa vital”. Lazcano agrega que pasado un tiempo, William Lawrence, médico de Percy Shelley y después presidente del Real Colegio de Cirujanos de Londres, propuso formalmente que eran los propios seres biológicos los que producían esa “fuerza vital”, una idea que seguramente conocían los Shelley y que se refleja en Frankenstein, o el moderno Prometeo.

Así, no parecía descabellado utilizar electricidad para revivir a los muertos. En el prefacio de la primera edición de 1818, escrito entre Mary y Percy Shelley, dice: “Tanto el doctor [Erasmus] Darwin como varios de los escritores alemanes que se ocuparon de fisiología han juzgado posible el hecho que sirve de pilar a este libro”.

La danza de las convulsiones

Desde 1780, el físico y médico italiano Luigi Galvani (1737-1798) empezó a trabajar en la bioelectricidad; en sus experimentos provocaba convulsiones musculares en ranas muertas mediante descargas eléctricas, que provenían de su máquina electrizante. Galvani denominaba “electricidad animal” a la fuerza eléctrica que se origina en el cerebro e impulsa los músculos. Posteriormente, Galvani incluiría en sus conferencias demostraciones de la naturaleza y propiedades de la electricidad. Los experimentos “galvánicos” se popularizaron por toda Europa.

Gran parte del trabajo del físico italiano Giovanni Aldini (1762-1834) giró en torno al galvanismo. Su demostración pública del galvanismo más sonada es la del 18 de enero de 1803 en Londres (desde 1751 una ley permitía a los científicos realizar experimentos en los cadáveres de prisioneros). George Forster murió en la horca; tras la ejecución su cuerpo fue llevado a una casa cercana para que Aldini llevara a cabo un experimento ante una nutrida audiencia. Aplicó a distintas partes del cuerpo varillas conectadas a una pila de cinc, provocando fuertes contracciones. Según una crónica, al tocar la cara del muerto “las mandíbulas empezaron a temblar y un ojo se abrió”.

El espectáculo público del experimento de Aldini sobre el cuerpo de Forster bien pudo haber servido de inspiración para la novela Frankenstein de Mary Shelley (si bien no menciona este experimento sí habla de “galvanismo” en su prólogo de 1931). Ciertamente sí la inspiró esta caricatura en la que el editor Francis Preston Blair se levanta del ataúd tras ser revivido con una pila galvánica mientras dos demonios ríen detrás de su cuerpo galvanizado: “Mira. ¡Lo están reviviendo!”. Cabe señalar que Aldini no pretendía tener poder para resucitar a una persona.

El 4 de noviembre de 1818, cinco minutos antes de que la policía entregara el cuerpo inerte de Matthew Clydesdale al anfiteatro de la Universidad de Glasgow, el químico escocés Andrew Ure cargó la pila con ácido. Le hizo varias incisiones al cuerpo para exponer los nervios, que se sacudirían con las dos varillas metálicas cargadas con la pila. Las descargas eléctricas en el diafragma de Clydesdale hacían que su pecho subiera y bajara. Ure tenía muy poco conocimiento de la electricidad; estudió medicina y se le conoce como profesor de química, pero estaba convencido que la electricidad podría resucitar a los muertos.

Dos siglos… y tan vigente

Con todo, lo más interesante de esta novela es que muchos de sus temas continúan teniendo enorme actualidad. Según Lazcano, Frankenstein puede interpretarse de diversas formas, pero desde el punto de vista científico la obra encarna la idea de que lo vivo no depende de una fuerza mística como el alma, sino de una fuerza física que puede medirse en el laboratorio y tomarse de la naturaleza.

Ver la vida así le ha permitido a la ciencia aportar muchos beneficios y avances en disciplinas como la biotecnología y la biología sintética (véase ¿Cómo ves? Nos. 140 y 195), ya sea al perfeccionar técnicas para “editar” o modificar genes, como la llamada CRISPR-Cas9, o de plano diseñar células sintéticas seleccionando y transfiriendo a una célula los genes para fabricar fármacos, combustibles y otros productos industriales.

Otro aspecto de la indagación científica reflejado en la novela de Shelley es la búsqueda de la perfección humana, o cuando menos de antídotos contra la vejez, la enfermedad y la muerte. Esta búsqueda también ha contribuido a muchos avances actuales, desde los trasplantes de órganos y tejidos hasta la creación de implantes y prótesis artificiales. Sin embargo, igual que Víctor Frankenstein, hay quienes aspiran a más: alargar la vida indefinidamente, crear verdaderos cyborgs o incluso inmortalizar nuestra mente en un disco duro.

Tom Froese, especialista en inteligencia artificial y cognición del Instituto de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y Sistemas de la UNAM, nos explica en entrevista con ¿Cómo ves? que estas tendencias tienen más un tinte neorreligioso que bases científicas. “Creo que en última instancia nos distraen de lo que realmente importa: que tenemos una existencia valiosa pero finita, por lo que deberíamos asegurarnos de atesorar y aprovechar cada momento”. Froese agrega que no es que no debamos usar la tecnología para ayudar a las personas discapacitadas a relacionarse mejor con el mundo y con los demás, “pero creo que en lugar de intentar escapar de la condición humana deberíamos intentar sacarle el mejor provecho, y eso incluye aceptar que estamos encarnados en una existencia biológica”.

Una robot diplomática

En octubre de 2017 una robot llamada Sophia se presentó ante el pleno de la ONU y respondió preguntas, demostrando su capacidad de hablar y de modificar sus expresiones faciales. En una posterior conferencia sobre tecnología, el Reino de Arabia Saudita le otorgó la ciudadanía… ¿Le permitirán conducir un auto?

Autómatas rebeldes

La palabra “robot” fue acuñada en 1920 por Karel Capek en su obra de teatro R.U.R. (Robots Universales Rossum), a partir de raíces checas que significan “mano de obra forzada” y “esclavo”. En la obra estos seres artificiales se rebelan contra sus esclavizadores, arrasan con la humanidad y tal vez adquieren la capacidad de reproducirse para crear una nueva raza.

IA no tan I

Un tema igualmente inquietante de Frankenstein puede equipararse en nuestros días a la creación de inteligencia artificial (IA) y al intento de fabricar máquinas “más humanas”, con emociones y habilidades cognitivas similares o superiores a las nuestras (véase ¿Cómo ves? No. 231) a pesar de que, cuando menos en la ficción ‒de Frankenstein a Blade Runner, pasando por R.U.R., de Karel Capek‒ la humanidad nunca queda bien parada con el resultado.

Froese señala que cuando empezó el desarrollo de la ciencia cognitiva en la década de 1970 había demasiado optimismo. Y ahora que las técnicas de la IA se usan en tantos aparatos, como el celular, “no las consideramos necesariamente inteligentes, mucho menos conscientes”, como se puede observar cuando el corrector ortográfico cambia una palabra por otra bien escrita que no tiene ningún sentido en el contexto de la frase. “Ésa es la evidencia de que el programa realmente no entiende lo que está haciendo”, señala (véase ¿Cómo ves? No. 215). Añade que algunos investigadores todavía creen que es posible crear una máquina consciente, “pero incluso ellos estarían de acuerdo en que, por el momento, no tenemos ningún ejemplo de eso. Un problema es que ni siquiera conocemos las bases de la conciencia en los humanos, así que es virtualmente imposible intentar reproducirla de manera artificial.”

Humphry Davy

Sir Humphry Davy, químico e inventor inglés, cuyo trabajo Mary Shelley había leído, usó pilas voltaicas en sus experimentos. En sus conferencias, Davy hablaba de los poderes “creativos” del científico “que le han permitido modificar y cambiar los seres que le rodean, e … interrogar a la naturaleza con poder”. Se cree que Mary Shelley usó a Davy como modelo para Víctor Frankenstein. Si bien, para Davy la ciencia era sin lugar a duda un poder para el bien público, Mary Shelley presenta un lado oscuro: la ambición científica descontrolada.

Tom Froese opina que es más útil diseñar interfaces que intervengan positivamente en nuestras actividades. “Mira cómo los celulares han cambiado nuestra forma de pensar, percibir y relacionarnos con el mundo. Ésta es para mí una preocupación mucho más importante que las fantasías hollywoodescas de Terminator apoderándose del planeta”. Aunque cada vez nos rodeamos más de estas interfaces que reconfiguran nuestra mente, no comprendemos cabalmente las consecuencias de tales cambios.

Este asunto de las consecuencias también aparece en Frankenstein de Shelley. Tenemos, por ejemplo, la imagen popular asociada a Víctor Frankenstein del científico loco que juega a ser Dios sin importar las consecuencias. Es decir, el tema de la irresponsabilidad de la ciencia. Pero el estereotipo del científico loco, que le ha hecho mucho daño a la ciencia, ni siquiera aparece en la novela. Además, desde el siglo XX hay instituciones y organismos nacionales e internacionales que supervisan las investigaciones y experimentos de las ciencias con ayuda de una disciplina llamada bioética para vigilar que no hagan más mal que bien.

La bioética tiene como antecedente los Juicios de Núremberg, durante los cuales salieron a la luz los experimentos médicos realizados por el régimen nazi en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Más tarde, en la década de 1970, se definieron y especificaron sus cuatro principios centrales: autonomía, no maleficencia, beneficencia y justicia. A éstos se agregó el principio de precaución que pretende orientar sobre cuáles medidas tomar cuando se sospecha que algún producto o tecnología crea un riesgo grave para la salud o el entorno. Actualmente cualquier investigación que se relacione con seres vivos, e incluso con su entorno, está sujeta a normas, leyes, reglamentos, códigos y guías. Pero Mary Shelley sí parece cuestionar en su novela la bondad de la investigación científica y el desarrollo tecnológico, lo que ilustra Lazcano en su conferencia al referirse a otra interpretación que algunas personas han dado a Frankenstein: “Una demostración de cómo los actos de un científico se vuelven en su contra”. Desde luego esto no significa que los románticos ‒ni Mary Shelley‒ estuvieran en contra de la ciencia. De hecho, muchos de ellos tenían conocimientos, o cuando menos intereses, científicos. Sin embargo concebían otra forma de aplicar la ciencia, principalmente a la naturaleza, de una manera menos invasiva y “una actitud de admiración, amor y devoción”, según palabras de Sir Humphry Davy, fundador de la electroquímica y descubridor de varios elementos químicos.

Los científicos o filósofos naturales de la Ilustración pensaban que la vida podía explicarse como un sistema formado por partes que funcionaban de manera similar a las piezas de una maquinaria y creían que el poder intelectual de la humanidad era suficiente para comprender todos los aspectos de la naturaleza. En contraste, los románticos miraban el mundo de manera más orgánica, como una colección de seres vivos y sensibles, de la que los humanos forman parte. De ahí la advertencia a los científicos de que alterar la naturaleza puede tener consecuencias terribles.

En la actualidad podemos hallar un asomo de esta idea en las ciencias de la complejidad, que estudian la naturaleza como una red de sistemas complejos en constante interacción e interrelación (véase ¿Cómo ves? No. 226). Desde esta perspectiva las consecuencias de manipular la naturaleza pueden ser inesperadas, porque podrían existir elementos ocultos que nos impiden predecirlas con precisión.

“En el siglo XVIII los científicos pensaban que estaban muy cerca de develar los misterios de la vida y de la conciencia y aún hoy estos misterios persisten, a pesar de nuestros mejores esfuerzos”, resume Tom Froese. En su opinión, esto hace comprensible la preocupación por las consecuencias de experimentar con la vida o la conciencia artificial, y exige más precaución.

No podemos saber con certeza cuáles eran las preocupaciones concretas de Mary Shelley durante aquel verano de 1816, pero si lees la novela constatarás cómo la imaginación de una autora de 18 años fue capaz de gestar un mito tan duradero como el de la criatura de Víctor Frankenstein. Y aunque comprobarás que, al contrario de lo que se ve en las películas, Frankenstein no era un científico loco, ni tenía un asistente jorobado, ni hizo sus experimentos en un castillo gótico, sabrás por qué después de 200 años Frankenstein todavía nos asombra, nos conmueve y nos aterra.

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