Por Luis Carlos Samudio G.
Abogado, docente y mediador
Los datos que el Observatorio Criminológico Académico y Social ha obtenido a través del estudio de los documentos estadísticos del Ministerio Público acerca de la tasa de homicidios en jóvenes de 18 a 24 años, quienes mueren por diferentes motivos, son alarmantes. Esa realidad nos posibilita observar y demostrar que las personas que experimentan más violencia, a menudo están conectadas con las estructuras del crimen.

En Panamá, la preocupación está vinculada con el elevado índice, el reciente aumento de jóvenes entre 18 y 24 años (la mayoría son jóvenes en ese intervalo) y que desde 2016 hasta la fecha han fallecido más de 100 jóvenes, en promedio por año, siendo éstos los más afectados. Es obvio que muchos jóvenes son reclutados por grupos criminales, pues tienen vínculos con pandillas delictivas. En otro orden, las áreas críticas son aquellas con más muertes violentas: Colón, Panamá, San Miguelito y Panamá Oeste.
Los jóvenes son más vulnerables porque están expuestos a la sociedad. La probabilidad de que sean atraídos por actividades ilegales se incrementa cuando las oportunidades educativas y laborales son escasas. En resumen, ser reclutado por pandillas. Las pandillas atraen a los jóvenes debido a su juventud, energía y necesidad de dinero.
El hecho de vivir en comunidades con altos niveles delictivos crea un entorno violento, lo que convierte la violencia en algo habitual y aumenta la probabilidad de ser víctima o victimario. Otro aspecto a considerar es la existencia de más armas ilegales y el acceso a ellas, lo que provoca que los conflictos acaben en homicidios.
La violencia tiene un impacto directo en la sociedad, a través de las generaciones que están activas y productiva en el país. La muerte de los jóvenes en el ciclo violento perpetúa la inseguridad y provoca que el tejido social se debilite. El temor que surge de la percepción de inseguridad entre los ciudadanos, por lo tanto, restringe el progreso de la comunidad.
Después de examinar a la población joven, de 18 a 24 años de edad, que manifiesta una combinación de escasez de oportunidades, reclutamiento por bandas y vulnerabilidad social, surge la interrogante: ¿quiénes son los más propensos a sufrir violencia en Panamá? Pienso en esos jóvenes que abandonan las escuelas y me pregunto cuáles son las opciones que ofrece MEDUCA para ayudarles a reincorporarse al aula.
Por consiguiente, no debe faltar la pregunta siguiente: ¿Qué ha salido mal? En otras palabras, ¿qué ha dejado de hacer el gobierno para encontrar una solución que posibilite la convivencia pacífica con niveles tolerables de delincuencia e inseguridad, suponiendo que es ingenuo pensar que es posible erradicar totalmente el fenómeno delictivo? Lo que no ha tenido éxito es la formulación de una política criminológica como un concepto gubernamental en desarrollo, desarrollado conjuntamente con otras políticas integrales. En lo que respecta a conceptos, las políticas de seguridad pública han reemplazado a las políticas criminológicas
Termino con esta reflexión de inquietud acerca de lo que se observó en las redes y videos durante la celebración de la clasificación de Panamá para el Mundial: En las actividades que ocurrieron después de la celebración, un grupo de jóvenes les robaba los teléfonos celulares a las personas. ¿Dónde se encontraban los padres de esos niños? ¿O fueron ellos llevados para hacer eso? ¿O el principio de oportunidad los llevó a cometer ese delito? O se encuentra en la mente estas travesuras de lo bueno, lo malo y lo horrible de los jóvenes.
¡Junto trabajemos a favor de la paz y la convivencia pacífica!




