Por Juan Carlos Mas C.
Los pueblos suelen elegir la conmemoración de días determinados del año en las que se demuestra la aspiración de una nación a su identificación especifica en el libro de la historia universal como pueblo singular que aspira al reconocimiento universal.
No siempre las fechas patrias son “fiestas” cuando lo que se conmemora es un evento luctuoso marcado por el sacrificio heroico para expresar la diferencia. En este sentido cabe señalar que los catalanes transformaron en un fasto la fecha del 11 de septiembre de 1714 en que la resistencia autonomista frente al ejército borbón sucumbió en defensa de particularismo catalán y sus fueros tradicionales; así la memoria transforma en fiesta la comprobación histórica de su esencia diferente.
Otro pueblo que se nutre de la memoria de una derrota heroica es el serbio que conmemora en la batalla de Kosovo, ocurrida en 1389, su resistencia a la expansión del imperio otomano por tierras balcánicas y su afirmación de una identidad propia que merece ser defendida.
Con esta introducción espero fundamentar que entre los fastos nacionales que merecen ser tomados como referentes de nuestra nacionalidad hay fechas las cuales sin ser victorias son afirmaciones de nuestro deseo expresivo de nación sin atadura ni dependencias.
1- Comienzo con el 10 de noviembre que expresa el anidamiento en nuestro territorio de la idea de fraternidad latinoamericana y bolivariana.
2- Seguimos con el 12 de diciembre que señala la maduración de una idea patriótica que no admite más depredación de nuestro territorio.
3- Seguimos con el 20 de diciembre que nos recuerda la amenaza permanente contra nuestra identidad nacional la cual nos obliga a la vigilancia.
4- El 9 de enero señala la maduración de nuestra conciencia de identidad nacional y unidad territorial.




