El Plan para Gaza

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Benjamín Netanyahu y Donald Trump (Foto: la Casa Blanca).

Por Luis Sing
Analista internacional

La razón dialéctica detrás del Plan para Gaza: ¿El triunfo del clamor internacional y el fin del sonido de los tambores de guerra? ¿O seguir los lineamientos de  Donald Trump y de su camarilla del Congreso para asegurarse una nueva fase de intervención?

Con el advenimiento de la concertación del alto al fuego en la Franja de Gaza, que entró en vigor el 10 de octubre del presente año, han sido planteadas varias teorías sobre qué pudo haber acontecido para que se haya puesto una pausa —por así decirlo— a esa tragedia humana.

Me refiero a la tormenta bélica que sacude la Franja de Gaza desde hace tres años. Y es que me parece que los motivos de respeto a la vida humana que condicionaron ese acuerdo llegan demasiado tard, ya que, según estudios realizados por la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas, el saldo en vidas humanas ronda entre 66.288 ó 67.000 muertos.

Sobra decir que las causas son otras. Primeramente, se debe comprender que tanto la cúpula en el poder en Israel que es la Extrema derecha comandada por Netanyahu, como la principal milicia que controla Gaza, es decir, Hamas, son los polos más radicales del espectro político donde ejercen y, por lo tanto, un entendimiento era como mezclar agua y con aceite. Este escrito trata de ubicar y analizar cuáles son las dos principales causas que condicionaron la postura del Gobierno de Israel en torno a esas negociaciones, dejando para otra oportunidad las que sobresalen de la parte contraria, la de Hamas.

Desde su fundación en 1948, el Estado de Israel ha planteado razones bíblicas, principalmente los lazos de sangre que unen al pueblo judío con Israel, o apoyarse en el llamado mesiánico del retorno del pueblo judío hasta invocar la ideología del sionismo basada en la superioridad racial y en un nacionalismo exacerbado. Todo ello se ha realizado para resaltar derechos, según ellos, innegables, sobre los territorios usurpados en suelo palestino a través de diversas guerras.

En la Guerra de 1967 o de los seis días, el sionismo reafirmó sus principios al capturar Cisjordania, Jerusalén del Este, la Franja de Gaza, todos ellos territorios palestinos, más los Altos del Golán y la Península del Sinaí, bajo soberanía de Siria y Egipto, respectivamente. En acuerdos alcanzados en décadas posteriores, fueron revertidos algunos de esos territorios y se normalizaron relaciones con algunos Estados Árabes.

¿Cómo se llegó a ese camino? Por varios procesos, pero creo importante resaltar el cambio de régimen en el Estado de Israel. Nótese que para los acuerdos de paz de Oslo (1993), el Partido Laborista, liderado por el primer ministro Isaac Rabín se encontraba en el poder. Ese partido era menos proclive a la guerra y más propenso al entendimiento con los palestinos. En aquella mesa de negociación, se reconoció la existencia de la Autoridad Nacional de Palestina, y el traspaso de algunos territorios ocupados, como Gaza o Cisjordania, bajo la Administración Palestina. En la actualidad, la transferencia de territorios ocupados ha caído en oídos sordos y no ha sido ejecutada.

Todos esos puntos negociados fueron vistos por la derecha que resurgía con fuerza, como una traición al nacionalismo a los principios religiosos y a la identidad política de Israel —el asesinato de Isaac Rabín debe entenderse como una respuesta al supuesto ataque de esos principios—.En la actualidad, el partido Likud, el más islamófobo, ultranacionalista y contrario a cualquier proceso de paz que reconozca al Estado de Palestina, está hoy en el poder y ha confirmado lo que siempre se planteó desde su proclamación, que el supuesto acuerdo de paz para Gaza de 2025 fue un arreglo con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para favorecerlo en su tan aspirado premio Nobel de la Paz. Al final, Trump no se llevó el galardón, pero demostró que esa era la sobrada intención.

Ahora que se conoce de antemano la derrota muy personal de Trump ante el Nobel de la Paz, Netanyahu se prepara para un nuevo frente de guerra, y es que ha puesto su plan de anexión de la Cisjordania ocupada y sus asentamientos ilegales como prioridad de su política Exterior, lo cual no cuenta con oposición en su gabinete, teniendo a un ministro de Finanzas como Bezalel Smotrich, quien a la vez controla el Ministerio de Defensa y que ha disipado como motivo de consulta cualquier Estado Palestino con la mayor parte de Cisjordania integrada a este. Ello quizás es como una carta de intercambio que Trump puede ceder a Netanyahu a cambio de no encontrar obstáculos para el ideado de convertir a Gaza en un Resort inmobiliario, que humildemente denominó la Chequera Trump-Kushner.

El segundo motivo por el cual Netanyahu apostó por el plan de Trump, fue porque le daba carta blanca para eliminar cualquier rastro de Hamas al sacarlos de la jugada y no permitir que ninguna de sus células opere jamás, pues Gaza queda estratégicamente sin resistencia armada que se oponga a los intereses que la dupla inmobiliaria tiene para ese territorio. Por por último, pero no menos importante, continúa asegurándose el apoyo sin limitantes del gobierno de los Estados Unidos con su plan de anexión de Cisjordania y su futura, pero segura, guerra contra el régimen de Irán.

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