El imperialismo no dejará de ser imperialismo después del 3 de noviembre

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Donald Trump, el decrépito presidente de Estados Unidos.

Por Rogelio Antonio Mata Grau
Docente y especialista en Ciencias Sociales

Las elecciones de medio término en Estados Unidos, previstas para el 3 de noviembre, pueden modificar la correlación de fuerzas políticas internas y condicionar la conducción del poder imperial, sin alterar sus fundamentos económicos y estratégicos.

Esos comicios representan un acontecimiento político que trasciende la disputa electoral entre republicanos y demócratas en ese país.

Lo que está en juego en esos comicios es la correlación de fuerzas dentro del sistema político estadounidense y, particularmente, la capacidad de los distintos sectores del poder económico y político para determinar la conducción del Estado y su proyección internacional.

Conviene establecer una primera premisa: independientemente de sus resultados, esas elecciones no modificarán la naturaleza imperialista de Estados Unidos. El imperialismo estadounidense no es una construcción exclusiva del Partido Republicano ni una consecuencia de la administración de Donald Trump. Es una estructura histórica de poder económico, financiero, militar, tecnológico y político que ha trascendido a las distintas administraciones presidenciales.

Los partidos Republicano y Demócrata representan dos grandes expresiones de ese sistema de poder. Aunque mantienen diferencias ideológicas, programáticas y metodológicas, ambos participan en la administración de un Estado cuyos intereses estratégicos tienen continuidad histórica.

Por eso, una eventual recuperación de las mayorías demócratas en el Congreso y el Senado no significaría una transformación de las bases estructurales del imperialismo. Lo que produciría sería una modificación de la correlación de fuerzas institucionales y una mayor capacidad de los demócratas para fiscalizar, condicionar y limitar las decisiones del Ejecutivo.

En ese escenario, Donald Trump tendría que enfrentar mayores contrapesos políticos. Su capacidad para imponer determinadas decisiones de política interna y exterior estaría condicionada por una nueva realidad parlamentaria. Esto podría obligar a su administración a negociar, revisar prioridades y adecuar sus métodos de conducción a las condiciones institucionales del sistema político estadounidense.

La disputa por la conducción del poder

Aquí aparece una contradicción que merece especial atención: la disputa no es entre imperialismo y antiimperialismo, sino entre sectores que participan del mismo bloque de poder y que mantienen diferencias sobre cómo preservar y proyectar la hegemonía estadounidense.

El fenómeno MAGA representa una expresión particular de esa disputa. Su nacionalismo chauvinista, su discurso anticomunista y sus formas de confrontación política han introducido tensiones en las relaciones institucionales y en la proyección internacional de Estados Unidos. Un eventual debilitamiento electoral del trumpismo podría reducir la centralidad de esa narrativa y abrir espacio a otros mecanismos de legitimación política, negociación diplomática y construcción de alianzas.

Esto no significaría la desaparición del anticomunismo ni de las contradicciones ideológicas que históricamente han caracterizado la política estadounidense. Significaría, eventualmente, una modificación de su intensidad, de sus instrumentos de comunicación y de su utilización como recurso de movilización política.

La ñamesura del «señor veto»

Resulta particularmente reveladora la declaración de Donald Trump ,cuando afirma que, si los demócratas recuperan el control del Congreso, se convertirá en el «señor Veto», bloqueando las iniciativas legislativas de sus adversarios hasta obligarlos a negociar con la Casa Blanca.

Esta declaración expresa una concepción personalista del ejercicio del poder que desconoce, o pretende minimizar, la arquitectura constitucional estadounidense.

El sistema político de Estados Unidos establece una separación de poderes y mecanismos de equilibrio entre el Ejecutivo y el Legislativo.

El presidente tiene la facultad de vetar proyectos de ley aprobados por ambas cámaras, pero el Congreso también dispone de mecanismos constitucionales para superar ese veto mediante una mayoría de dos tercios en la Cámara de Representantes y el Senado. Por consiguiente, el veto presidencial no constituye un poder absoluto ni convierte al presidente en una autoridad por encima del Congreso. Tampoco puede utilizarse para impedir las investigaciones parlamentarias, las audiencias de fiscalización o el ejercicio de las demás atribuciones constitucionales del Poder Legislativo.

Pretender que los demócratas terminarán convirtiéndose en aliados políticos de Trump porque este decida vetar sus iniciativas es una interpretación que desconoce la naturaleza de los contrapesos institucionales estadounidenses.

En Panamá, hay una expresión bastante gráfica para describir semejante pretensión: una ”ñamesura”. Y, utilizando una expresión del lenguaje político estadounidense, podríamos calificarla de ”bullshit”.

Las estructuras de poder en Estados Unidos están claramente definidas. El presidente no es propietario del Estado ni tiene facultades ilimitadas para imponer su voluntad sobre los demás poderes públicos. Tendrá que gobernar dentro de los límites constitucionales, negociar cuando corresponda y asumir los mecanismos de control institucional.

Ello no significa que un Congreso demócrata pueda imponer automáticamente su programa al presidente. Trump conserva importantes facultades ejecutivas, especialmente en materia de política exterior, comercio y administración federal. De hecho, los preparativos de su Casa Blanca para ampliar el uso de las órdenes ejecutivas revelan que la disputa también se trasladaría al terreno de los límites y alcances del poder presidencial.

La contradicción, por tanto, no desaparece con un cambio de mayorías. Se traslada a los mecanismos institucionales mediante los cuales se ejerce y se controla el poder.

La dimensión geopolítica

La dimensión internacional resulta particularmente importante. Estados Unidos enfrenta un escenario geopolítico distinto al que caracterizó su posición después de la desaparición de la Unión Soviética. China ha consolidado una presencia económica y tecnológica de alcance mundial; el Sur Global reclama mayores espacios de participación y decisión, y el orden internacional experimenta una creciente diversificación de sus centros de poder.

En estas circunstancias, Washington necesita administrar sus contradicciones internacionales con mayor realismo, fortalecer sus alianzas y evitar que el unilateralismo termine debilitando sus propios intereses estratégicos.

Una mayor orientación multilateral y una interlocución más amplia con el Sur Global podrían convertirse en instrumentos para preservar su influencia internacional.

Esta eventual reorientación también tendría repercusiones en América Latina, particularmente en los gobiernos que han articulado sus relaciones políticas y estratégicas alrededor del proyecto de Donald Trump y de iniciativas como el denominado ”Escudo de las Américas”.

Panamá, por su posición geográfica, su Canal, su condición logística y su importancia para el comercio internacional, no puede permanecer ajeno a estas transformaciones. La competencia entre Estados Unidos y China coloca a nuestro país en un escenario en el que la defensa de la soberanía, los intereses nacionales y la capacidad de relacionarnos con el mundo adquieren especial relevancia.

La hegemonía y sus contradicciones

Desde una perspectiva gramsciana, la hegemonía no se sostiene exclusivamente mediante la fuerza económica y militar. También requiere construir consenso, legitimidad y capacidad de interlocución.

Esta es una de las contradicciones que enfrenta la conducción política estadounidense: preservar su posición dominante en un mundo que ha cambiado, en el que la imposición unilateral encuentra mayores resistencias y donde la negociación multilateral adquiere una importancia creciente.

Desde esta perspectiva, las elecciones del 3 de noviembre deben analizarse no como el principio del fin del imperialismo estadounidense, sino como una posible modificación de las fuerzas que intervienen en su conducción política.

Estados Unidos continuará siendo una potencia imperial, independientemente de cuál de sus dos grandes partidos alcance mayor representación parlamentaria. Lo que podría modificarse es la manera de administrar ese poder, sus prioridades y los mecanismos mediante los cuales pretende conservar su influencia en el sistema internacional.

El imperialismo no está en las urnas. Lo que está en disputa es quién conduce políticamente sus instrumentos de poder, bajo qué métodos y con qué capacidad para responder a las transformaciones del mundo contemporáneo.

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