Por Alberto Velásquez
Periodista y relacionista público
Una sociedad que obliga a un anciano a usar un smartphone para acceder a sus derechos, no es una sociedad modernizada. En cambio, debe ser considerado el diseño de una sociedad excluyente, especialmente si esa masa de adultos mayores no ha sido capacitada en el uso de las herramientas tecnológicas de las que presume el gobierno.
Algunos analistas hablan de una sociedad que ha decidido liberarse de sus progenitores. En ese sentido, el aislamiento conspira contra la construcción de puentes generacionales.
En 2026, todo ha llegado a ser una App, un código, un portal, una contraseña, un correo electrónico, sin calor humano alguno. Lo triste de esa realidad, es que aquellos que construyeron el país con sus mano son analfabetas en su propia casa.
Para pactar un turno o pagar una boleta, buscar una medicina, o tramitar un Cepanim, el adulto mayor necesita que lo ayude un hijo o un sobrino, si acaso lo tiene. De lo contrario, está frito.
El sistema de los servicios públicos en Panamá ha fracasado en el sentido humano. No es innovación. Simplemente, es una fatídica declaratoria de exclusión social, aunque algunos se jacten de haber iniciado un proceso de modernización digital.
La tecnología debería servir para ayudar a todos, no para seleccionar a los que tienen derecho a la dignidad o los que no la tienen.
Si dejamos atrasado al que nos ha precedido, no estamos progresando. Sólo estamos siendo más cómodos y egoístas en un mundo dominado por intereses mezquinos.
Un ejemplo de actualidad:
En el vestíbulo del edificio Avesa, donde funciona el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), se escenifica diariamente, desde madrugada, un cuadro que da lástima y hasta terror. Cientos de hombres y mujeres de las tercera y cuarta edad acuden desesperados a conocer cuándo les toca retirar los pagos del Cepanim. El asunto es que el área está totalmente militarizada.
Los beneficiarios carecen de las herramientas tecnológicas para inscribirse o conocer el trámite de su derecho a un dinero que le fue arrebatado.
El Banco Nacional de Panamá (BNP) se regocija con percibir más de un 26 por ciento del dinero al que tienen derecho los beneficiarios del Cepanim. Esa gran operación es un negocio redondo.
Hay que ver los rostros desencajados de muchísimos panameños, quienes ayer fueron constructores de la patria, hoy sumidos en la pobreza y con la esperanza de recibir una migaja para paliar el hambre por unos días. En la práctica, son analfabetas tecnológicos sumidos en la incertidumbre, precisamente en los últimos años de su vida.
Es preciso señalar que, mal utilizada y en las manos equivocadas, la tecnología también sirve para engañar y dominar a las multitudes.




