Por Willy Grotty
Escritor colombiano
Un día antes de que Colombia celebre 216 años de su independencia, la futura ministra de Educación, doctora Viviane Morales, nos ha regalado una consigna concebida más para una plaza pública que para un salón de clases: hay que “sacar a Marx de la educación y meter a Dios”.
La frase suena a cruzada, pero deja varias preguntas sin respuesta. ¿De qué colegios van a sacar a Marx? ¿De qué grados? ¿De qué bibliotecas? ¿De cuál ejemplar de El capital o de sus otros textos? Antes de expulsarlo habría que encontrarlo, porque sospecho que el filósofo alemán lleva años escondido entre una fotocopia sin leer, un anaquel cubierto de polvo y una guía de ciencias sociales que nadie terminó.
Hace pocas semanas conversaba con el doctor Román Payares Almarales, exrector de un colegio de bachillerato de mi matria chica. Me habló de los bajos niveles de lectura de los estudiantes, pero añadió algo todavía más preocupante: algunos profesores tampoco tenían el hábito de leer. Cuando intentó comprometerlos con los libros para que pudieran enamorar a sus alumnos de la palabra escrita, encontró manifestaciones abiertas de molestia.
La conclusión es sencilla: nadie puede despertar en otro un amor que no cultiva. El profesor que no lee puede repetir una definición, explicar una página y aplicar un examen, pero difícilmente transmitirá el estremecimiento que produce descubrir una idea en un libro. No se les puede exigir a los alumnos lo que los adultos encargados de formarlos no están dispuestos a dar.
Entre 1975 y 1977 estudié en ese mismo colegio. El lector constante que recuerdo en la biblioteca era nuestro insigne escritor Clinton Ramírez. No vi a ningún bachiller cargando bajo el brazo un tomo de Marx. Ni siquiera recuerdo que Marx tuviera carné de aquella biblioteca.
Por eso produce cierta gracia que ahora quieran declararlo visitante indeseable de un lugar al cual, en la práctica, probablemente nunca llegó. Parece condenado por entrar sin haber entrado.
Los datos nacionales respaldan la preocupación. En PISA 2022, apenas el 49 % de los estudiantes colombianos de quince años alcanzó al menos el nivel básico de competencia lectora, frente al 74 % en promedio de la OCDE. Solo el 1 % llegó a los niveles superiores, que exigen comprender textos extensos, manejar conceptos abstractos y distinguir —esto es importantísimo— los hechos de las opiniones.
El verdadero fantasma que recorre nuestras aulas no parece ser el comunismo. Es el texto que nadie termina de leer y que, aun leído, pocos consiguen interpretar.
En la universidad fue distinto. A finales de los años setenta leíamos a Marx o, para ser más exactos, a numerosos marxistas que nos explicaban lo que supuestamente Marx había querido decir. Algunas veces llegábamos al autor después de atravesar una procesión de intérpretes, partidos, manuales soviéticos y catecismos ideológicos. Era un Marx de segunda, tercera o cuarta mano; con tantos intermediarios que, cuando finalmente aparecía, ya venía opinado, subrayado y políticamente domesticado.
Por las universidades públicas, sus aulas y cafetines circulaban Marx, Lenin, Mao, Althusser, Marcuse, el Che Guevara y numerosos autores latinoamericanos. Pero aquello fue principalmente un fenómeno universitario e intelectual, no la prueba de que los adolescentes colombianos estuvieran descifrando la teoría de la plusvalía durante el recreo.
De aquellas lecturas quedaron errores, simplificaciones y dogmatismos, pero también herramientas valiosas: la mirada dialéctica, la atención a las contradicciones sociales y la concepción materialista de la historia. Aprendimos a preguntar cómo las condiciones económicas, el trabajo, la propiedad y los conflictos sociales influyen en las instituciones y en las ideas.
El materialismo histórico no es una llave maestra que abra todas las puertas. Tampoco una profecía infalible ni una religión sustitutiva. Es una forma de interrogar la realidad que debe estudiarse, contrastarse y criticarse. Precisamente por eso Marx pertenece a la historia del pensamiento, aunque uno rechace muchas de sus conclusiones.
Los propios lineamientos de Ciencias Sociales del Ministerio de Educación ubican a Marx junto a Émile Durkheim y Max Weber como uno de los autores que marcaron el desarrollo de las ciencias sociales modernas. No aparece como santo patrono del currículo ni como dueño exclusivo de la verdad, sino como un pensador que debe ser conocido y confrontado.
Enseñar a Marx no convierte automáticamente a un estudiante en marxista, así como enseñar a Adam Smith no lo transforma en corredor de bolsa, leer a Maquiavelo no lo convierte en conspirador y estudiar a Nietzsche no obliga a dejar de ir a misa.
La educación comienza cuando dejamos de confundir conocer una idea con arrodillarnos ante ella.
Tampoco es sensato enfrentar a Marx con Dios, como si ambos se disputaran el mismo pupitre. Marx pertenece a la historia de la filosofía, la economía y las ciencias sociales. Dios pertenece al ámbito de la fe, la teología y la libertad de conciencia. Uno puede creer profundamente en Dios y estudiar críticamente a Marx. También puede refutar a Marx sin convertir el Ministerio de Educación en un púlpito.
Por lo demás, Dios no estaba expulsado del sistema educativo colombiano ni esperaba en la portería con un formulario de matrícula. La Ley General de Educación contempla la educación religiosa, pero también protege la libertad de conciencia. Colombia no es un Estado ateo ni enemigo de las religiones: es un Estado laico, obligado a respetar todas las creencias sin convertir una de ellas en doctrina oficial.
Una política educativa seria no debería expulsar autores, sino formar lectores —y, ojalá, mejores electores— capaces de juzgarlos. El profesor debe ser el primer lector. Después podrá enseñar a sus estudiantes a identificar una tesis, distinguir argumentos de opiniones, contrastar perspectivas y escribir una respuesta razonada.
Marx podría dialogar con Smith sobre el trabajo y la propiedad; con Weber sobre el capitalismo; con Tocqueville sobre la democracia; y con Hayek y Rawls sobre la libertad, la justicia y la desigualdad. No para declarar anticipadamente un vencedor, sino para aprender a comprender antes de aplaudir o condenar.
Mañana, 20 de julio, celebraremos la fecha simbólica de nuestra independencia. Conviene recordar que los acontecimientos de 1810 no proclamaron todavía una separación completa de España. El florero de Llorente fue la ocasión visible, no la causa profunda de un proceso largo y complejo.
Quizá Marx esté siendo utilizado ahora como otro florero: un nombre ruidoso que permite evitar la conversación de fondo. Resulta más fácil expulsar a un filósofo muerto que formar profesores lectores, fortalecer bibliotecas, reducir las brechas educativas y enseñar a los jóvenes a argumentar sin insultarse.
Sacar a Marx de donde apenas aparece sería como exorcizar a un fantasma que nunca se matriculó. Y meter a Dios por decreto sería olvidar que la fe entra por la conciencia, no por resolución ministerial.
Una nación también se independiza cuando sus ciudadanos pueden leer a Marx sin convertirse obligatoriamente en marxistas; estudiar la Biblia sin imponer una teocracia; conocer a Smith sin adorar el mercado, y escuchar a quienes piensan distinto sin pedir que sean expulsados del salón.
Mañana izaremos la bandera. Hoy sería conveniente abrir un libro.
La matria también se independiza con cada página que uno de sus hijos se atreve a leer.
Bogotá, 19 de julio de 2026




