
Por Nadya Vasquez
Socióloga y profesora de la Universidad de Panamá
Cuando las instituciones académicas mimetizan las lógicas del mercado o del populismo secular, sufren una pérdida de identidad que debilita su posición defensiva ante el Estado y gobiernos mercantilizados.
Las universidades públicas en América Latina se encuentran en una encrucijada histórica marcada por restricciones presupuestarias y la disrupción de la Inteligencia Artificial. En algunos casos, la desconexión entre el discurso vanguardista y la realidad de los procesos electorales internos, donde impera la saturación visual, el ruido y el clientelismo, desplaza la confrontación intelectual en el marco de un debate centrado en propuestas para definir el rol de la educación superior en los procesos de transformación y para replantear su papel en la sociedad contemporánea.
Gobernanza y autoridad universitaria
La selección de las autoridades en una institución de educación superior no puede homologarse a un proceso electoral de la política nacional. La gobernanza universitaria se fundamenta en un modelo de autoridad legítima donde la comunidad participa en la toma de decisiones para salvaguardar la libertad de cátedra y la producción de conocimiento. Las campañas electorales universitarias, referente al país, priorizan hoy día una gobernabilidad pragmática —asegurar el poder a través de la movilización clientelar— a expensas de la gobernanza, asfixiando los canales de participación crítica.
El espejo de la historia
Durante la década de los años 50 y 60, las universidades públicas en América Latina jugaron un papel histórico como núcleos de salvaguarda democrática frente a regímenes autoritarios, la asfixia presupuestaria y los intentos de subordinación ideológica por parte del Estado. La autonomía no era un fuero pasivo, sino un compromiso ético con respecto a la transformación nacional.
En Panamá, los movimientos como la huelga estudiantil en demanda de mejoras a la infraestructura escolar y libertad democrática (Movimiento de Mayo de 1958), la siembra pacífica de pabellones nacionales en la Zona del Canal para reafirmar la soberanía territorial (Operación Soberanía de 1958) y el posterior acuerdo para pacificar el país garantizando la autonomía universitaria y el fuero institucional (Pacto de la Colina de 1958) marcaron un hito para la configuración de la nación.
Corresponsabilidad ante la crisis
La educación superior en los países de la región y, particularmente, Panamá, se enfrenta a una crisis caracterizada por la burocratización, la pérdida de su función orientadora de un proyecto nacional y la vulnerabilidad ante restricciones presupuestarias impuestas por el gobierno central. Esta crisis no es únicamente responsabilidad de actores y/o factores externos o estatales ya que la propia institución comparte la responsabilidad al adoptar prácticas internas que contradicen una gobernanza democrática y deliberativa.
Para defender a la universidad frente a los embates de sectores ajenos y honrar su memoria histórica, la legitimidad interna de las autoridades en las elecciones de rectorías y decanatos debe nacer de un riguroso debate programático y no de un ejercicio de popularidad y saturación visual que desgasta la institucionalidad desde adentro.
Disonancia y sociedad actual
En una sociedad hiperconectada en la que las plataformas digitales redefinen la interacción humana, era de esperar que la Universidad de Panamá fuera referente estratégico del desarrollo intelectual y de campañas de vanguardia en su actual actividad electoral. Las expectativas apuntaban a un despliegue de dinámicas interactivas, foros virtuales de libre acceso, pódcast de discusión y entornos digitales transparentes donde las propuestas de los candidatos a rectorías y decanatos fueran desmenuzadas por el escrutinio respetuoso de la comunidad universitaria.
Quedaron atrás los valores de la sostenibilidad ambiental y la alfabetización tecnológica de lo que podría ser un torneo de propuestas de alta ingeniería social y educativa, mostrando la preparación para los retos de una nueva era. Es visible una regresión cultural con prácticas físicas de saturación de vallas, pancartas y banderines de papel y plástico que evidencian la falta de compromiso para traducir las herramientas tecnológicas contemporáneas en vehículos de participación democrática.
Distracción estética y debate electoral
La saturación de las fachadas, pasillos y cercas perimetrales con pancartas plásticas introduce una contaminación visual y la acústica musical que hace que la discusión de fondo se opaque por la distracción que impone una lógica de posicionamiento masivo. Esto alimenta los argumentos de los sectores externos que buscan deslegitimar la inversión en la educación superior. Cuando las instituciones académicas mimetizan las lógicas del mercado o del populismo secular, sufren una pérdida de identidad que debilita su posición defensiva ante el Estado y gobiernos mercantilizados.
Vacío programático y disrupción tecnológica
Ante la disrupción tecnológica y de la Inteligencia Artificial (IA), la autonomía ya no debe interpretarse como un aislamiento institucional, sino como la responsabilidad de ser la voz autorizada que guíe la transición digital de la sociedad. Por ejemplo, las propuestas electorales deberían responder, con rigor técnico, a preguntas fundamentales:
• ¿cómo se reestructurarán las carreras ante la automatización del empleo?
• ¿cuáles son los lineamientos éticos para el uso de la IA en la investigación?
• ¿cómo se capacitará al cuerpo docente para evitar el rezago pedagógico frente a un nuevo eje civilizatorio? y;
• ¿cómo se resuelve el futuro de la educación superior frente a gobiernos que miran más hacia el mercado y menos hacia un desarrollo igualitario e inclusivo?
Mientras el discurso oficial de los procesos electorales aboga por la transformación universitaria, el currículum oculto desmiente esta retórica en la práctica diaria.
Las campañas actuales presentan una saturación plástica y visual que, tal como advierten las críticas contemporáneas, demuestra que el poder institucional se gestiona a través del impacto perceptivo y despliegue de recursos cosméticos, convirtiendo el campus en un espacio de consumo masivo y relegando la discusión científica y tecnológica a un plano poco relevante.
Líneas para una gobernanza coherente
Para preservar el espíritu académico y blindar a la institución frente a las autocríticas justificadas de su propia comunidad y los ataques externos, resulta indispensable generar un proceso de reflexión interna. El formato y el reglamento de las elecciones universitarias deben responder al objetivo primordial de erradicar los vicios de la política partidista. El torneo electoral universitario debe caracterizarse como ejercicio pedagógico de alta docencia, debate civilizado y solvencia democrática.
Algunas líneas estratégicas bajo un nuevo paradigma son:
• Migración hacia plataformas de debate digital:
• Utilizar con audacia técnica los canales de comunicación y plataformas digitales de la institución para crear repositorios de libre acceso. Esto debe desplazar de forma definitiva el uso de plásticos, lonas, vallas y folletos impresos efímeros que generan contaminación ambiental y contradicen los objetivos institucionales de desarrollo sostenible.
• Institucionalización de debates programáticos obligatorios: Establecer normativas institucionales para la realización de foros y debates públicos por facultades y a nivel de rectoría a través de los medios universitarios y de extensión social a fin de visibilizar la solvencia intelectual y de gestión de las candidaturas por encima de la saturación y popularidad visual.
• Regulación del financiamiento y control del clientelismo: Asegurar la transparencia financiera de las campañas mediante el establecimiento de topes de gasto y claridad sobre el origen de fondos, limitaciones a la distribución de artículos promocionales superfluos y sancionar el intercambio de prebendas académicas o administrativas que atentan contra la ética institucional.
• Diseño de un estatuto de campus sostenible: Promulgar una regulación que preserve las áreas verdes, pasillos y fachadas históricas de la saturación publicitaria física. Las campañas deben concentrarse en la fuerza de la argumentación oral y escrita erradicando el ruido acústico que vulnera la actividad docente e investigativa del entorno educativo.
Autorregularse no implica debilitar los derechos políticos de la comunidad universitaria; por el contrario, significa blindar el ejercicio democrático de los vicios clientelares de demostrando al país que la universidad pública posee la madurez y la solvencia intelectual y moral para gobernarse a la altura de los tiempos presentes.
(Artículo tomado de la Página de Pensamiento Social de la Estrella de Panamá).



