Por Yailé Balloqui Bonzón
Revista Bohemia
El presidente colombiano irrumpió en Nueva York con un llamado a desobedecer órdenes imperiales, se alineó con Palestina y enfrentó a Estados Unidos por su complicidad con el genocidio israelí
Desde las calles de Nueva York, con un megáfono en mano y rodeado de una multitud que clamaba por Palestina, Gustavo Petro levantó la voz con la vehemencia de quien sabe que su mensaje puede alterar el tablero geopolítico:
“Les pido a todos los soldados del Ejército de los EE. UU. no apuntar contra la humanidad sus fusiles. ¡Desobedezcan la orden de Trump!, ¡Obedezcan la orden de la humanidad!”.

No eran solo frases dirigidas a militares estadounidenses. Eran, en el fondo, un llamado político global, un desafío frontal al poder imperial y un acto de solidaridad activa con un pueblo sitiado. Petro, heredero de las luchas insurgentes latinoamericanas y actual presidente de Colombia, decidió ocupar un lugar incómodo: el de quien interpela directamente al centro del poder mundial en nombre de Palestina y contra el genocidio cometido por Israel.
En un tiempo donde la mayoría de los mandatarios miden cada palabra para no incomodar a Washington, el líder colombiano eligió otro camino. Su arenga no fue un exabrupto improvisado, sino la continuación coherente de un discurso pronunciado días antes en la Asamblea General de la ONU, donde denunció sin rodeos la complicidad estadounidense con los crímenes en Gaza y pidió la creación de una fuerza internacional para detener el genocidio palestino.
De la tribuna a la confrontación directa
Petro habló en la sede de la ONU como quien sabe que la diplomacia ya no basta. Acusó a Israel de llevar a cabo una limpieza étnica planificada y a Estados Unidos de protegerla con vetos y armas. “Ya sobran las palabras: es la hora de la espada, de la libertad o muerte de Bolívar”, advirtió, provocando la retirada de la delegación estadounidense de la sala. No era la primera vez que Washington abandonaba un discurso incómodo; sí fue la primera en décadas en que ese gesto respondía a la voz de un presidente latinoamericano que no teme romper consensos.
Su crítica no se limitó a Palestina. Extendió su análisis a la política de dominación estadounidense sobre la región: “necesitan de la violencia para dominar a Colombia y América Latina. A centenares de miles de campesinos los han masacrado como masacran a los niños en Gaza”.
En la voz de Petro resonaba la memoria de la violencia bipartidista, el exterminio de líderes sociales, el paramilitarismo y la subordinación militar de Colombia a la OTAN, organismo al que rechazó ingresar, por considerarlo incoherente con la dignidad nacional y con su postura ante Gaza: “Colombia no cabe en la OTAN”, afirmó, al denunciar que la Alianza ha guardado silencio cómplice frente al genocidio. Además, reafirmó que su país pertenece geopolíticamente al Caribe y a América Latina, no al Atlántico Norte.
Soberanía, Palestina y Sur Global
El choque diplomático no tardó. Después de su participación en las protestas de Nueva York, el Departamento de Estado decidió revocar su visa, alegando “acciones imprudentes e incendiarias”. Su respuesta resultó tan directa como su discurso: “No me importa. No necesito visa”.
En un gesto inusual de unidad política frente a la agresión externa, varios ministros colombianos renunciaron a sus permisos en solidaridad con el mandatario, arremetiendo contra la pretensión de condicionar la soberanía colombiana.
Esta escena recuerda otros momentos definitorios de la historia latinoamericana: líderes que frente a las presiones imperiales optaron por afirmar su autonomía, aunque implicaran riesgos políticos y económicos.
Petro no solo respondió con palabras; también tomó medidas concretas contra Israel y Washington: suspendió la compra de armas a Tel Aviv, impulsó la fabricación nacional de fusiles para sustituir el armamento israelí –con el lanzamiento del primer rifle diseñado y producido íntegramente en Colombia– y anunció cambios en los tratados comerciales con Estados Unidos. Estas acciones no son menores: simbolizan la decisión de romper cadenas de dependencia tecnológica y militar que por décadas amarraron a Colombia a la industria bélica de los aliados occidentales.
La posición de Petro no surgió en el vacío. Desde 2023, Colombia ha ido trazando un camino de ruptura progresiva con el sionismo y con la política exterior estadounidense. Retiró a su embajador en Israel tras los primeros bombardeos en Gaza, apoyó la demanda sudafricana ante la Corte Internacional de Justicia y promovió un acuerdo regional para cortar lazos con empresas implicadas en crímenes de guerra. Lo que antes eran gestos diplomáticos, hoy son decisiones estratégicas.
La escena de Petro arengando a soldados estadounidenses no es un episodio anecdótico. Es el retrato de un momento de inflexión política en América Latina: un presidente que, desde el corazón del imperio, denuncia al imperio, y se suma a la causa palestina no como espectador sino como actor. Su discurso, a medio camino entre la tribuna política y la proclama insurgente, evoca las grandes gestas antimperialistas del continente.
Washington reaccionó según su costumbre: con sanciones, descalificaciones y gestos de poder. Pero el eco de las palabras de Petro se multiplica en otros espacios del Sur Global, que observan la guerra en Gaza como lo que es: un punto de quiebre histórico. Al final, su postura no solo interpela a Estados Unidos y a Israel, también llama a los pueblos y gobiernos de América Latina a pronunciarse sobre qué lugar ocuparán en esta hora decisiva para la humanidad.




