Panamá: El canal en las Naciones Unidas

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El ex presidente estadounidense James Carter y el general Omar Torrijos.

Por Julio Yao Villalaz | ALAI-AMLATINA

“La reunión en Panamá del Consejo de Seguridad constituyó una hermosa realización de la profecía de Bolívar” ― Juan Antonio Tack, Ministro de Relaciones Exteriores de Panamá.

Entre el 15 y el 21 de marzo, se conmemoran 44 años de la sesión del Consejo de Seguridad de la ONU en Panamá. El presente relato da fe del papel, desconocido para el público, que jugué en este evento, que sirvió para rectificar su rumbo equivocado desde sus inicios. Lo actuado se concatena con nuestra lucha de mucho antes, especialmente contra los proyectos Robles-Johnson de 1967, entre febrero de 1966 y octubre de 1968. No soy, pues, un recién llegado, y este relato constituye una parte de mis Memorias.

En agosto de 1968, pronuncié un discurso en mi toma de posesión como presidente de la Asociación de Estudiantes de Diplomacia ante los gobiernos de Marco Robles y Arnulfo Arias (presidente electo) y el Cuerpo Diplomático, Charles W. Adair, embajador de EEUU, dos meses antes del golpe del 11 de octubre. Allí desmenucé por primera vez, punto por punto, las causas de nulidad del tratado Hay-Bunau Varilla de 1903 y lancé el siguiente reto:

“Si Panamá, ante la terrible disyuntiva en que pudieran ponerla los Estados Unidos, decide al fin ponerse los pantalones y aspira un tratado que, consultando su interés nacional con el legítimo interés del pueblo norteamericano, salvaguarde el interés de la comunidad internacional, que se vea en el espejo de España que acaba de retornar victoriosa de las Naciones Unidas, y lleve el Canal de Panamá, Gibraltar americano, ante tan acogedor seno, para que allí se decida la suerte de este problema, que es uno político y no jurídico (porque esto último está claro) y, fundamentalmente internacional. Allí la justicia espera al pueblo panameño porque, como dijo el poeta Pablo Neruda sobre el futuro del Canal: ‘estas aguas azules de dos mares/ no deben ser la espada que divide/ a los felices de los miserables,/ debiera ser la puerta de esta espuma/ la gran unión de dos mundos nupciales:/ un pequeño camino construido/ para hombres y no para caimanes,/ para el amor y no para el dinero,/ no para el odio sino para los panes,/ y hay que decir que a ti te pertenece/ este canal y todos los canales/ que se construyan en tu territorio:/ éstos son tus sagrados manantiales’.” (El Canal de Panamá, Calvario de un Pueblo, págs. 213-238).

Luego de mi encarcelamiento, mi escape a la Zona y mi exilio en La Haya, Holanda, donde hice estudios avanzados de derecho internacional y relaciones internacionales, además de una maestría en Ciencias Sociales; y en España, desde donde, a preguntas del canciller Juan Antonio Tack y el general Omar Torrijos, les contesté que consideraba inaceptables los proyectos de tratados de 1971/1972, regresé a Panamá en agosto de 1972 a ver a mi madre.

Luego de que Torrijos y el ministro Tack me invitaran a asesorar al gobierno como persona independiente, con todas las garantías de libertad y respeto, acepté a condición de que sólo asesoraría las negociaciones del Canal, ya que tenía mis aprehensiones por la represión de 1968/1971. Por esa razón, no acepté ningún cargo en el gobierno, pero el canciller Tack, jefe de las negociaciones, me solicitó ser su asesor personal, lo cual acepté sólo como funcionario de la carrera diplomática adscrito a la cancillería, por parte de la Universidad. No fue un nombramiento político. Algo parecido ocurrió con los expresidentes e internacionalistas, Ricardo J. Alfaro y Harmodio Arias, cuando el presidente y coronel José Antonio Remón Cantera, les invitó a ser asesores de las negociaciones del tratado de 1955, a pesar de que tanto Arias como Alfaro eran antimilitaristas confesos. Lo asesoraron por razones de Patria. Por esa razón, hasta febrero de 1974, cuando me nombraron Asesor de Política Exterior, mantuve un perfil discreto.

En diciembre de 1972, el canciller Tack me preguntó: “¿Qué significado tendría para Panamá la reunión del Consejo de Seguridad? ¿Cómo deberíamos actuar para impulsar nuestra causa?”

Respondí: “Podría ser una gran oportunidad, pero también un gran peligro.” Sabía que era necesario llegar a una ruptura con el colonialismo/imperialismo en la Zona del Canal y evitar caer en la trampa del permanente revisionismo en las negociaciones. Pero arriesgábamos fracasar, perder el apoyo y ahogarnos en un monólogo interminable con EEUU. El éxito o el fracaso dependían de nuestra actuación. ¿Qué esperábamos de dicha reunión? Lograr una resolución favorable a nuestra posición en futuras negociaciones y, para eso, había que redactar una a prueba de fuego. “¿Qué propones que hagamos?”, preguntó. “Primero, necesitaría viajar a La Haya para estudiar todas las decisiones y resoluciones del Consejo de Seguridad, además de la jurisprudencia de la Corte Internacional de Justicia en materia de canales y vías acuáticas internacionales (Suez, primordialmente) y, segundo, redactar una resolución que reflejase al máximo nuestros legítimos intereses, basada en el derecho internacional”.

La misión a La Haya, cuna del derecho internacional, debía ser secreta para que EEUU no se enterara de la estrategia panameña, ya que el canciller Tack estaba informado por el G-2 que había filtraciones a la embajada de EEUU de todo lo que se discutía en la Oficina de las Negociaciones. La resolución debía estar blindada y constituirse en éxito para Panamá no importa si fuera vetada o no por EEUU, ya que lo esencial era el mensaje para recabar el apoyo internacional y construir un nuevo escenario para las negociaciones.

“¿Y qué hará mientras la comisión asesora?”, preguntó el canciller. “Póngales una tarea: redactar la resolución que mejor estimen,” contesté. Y así, el canciller Tack me solicitó por escrito algunas características sencillas de la resolución, que llegaría sin duda a manos de la embajada, mientras redactábamos la resolución verdadera en La Haya. Torrijos autorizó la misión, y en La Haya, estudiando 16 horas diarias durante un mes, pude también sopesar opiniones de magistrados de la Corte Internacional de Justicia e internacionalistas del Instituto de Estudios Sociales, mi Alma Mater.

Al regresar en enero, el canciller Tack presidió una reunión en la que expliqué la necesidad de proponer dos resoluciones: una sobre la Zona y el Canal; y otra, sobre las bases militares, las cuales podrían poner fin a la Zona e implantar nuestra soberanía con el traspaso del Canal. Eran dos resoluciones porque el Canal y la Zona tenían raíces jurídicas diferentes a las de las bases militares. Estas resoluciones no mencionaban la neutralidad ni la neutralización. Otros miembros de la comisión presentaron una resolución, considerada más “suave” y conciliatoria con EEUU (como lo confirman las recientes actas desclasificadas del Departamento de Estado) que pedía la neutralización de los canales internacionales. Le expresé al canciller mi extrañeza de cómo algún asesor hubiese redactado semejante resolución, que más bien parecía redactada en el campo contrario.

Pero nuestras diferencias ‒que se convirtieron en agria y violenta polémica‒ se dieron entre compatriotas que se respetaban y compartían una misma bandera.

El gobierno peruano de Velasco Alvarado envió entre enero y febrero a sus mejores internacionalistas para apoyar a Panamá. Luego de escuchar las dos corrientes dentro de la cancillería, el equipo peruano le manifestó al colega Boris Blanco, Asesor de Política Exterior, y seguramente a Tack, que ellos consideraban que nuestra presentación era la de mayor peso y “la única que tenía lógica”, ya que ganábamos aunque la vetaran; ganábamos aun perdiendo.

Rechacé toda mención de la neutralidad por cuatro razones: primera, porque el Canal jamás fue neutral; segunda, porque la garantía de la neutralidad fue siempre un instrumento de intervención para asegurar el control de Panamá y su Canal; tercera, porque EEUU seguiría usando el Canal como instrumento de guerra, regulando el paso de barcos según sus intereses; y cuarta, porque la neutralización de los canales internacionales significaba una intromisión de Panamá en los asuntos de los países árabes. El Canal de Suez, bajo soberanía de Egipto, estaba comprometido en el conflicto árabe-israelí. Siendo los países árabes aliados, entre otros, en la reunión debíamos ser cautelosos.

En la sesión inaugural del jueves 15 de marzo habló el general Torrijos, quien resumió magistralmente la lucha de Panamá. Tuve la grata sorpresa de encontrarme en el recinto con Raúl Roa, Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, quien, al verme, sorprendido exclamó: “Oye Julio, ¿qué haces aquí? ¡Pensaba que estabas en Europa!” Poco después, en su discurso, el canciller Roa nos hizo un homenaje inesperado a tres panameños cuando manifestó:

“Pero han sido los escritores patriotas –como Julio Yao, Jorge Turner y Jorge E. Illueca– y los combatientes nacionalistas de Panamá los que han desnudado su trasfondo neocolonialista o han luchado para exigir su abrogación, desafiando valerosamente persecuciones, atropellos y masacres”.

Entre las primeras personas en leer mi libro (El Canal de Panamá, Calvario de un Pueblo), se encuentran: Juan Antonio Tack, Omar Torrijos, Fidel Castro y Raúl Roa. De estos cuatro, sólo estaba ausente físicamente de la reunión Fidel Castro. De los tres panameños mencionados por el canciller cubano, dos estábamos en el recinto del Palacio Legislativo: Jorge E. Illueca y este servidor, en tanto que Jorge Turner estaba en el exilio en México.

El viernes 16 de marzo, segundo día de la sesión, el canciller Tack me dijo en tono bajo que presentaría primero “la resolución más suave” y que, de fracasar ésta, propondría las nuestras, que eran las más “duras”. Acepté la decisión porque estaba consciente de que “la resolución suave” fracasaría estruendosamente desde el principio, como en efecto ocurrió. Fue preocupante ver al canciller leerla y constatar la reacción de disgusto del Consejo: el embajador egipcio se levantó airado, y la mayoría de los delegados, africanos y árabes, pidieron un receso “para consultas” y se fueron disgustados. “Yo no viajé cuatro mil kilómetros para aprobar una resolución tan tonta”, le escuché decir a un embajador.

Lo que ocurrió acto seguido fue una reunión urgente y exclusiva de los delegados latinoamericanos a solas con el canciller Tack en el Salón Azul, creo, durante más de una hora. Yo no intenté entrar pero esperé a que saliera el canciller, casi a la medianoche. Visiblemente exhausto el canciller, le recordé: “¿Ahora viene nuestra resolución?” “Te explico,” me dijo, pasándose la mano por la cabeza: “Qué vaina, Julio, los cancilleres latinoamericanos me presionaron porque temen que nos radicalicemos tras el rechazo de la ‘resolución suave’ y presentemos una resolución que polarice a la región contra EEUU, ya que ellos tienen intereses que cuidar. En otras palabras, no están dispuestos a sacrificarse por nosotros.” Yo estaba seguro que entre esos gobiernos no estaban ni Cuba ni Chile (de Allende) y tampoco el Perú.

Le pregunté: “¿Y vamos a dejar nuestra causa a un lado para hacerles caso a algunos cuantos gobiernos pusilánimes de América Latina?” El canciller Tack no contestó, quizás reflexionando su respuesta. Entonces le dije: “Mire, canciller, ¿cómo vamos a lidiar con latinoamericanos entreguistas, por un lado, y con una nutrida representación de africanos, árabes y no alineados que se nos aleja, por el otro? ¿Con qué vamos a reunir los votos que necesitamos? Hay que dar un golpe de timón. Yo estoy muy cansado desde La Haya, hace cuatro meses, de tanta palabrería sobre un tema que conozco a fondo. Prefiero retirarme, irme a casa y respetuosamente, en este momento, canciller, renuncio al cargo”.

Caminé hacia mi auto en el estacionamiento de la Asamblea Nacional, pero al llegar, el canciller Tack, que me había seguido, me detuvo y dijo: “Mira, Julio, disculpa, déjame pensar; pero madruga y toma el primer avión que sale mañana a Contadora y allá seguimos trabajando con los delegados que también van a la Isla.” “Está bien,” dije, “me parece razonable”. Al día siguiente tomé el primer avión que partía a Contadora.

Tan pronto Torrijos llegó temprano el sábado 17 y se bajó de su helicóptero, al verme me preguntó: “Hola, Julio, cómo te fue en La Haya?” “Bien, general, pero necesito que nos reunamos usted y yo a solas porque están ocurriendo cosas importantes que debe conocer.” El general asintió y me invitó a pasar a una sala donde había una mesa de trabajo. Me senté a la cabeza, y él se sentó a mi derecha.

El general Torrijos me escuchó en total silencio y receptivamente durante una hora. Le expliqué sobre la misión secreta y nuestras diferencias a lo interno de la cancillería. Le alerté que habíamos empezado mal al presentar la noche anterior una resolución inconveniente a los intereses nacionales y que los embajadores estaban disgustados; que dicha resolución era conciliatoria con EEUU a costa nuestra; que era mejor que EEUU vetara una resolución patriótica y basada en el derecho internacional, y no que aprobara una resolución blandengue, porque en este caso el mundo no sabría cuál era nuestra posición y volveríamos a la misma cantaleta de 1903.

Terminé mi narración de sesenta minutos así: “General Torrijos, yo respeto mucho al canciller Tack porque es mi jefe y un hombre honesto que no tiene otro interés que la Patria. Por encima de Tack lo respeto a usted porque es jefe del canciller. Pero, por encima de usted está la Patria, y yo a la Patria me debo. Por ella lucho y por ella vivo.” Echándose hacia atrás y desorbitando mucho sus ojos, Torrijos preguntó sorprendido: “¿Así es la cosa?” “Sí, así es.” “¿Y ya Tony (Tack) sabe de esto?”. “Sí”, respondí. “Entonces, dígale al canciller que ya habló conmigo.”

En la cena, el canciller, que se encontraba en una mesa flanqueado por Raúl Roa, Ricardo Alarcón, embajador de Cuba en la ONU, y los representantes de Indonesia, Yugoslavia y Guinea-Bissau, me vio venir y dijo, un tanto sorprendido: “Acércate Julio, ¿qué te parece que los embajadores me acaban de decir exactamente lo que has venido sosteniendo: que la neutralización es una intromisión en los asuntos árabes y que la resolución presentada congela las fronteras geopolíticas existentes, lo que favorece a Israel, puesto que ocupa actualmente territorio de Egipto?” A su derecha, el canciller Tack me tenía reservado un asiento pero me mantuve de pie.

Entusiasmado, el canciller Tack me pidió que me encerrara en algún lugar y redactara un memo urgente para el general Torrijos que le resumiera las implicaciones de la “resolución suave”, las conclusiones y el contenido de la propuesta que necesitábamos.

En un repositorio de escobas y trapeadores, escribí un memo a mano para el general Torrijos de trece páginas largas. Le expliqué que la primera resolución nos inmiscuía en el conflicto árabe-israelí en contra de nuestros aliados; que la neutralidad y la neutralización de los canales eran contraproducentes y una ilusión mientras no tuviéramos soberanía; que nunca hubo neutralidad pero sí intervenciones y un manejo guerrerista de la navegación por el Canal y que la neutralidad era una falacia en nuestro caso, pero que esa mentira histórica podía hacernos fracasar en el Consejo y en las negociaciones si no la eliminábamos de nuestro vocabulario.

El canciller Tack le entregó el memo esa medianoche del sábado al general Torrijos. Mientras, nos dedicamos a hacer las consultas con los otros representantes del Consejo, que se quedaron hasta el domingo en Contadora. Los embajadores abrumadoramente rechazaban la resolución en el tapete. El canciller Tack me pidió fundir las dos resoluciones que tenía (sobre el Canal y las bases militares) en una sola. Una copia de esta resolución se le entregó al canciller peruano, general Miguel Ángel De la Flor Valle, quien era nuestro enlace con el resto del Tercer Mundo; y otra, al embajador Huang Hua, de China Popular, de quien yo era el enlace con el canciller Tack. En un golpe de timón, el canciller Tack presentó la resolución que internacionalizó la causa panameña y nos dio, pese al veto de EEUU, una victoria moral importante. Se había cumplido el reto que lancé cuando estudiante en agosto de 1968.

Ese esfuerzo le permitió al canciller Tack finalizar la sesión el 21 de marzo de 1973 con esta frase lapidaria: “Estados Unidos vetó el proyecto de resolución en apoyo de la causa panameña, pero el mundo entero vetó a los Estados Unidos”.

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