La herida abierta del Canal de Panamá: la discriminación que separó a blancos de negros

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Imagen de 1913 de un tren excavando en el Canal de Panamá. (Foto: Buyenlarge / Getty Images).

De cara a la inauguración el 26 de junio de 2016, de la ampliación del Canal, el hijo de un trabajador cuenta que aún no cicatriza la marca del sistema Silver Roll y Gold Roll, que replicó en el istmo la segregación en el sur de EEUU.

Por Patricia Vélez Santiago
Univisión

COLÓN, Panamá – Un salario en dólares para unos, y en la moneda panameña para otros. Una fuente de agua para negros y, al lado, otra para los blancos. Era una réplica del sistema de segregación en Estados Unidos, pero mucho más al sur: en el área donde el Gobierno de ese país levantaba el Canal de Panamá.

“La mayor parte de los gringos que venía a trabajar venía del sur. Entonces ellos implantaron todo su sistema de discriminación del sur en la zona del canal”, recuerda Clemente Garnes, un pediatra de 93 años que vivió allí en esa época.

Sentado en la sala de su casa en la ciudad de Colón, en el Pacífico panameño, Garnes cuenta a Univision Noticias que su padre llegó de Barbados en 1907 para trabajar en la construcción del canal, que se prolongó de 1904 a 1914.

Conoció de cerca el sistema denominado Gold Roll y Silver Roll, con el que los estadounidenses y europeos blancos recibían un salario mayor en dólares, mientras los trabajadores negros procedentes de las Antillas y África obtenían el suyo en la moneda local.

Los de Silver Roll cobraban 40 dólares al mes, los de Gold Roll, 100 dólares, afirma Garnes, mostrando el contrato de trabajo original de su padre. El documento reza que recibirá 1 dólar por cada jornada de 10 horas diarias.

La discriminación, sin embargo, fue replicada más allá de las remuneraciones. Los términos Gold Roll y Silver Roll se trasladaron prácticamente a todo.

“La discriminación era tan férrea que si usted manejaba un automóvil en la zona del canal sin una placa expedida por el gobernador de la zona del canal no podía hacerlo, aunque tuviera la licencia panameña”, relata Garnes, y pasa rápidamente a la siguiente anécdota.

“Si usted caminaba en la zona y pasaba una patrulla, te miraba. Si no le parecías bien te arrestaba y llevaba a la jefatura. No te soltaban hasta que los familiares vinieran a pagar la multa de 5 o 10 dólares. A veces tenían que hacer una colecta entre vecinos para pagarla”.

Garnes también recuerda que hasta las fuentes de agua fueron divididas. Un excavador negro se hartó de esto un día y, desafiante, tomó un sorbo de agua de la fuente etiquetada para los de Gold Roll, recuerda el autor del libro Los Paladines Olvidados, donde dedica algunos capítulos a la historia del Canal de Panamá.

Un estadounidense le preguntó al trabajador si no sabía leer, y él le respondió: “Discúlpame jefe, nada más quería probar si el agua para el hombre blanco sabía igual que el agua para el hombre negro”, cuenta Garnes.

Si no regresa, está en el hospital o en el cementerio 

Las condiciones de trabajo eran muy duras. Trabajaban los 365 días del año. No tenían derecho a vacaciones ni a una jubilación. Los que envejecían se tenían que ir del predio donde residía o pedir su repatriación, relata Garnes.

Cuando a su padre le llegó el momento de jubilarse, en 1947, el hombre cuenta que “quizá por vergüenza internacional”, el Congreso de Estados Unidos aprobó darles una compensación económica de 25 dólares mensuales denominada cash relief.

Pero algunos no tenían tanta suerte.

El contrato de trabajo que firmó Clemente Garnes, padre. Quinientos días de labores a cambio de un salario de 1 dólar por cada jornada de 10 horas. (Foto: Clemente Garnes, hijo).

Durante la construcción del Canal de Panamá se estima que murieron unos 25,000 trabajadores. La mayor parte perdió la vida en medio de deslizamientos de tierra causados por las excavaciones y enfermedades tropicales como la malaria durante el período en el que los franceses estuvieron a cargo de las faenas.

“Las condiciones eran tremendas, con mucho peligro. Esa gente trabajaba, pero estaba expuesta a no regresar”, dice Garnes.

“Había aludes. Si no te cuidabas quedabas enterrado. Aparte de eso, era obligatorio tomar una dosis diaria de quinina, que se usaba en ese entonces para la malaria. Protegía en algo, pero tenía un efecto secundario y producía sordera”.

Por eso, en ese tiempo se acuñó un dicho que rezaba: el que no vuelva de la jornada laboral, está en el hospital o en Monkey Hill.

“Era el lugar donde los enterraban, que hoy en día es el cementerio que se llama Mount Hope en Colón”, explica.

Garnes saluda la ampliación del Canal de Panamá, inaugurada el 26 de junio de 2016,. Pero denuncia que en su país aún no se reconoce a los trabajadores que dejaron su vida. “Es una herida que no ha cerrado y que para mí no cerrará porque no le dan importancia”.

“El canal acaba de cumplir 100 años. Hubo mucha fiesta en las altas esferas. Pero, ¿quién hizo el trabajo para que ustedes pudiesen celebrar los 100 años? ¿Cuántas vidas se perdieron?”

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