Contrastes II

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Por José Dídimo Escobar Samaniego
Cédula: 7-84-41

La pasada noche, me ha producido una contrariedad en la presentación de Andrea Bocelli. La presentación fue simplemente extraordinaria, tanto de la Sinfónica Nacional, el artista principal, como de las dos cantoras que acompañaron a Andrea.

Un derroche de melodías y talento, algo mágico y casi celestial. Mientras nuestros oídos eran acariciados por la melodía deleitosa, mi mente se transportó a la península coreana. Allá el sonido es de tambores de guerra, como en Siria, en Yemén, en Libia, en Irak y también quieren imponer el terror en Venezuela, uno de los países latinoamericanos que más ha invertido precisamente en la cultura  y particularmente bajo la dirección genial de Gustavo Dudamel, la generación de sinfónicas de alto nivel en todo el territorio venezolano.

Pensaba, mientras escuchaba tan hermosas melodías, cómo el hombre ha sido capaz de producir tanta armonía de sonidos y belleza musical, pero al mismo tiempo en contraposición, el hombre, su egoísmo y avaricia lo han llevado a fabricar tantas letales armas, que son capaces de matar varias veces a la raza humana que habita esta única tierra. Armas que están al alcance inmediato de hombres sujetos a las debilidades humanas.

Vivimos simplemente sometidos al capricho de personas que pueden imponernos la sinfonía de la destrucción en cualquier momento.

En medio de las dulces y exquisitas voces, me preguntaba, para mis adentros, cómo puede el hombre contener tanto candor y pureza de espíritu y al mismo tiempo otros andan con frialdad organizando la destrucción del escenario vital.

Solo el crecimiento espiritual y la pureza interior, son capaces de poder; por amor, vivir amando a los demás y procurando la justicia, que es la base de la paz que tanto necesitamos.

Sólo el poder divino de Dios puede conjurar el acelerado y necio propósito del chantaje de la muerte. Porque Él no es Dios de muertos, sino de Vivos.

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