Actitud resiliente

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Las ciudades necesitan autoprotegerse.

Cada cierto tiempo se ponen de moda algunas palabras que significan actitudes que tienen años.

Por Mariela Sagel
opinion@laestrella.com.pa

Cada cierto tiempo se ponen de moda algunas palabras que significan actitudes que tienen años, y hasta siglos de ser parte del desarrollo humano, pero cuyo énfasis en determinados momentos ayuda a enviar mensajes que actualizan campañas de mercadeo y publicidad, también de responsabilidad social (otro término de moda) y explican cómo se pueden utilizar para mejorar la calidad de vida de los habitamos el planeta.

Palabras como resiliencia y empoderamiento, disrupción y coaching son usadas ahora con mucha frecuencia y todos nos montamos en esa ola, sin saber a veces qué significan. La resiliencia se define en su forma más básica como la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas.

Una magnífica iniciativa del Congreso Judío Panameño, que se dio recientemente en nuestro país, fue la presentación de experiencias de dos embajadores de países resilientes, como Israel y Chile, que han crecido en la adversidad. En el caso de Israel, además de su localización geográfica, en medio de zonas de conflictos y políticamente antagónicas y escasez de agua, han desarrollado no solamente tecnologías de avanzada sino que han podido irrigar el país al punto que hoy día exportan los ejemplos de uso consciente del recurso hídrico, maximización de la agricultura y convivencia pacífica. Una de las cosas que más me llamó la atención en la conferencia dictada por el embajador Artzyeli fue saber que Waze fue inventado en Israel, lo mismo que los USB y uno de los primeros servicios de mensajería instantánea, el ICQ. Los judíos han sido siempre innovadores y se han levantado de sus cenizas, incluso después del holocausto de la II Guerra Mundial. Israel es, sin lugar a dudas, un país resiliente.

El otro conferencista fue el embajador de Chile, Francisco Cruz, quien mostró cómo su país, estando en un estrecho espacio en el sur de América Latina, entre la cordillera y el Mar Pacífico, sujeto a terremotos, tsunamis y toda clase de desastres naturales, incendios, accidentes mineros, ha adaptado la vida de sus habitantes a estas situaciones, empezando por sus diseños estructurales, resistentes a los sismos y siguiendo con la recuperación de las instituciones, después de la despiadada dictadura militar que atravesaron bajo el yugo de Pinochet. Las cifras de crecimiento desde 1990 son impresionantes, lo que ha permitido su ascenso a los primeros puestos de las economías mundiales y su cultura, que es el lazo indisoluble entre todos los países, exporta educación, literatura, cine y muchas otras manifestaciones artísticas que no lograron que se perdiera ni bajo la bota militar.

Según la OXFAM, confederación internacional de 20 organizaciones que trabajan junto a similares socios y comunidades locales en más de 90 países para brindar ayuda de emergencia mediante proyectos de desarrollo a largo plazo y haciendo campaña por un futuro más justo, los siete países más ricos podrían financiar ellos solos la mitad de los fondos necesarios para acabar con las cuatro hambrunas que hay en el mundo. De la misma forma, señalan como países resilientes a Haití, Perú, Sudán, Etiopía, República Dominicana y El Salvador, por los desastres naturales que los han afectado. ¿Habrán estudiado a Panamá? ¿Seremos un país resiliente?

Vivimos un gobierno militar que se recrudeció con el ascenso al poder de Manuel Antonio Noriega. Si bien la gestión de Omar Torrijos unió a los panameños en una causa, la recuperación del Canal de Panamá y la odiosa zona que lo rodeaba, su muerte degeneró en un gobierno sin principios ni pudor y con muchos hechos sangrientos que enturbiaron esos 21 años. Después vino la invasión, una excusa de los Estados Unidos para ensayar sus armas que iban a utilizar para su guerra en Irak, que nos destrozó lo poco de las instituciones que nos quedaba y nos impuso reglas para comportarnos en adelante. Y de allí en adelante, nos hemos modernizado en una tasa de cinco veces lo que éramos en 1996, con inversiones en infraestructura, reformas estructurales, privatizaciones de servicios públicos al punto que nuestro producto interno bruto (PIB) se ha quintuplicado en 20 años. Pero nuestras instituciones están desprestigiadas y en estado comatoso, la corrupción se ha institucionalizado y el modelo de gestión ha vuelto a las manos de los poderosos, que dictan lo que tiene que hacer el gobernante de turno. Parece que no aprendimos la lección. No hemos tomado consciencia de asumir una actitud resiliente.

 

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