Relato de amor a la madre

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Manos de mujer campesina.

Por Raimundo López Medina
https://www.facebook.com/raimundo.lopezmedina

Tuvieron que pasar 50 años para que encontrara una relación directa entre la capacidad de la voz de su madre para alcanzarlos cuando andaban lejos y los límites que ella les había fijado, de niños, para alejarse de la casa. Su llamado a regresar avanzaba sin obstáculos en el silencio de las mañanas y las tardes, hasta muy lejos, viajando sobre los campos sembrados y entre los árboles, como un cargamento de ternura flotando suavemente en el viento.

La evocación lo envolvió una de las tardes de sábado de descanso, cuando pasaba por la casa de su hija para saludarla y abrazar a sus nietos, y jugar con el mayor de ellos, en extremo inquieto, como decían, en la edad de la peseta, un refrán de savia española con una relación indescifrable entre la moneda de 20 centavos cubana y los niños de siete años.

Después de los saludos, fue al balcón, a mirar los otros edificios del vasto barrio de Alamar, la calle y el mar, donde había personas pescando e incluso disfrutando un baño en los pequeños espacios de arena blanca entre los filosos arrecifes de ese tramo de la costa.

Su hija se le acercó y se inclinó sobre el muro, a mirar al niño y sus amigos que jugaban sobre la hierba de los jardines y la acera. “En la calle, no”, ordenó a los pequeños, que siguieron correteando, ya atentos a algún carro que eventualmente transitara por el lugar.

— Ahora vuelvo, papi, te voy a hacer café. Le dijo ella y se alejó hacia la cocina.

“En la calle, no”, le resonó en la mente la advertencia cargada de amor. Se sentó en uno de los sillones que el yerno había acomodado en el pequeño espacio del balcón y con los ojos cerrados regresó sobre su vida hasta los tiempos de la niñez.

En su infancia, la calle era un camino de tierra, polvoriento en los meses de seca y de lodo en la época de lluvias. Era impensable el peligro de un auto, pero su madre también había puesto allí un límite para sus juegos: “En el camino, no”, decía, con una autoridad tan dulce que no admitía negativas.

En la alambrada de la cerca de púas que separaba la finca del camino había dos entradas, una en línea recta con el frente de la casa, a casi 100 metros, y hacia la derecha, la otra, hacia donde se alejaba, serpenteaba entre la maleza, un trillo de caminantes hasta donde empezaba un campo de caña y los visitantes eran irreconocibles aún por la distancia.

Hacia el frente, cruzando el camino, había un mundo de misterios. Del otro lado de la cerca, los trillos hechos por los animales se perdían en el monte, hasta alcanzar el mar, un lugar inmenso de aguas y desconocido; hacia allá avanzaba el río, multiplicando la vegetación a los lados de su estrecho cauce, que, no lejos, se agrandaba en la poza de La Media Legua, una piscina natural de piedras resbalosas donde estaba prohibido llegar, porque las aguas se tragaban a los hombres y había serpientes enormes como las palmas. Solo mirar hacia allá, a los árboles enormes y su silencio distante, atemorizaba. Las prohibiciones de los mayores eran terminantes: nunca podrían ir solos.

En cambio, hacia atrás de la casa estaba el espacio apacible de los campos sembrados, las arboledas de frutales, mangos, naranjas, aguacates, mamayes, a donde se dirigían los trillos, y más allá, a casas distantes de familiares y el manantial, de piedras blancas, de donde se traía el agua, limpia y cristalina como la del comienzo del mundo, y el berro crecía como un regalo, entre la suave corriente y las piedras.

Aún en la tarde de sábado, en el balcón de la casa de su hija, no sabía determinar con exactitud la distancia de la casa al manantial. Sólo podía afirmar que era lejos, una frase imprecisa, pero bastaba para ilustrar la fortaleza de quienes cargaban las pesadas tinas llenas de agua, colgadas en los extremos de una barra de madera, para que hubiera siempre para tomar, y fresca, al sacarla de la tinaja.

En los domingos de fiesta, cuando las otras familias y amigos venían desde las fincas cercanas, su madre los llevaba temprano a bañarlos al manantial, sobre una tabla apoyada en las piedras. Allí también los vestía y calzaba, los peinaba y los rociaba con tiernas colonias, un perfume dulce que siempre le traía remembranzas de su niñez y le llegaba ahora desde el interior de la casa, entre frases de amor de su hija a su niña recién nacida.

Una de las mañanas de un domingo de olor a carne de cerdo asada, yuca frita y potaje de frijoles negros, caminando junto a la cerca de alambres, descubrió el nido de una tojosa, en el tronco de uno de los árboles, y al ave, acurrucada en el aro de hierbas secas, donde protegía sus polluelos.

Trató de llamar la atención de su madre y dos hermanitos sobre el ave, pero ella les apuró el paso, apremiada por la necesidad de regresar pronto a la casa. Nunca supo qué celebraba la familia, pero la imagen de la pequeña paloma, con su color canela tratando de ocultarse en el nido, no se le apartó en todo el día de la mente.

Soñaba con una jaula hecha con güines y finos alambres donde tener algún pájaro para alimentarlo, cuidarlo y quererlo, como tenía uno de sus tíos. Sabía que si conseguía algún pajarito él le construiría una y le enseñaría a cuidarlos.

El tío no tenía tojosas en sus jaulas, quizás porque no cantaban, sólo en ocasiones hacían un llamado breve que se escuchaba como un ujujú repetido, que venía de los árboles cercanos al río, o la cañada, como le llamaban los mayores.

Cada uno de los tíos, amigos y primos que llegaba iba en algún momento a las jaulas a ver los pájaros, inquietos con los ruidos nuevos de la casa, mientras los niños jugaban en el patio o corrían riendo detrás de las gallinas y guanajos.

Sin darse cuenta, se había alejado por el trillo que iba hacia el arroyo, entre plantas de naranja blanca orgullo del abuelo; pasó frente a la habitación de paredes de pencas de palma donde se bañaban los mayores y siguió caminando junto al arroyo, cada vez más lejos, incluso cuando ya no escuchaba los ruidos de la casa ni los cantos de los improvisadores.

Siguió hasta llegar a la cerca de “bien-vestidos” y sus flores perfumadas y tomó el camino hacia el manantial. Caminó en silencio hasta descubrir la tojosa, como dormida, cubriendo sus pichones en el nido. Se acercó al tronco de la planta, con el sigilo de un cazador primitivo, y observó en silencio las hierbas secas del nido, justo donde el árbol había sido talado y nuevas ramas crecían con fuerza.

Intuitivamente calculó que con un gesto rápido hasta podía atrapar la palomita y sus dos polluelos. Puso un pie en el alambre inferior de la cerca, se sujetó con la mano izquierda al tronco y se elevó con presteza y con un movimiento rápido y preciso trató de capturar al ave.

La tojosa escapó en medio de un gran revuelo, cayó al suelo, casi a sus pies, y trató de alejarse con dificultad, como si tuviera las alas rotas. Con agilidad él saltó al suelo y empezó la persecución al darse cuenta de los torpes movimientos del ave. Cada vez que él se acercaba, la tojosa torpemente lograba escapar, incluso cuando estuvo a punto de alcanzarla con las manos. El ave nunca dejó de mirarlo y cuando él se detenía agitaba las alas torpemente y tropezaba con las piedras del camino. Se quedaba quieta y él corría para atraparla y comenzaba nuevamente la torpe escapada del ave.

Así siguieron hasta que él se cansó y se detuvo a observarla. La tojosa estaba en el suelo, a apenas dos metros, con sus alas rotas abiertas, y también lo miraba atenta a sus movimientos. Intuyó, de una forma que solo entendió años después, que la palomita, como le llamaba, no estaba herida, que quizás por instinto materno, le engaño para alejarlo de sus polluelos.

No entendió porque se detuvo y la miró con respeto. Alguna clave, una señal imperceptible, le indicó a los dos, a él y al ave, que la persecución había terminado. Fue entonces que lo alcanzaron las voces de la casa.

La voz de su madre lo llegó desde lejos, del otro lado de los árboles, como un eco cargado de angustias, y se fue acercando, junto a los de su padre y tías, hasta que lo descubrieron en el camino al manantial. Con los nuevos ruidos, la tojosa emprendió vuelo, rápido y seguro, hacia los árboles del cauce del río.

Su madre lo alzó y lo apretó contra su pecho, mientras lloraba, feliz, al haberlo encontrado. Sólo le respondió: “Vine por la palomita”, feliz de escucharla tan cerca y ya pasado el susto por haber ido tan lejos. Pese a los rostros serios de algunos de los mayores, solo hubo unos pocos regaños, superados por el consuelo de que nada malo le había pasado.

Sentado en el balcón de la casa de su hija, volvió a meditar en la capacidad de la voz de su madre para alcanzarlos hasta donde estuvieran. “Es la distancia que marca el amor, y el amor de una madre no tiene fronteras ni tiempos”, se dijo a sí mismo, feliz de esa conclusión llena de sabiduría que le enseñó la vida. Y también la palomita de su infancia, desafiante al peligro para proteger a sus polluelos.

San Salvador, 11 de abril de 2023, martes.

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