El realismo mágico panameño

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La Ciudad de Panamá revela acentuados contrastes sociales. (Foto: La Estrella de Panamá).

Por Franklin Ledezma Candanedo
(Periodista y escritor)

Los máximos exponentes indoamericanos del realismo mágico de mediados del siglo XX, no pudieron imaginar que en la siguiente centuria existiría una tierra que rebasaría las fronteras de su creatividad literaria, en cuanto a hechos y circunstancias que nos golpean, aunque parecen fantasía de una febril imaginación.

Esa cantera inagotable de realismo mágico es, sin lugar a dudas, mi Corinto Bolivariano: Panamá, espacio geográfico ideal para plumas fecundas, entre otras, las de Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Isabel Allende y Gabriel García Márquez.

Aquí sobra la más grande fuente de ficción realista, que, en la segunda década del siglo XXI, ha colmado nuestra capacidad de asombro, y nos hace pensar en “colgar los guantes”, conforme a idea de la brillante colega Mariela Sagel (opinion@laestrella.com.pa .7 de octubre de 2018), porque no se puede luchar contra lo que consideramos ficticio, cuando es sangrante realidad.

No encontramos el cordón umbilical de la ficticia realidad que se vive en un país de incontables recursos, como incontables son las carencias populares, que nos ubican en un oscuro cuarto mundo, mientras que voceros oficiales lo ubican en un imaginario primer mundo.

La fecunda imaginación gubernamental sólo es comparable con los ingeniosos cultores del realismo mágico, ya que a diario dan cuenta de múltiples obras y servicios, con sustantivas erogaciones económicas para dar respuestas que a nadie benefician, ni llegan, mientras que se quedan en las manos de pocos, que sí viven en un mundo de ensueño.

Ficticiamente, reniegan de una Constitución que argumentan militarista, pero en su imaginario mundo se aprovechan de la misma, mientras se pregona la necesidad de un nuevo Estatuto fundamental, sin que durante casi veinte años hayan escrito una palabra, para que se haga realidad la mentira, por lo que es ficticia la separación de poderes.

En este macondo surrealista la justicia se congeló en un iceberg de leguleyadas, que únicamente benefician a delincuentes. Así que a nadie se le ocurra capturar a quien distraídamente entra en su hogar y, menos aún agredirlo, porque la justicia le castigará y tendrá que pagarle daños y perjuicios.

Tampoco reclamen nada, ni inventen hechos que sólo existen en imaginaciones enfebrecidas porque están criminalizadas protestas, y más si es por hambre o enfermedad ficticia. Guarden sus falsas dolencias y necesidades en el sarcófago de la indiferencia institucionalizada.

No se atrevan a pensar, como el Coronel Aureliano de la novela, que la realidad es un circo y que los “padres de la patria” son gitanos duchos en inventar formas sofisticadas de hacer lo que no dicen preceptos constitucionales y legales, porque le “caerán a piñazos”, por ofender su inmaculada honorabilidad.

Tampoco crean que dominan la telequinesis y que, con ella, pueden transformar la ficción en realidad, porque nuestra realidad es pura ficción de mentes calenturientas, que todo lo critican sin fundamento, cuando afecta intereses particulares, aunque les tenga sin cuidado el interés general.

Ni por un minuto crean, como lo pensó Carlos Fuentes de su patria, que la nuestra es la región más transparente del mundo, porque quedaran presos en un submundo de realidad que parece ficción, que ya a nadie asombra, porque se hizo ADN del colectivo y materia prima de absurdos que vivimos diariamente.

¿Acaso imaginó alguno de nuestros inteligentes lectores, que llegaría el día en que se premiaría la mediocridad, con incentivos a granel, sin término fijo ni evaluaciones periódicas, y que los fracasados aprenderían en quince días lo que no pudieron captar durante el año lectivo y, más aún, que los integrantes de “barrios seguros” tendrían partidas económicas para mostrar sus habilidades delincuenciales?

¿Pudo acaso el imaginario colectivo pensar que no sería ficción la inseguridad que viven propios y extraños en este “paraíso de otra galaxia”, por ingenuos turistas que llegan cautivados por costosas campañas publicitarias en mercados del primer mundo?

La ficción supera la realidad, aunque la oscura realidad nuestra no es ficción, y lo prueban torres vacías que se abrazan al cielo, mientras la miseria se postra a sus pies, y la riqueza en pocas manos golpea el estómago vacío de tantos en este espacio geográfico que le rinde culto diariamente a exponentes del genocida imperio colonial español, como el mercenario Balboa, en inverosímil ofensa permanente a nuestros hermanos originarios y afrodescendientes.

Es frondoso el realismo mágico panameño, digno de la vena literaria de autores de la jerarquía de Jorge Luis Borges, Gunter Grass, Salman Rushdie y tantos más, que tendrían a mano una mina inagotable de formas y expresiones que diseñan un país subordinado a lo extraño, a la incultura, a la vulgaridad, al vicio y a la corrupción institucionalizada.

Esa especie de ficción realista nos lleva de la mano, sin tener la fértil imaginación de los autores arriba citados, pero con la vivencia acumulada durante décadas, a vaticinar que el tiempo futuro será de mayores sorpresas, por supuesto no imaginadas, ni ficticias, sino realidades que a los cuerdos del patio les parecerán inventos, pero que superarán, con creces, la más dolorosa y cruel realidad. La nueva etapa del realismo mágico panameño se iniciará muy pronto, con las elecciones de mayo del año 2019.

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