Por Benjamín Colamarco Patiño
Ingeniero
www.benjamincolamarco.com
La hegemonía cultural, en términos gramscianos, no es la imposición vertical de una minoría ni la reproducción acrítica de estereotipos mediáticos. Es un proceso orgánico en el que las sociedades construyen un nuevo orden social, que combine independencia nacional con desarrollo auténtico: aquel que, como diría Habermas, no sacrifique la soberanía nacional, ni la capacidad deliberativa de los pueblos en el “altar de la eficiencia tecnocrática globalizada”.
En un mundo marcado por lo que Zygmunt Bauman llamó “modernidad líquida”, donde las instituciones, los valores y los referentes se diluyen en la fugacidad, realizar una nueva hegemonía cultural enfrenta un doble desafío: debe ser lo suficientemente flexible para adaptarse al cambio constante, pero también lo bastante robusta para resistir la colonización de los espacios públicos por parte de sistemas expertos desconectados de la vida cotidiana. Como advierte Habermas, “cuando la tecnología suplanta a la política, la democracia no solo se vacía de contenido, sino que se renuncia a la capacidad de definir un proyecto nacional autónomo”.
Esta hegemonía no se decreta ni puede ser programada por ingenieros sociales, ni técnicos; se cultiva en el espacio público a través de lo que Habermas denominó “acción comunicativa”. Frente al “colonialismo tecnocrático” que reduce los problemas sociales —incluyendo los del desarrollo— a ecuaciones gestionables, necesitamos recuperar la política como ámbito de deliberación sobre qué tipo de independencia queremos y para qué modelo de desarrollo.
Como complementa Daniel Innerarity, “el verdadero desarrollo no se mide solo en indicadores económicos, sino en la capacidad de una sociedad para autodeterminar sus prioridades sin sometimiento a poderes externos o lógicas ajenas a su interés colectivo”.
La paradoja contemporánea es evidente: mientras Bauman nos alerta sobre la “liquidez de los vínculos sociales”, Habermas nos muestra cómo “los nuevos colonialismos” —ahora digitales y financieros— pretenden secuestrar las decisiones nacionales bajo el eufemismo de la «gobernanza global», o de la “doctrina de seguridad nacional”. La verdadera hegemonía cultural debe navegar entre estos extremos: ser un “nivelador social” capaz de articular un proyecto de desarrollo nacional, que emerja de procesos deliberativos auténticos, no de algoritmos que simulan consenso mientras privatizan la esfera pública.
En este contexto, el ideal gramsciano de hegemonía como dirección cultural solo puede realizarse a través de lo que Habermas consideraría una esfera pública revitalizada, capaz de resistir tanto la fragmentación y la desestructuración posmoderna (Bauman), como la organización tecnocrática. La cultura, en su sentido más amplio, debe ser el antídoto contra lo que Habermas identificó como la “patología de la modernidad: sistemas que se autonomizan de su base social y vacían de contenido la autodeterminación de los pueblos”.
El desafío actual no es solo construir sentido compartido (Gramsci), sino proteger las condiciones mismas de posibilidad para que ese sentido emerja de procesos genuinamente democráticos, deliberativos y no de la ingeniería social digital. Como señala Innerarity, el futuro se negocia, pero para que esa negociación sea auténtica, debemos rescatar el espacio público de su colonización por parte de los nuevos poderes tecnocráticos y tener la capacidad de producir conocimiento al servicio del desarrollo propio, no de agendas impuestas.




