Por Jean-Marie Pottier
Semanario Universidad (CR)
En este artículo se pone en evidencia cómo el actual presidente de los Estados Unidos no es necesariamente ingenuo, ni torpe, ni está actuando de manera antojadiza. Se muestra más bien el rol de un conjunto de pensadores estadounidenses quienes han configurado una “galaxia intelectual” de respaldo para el intento actual de Donald Trump por instaurar una nueva era de dominación de su país, con base en un plan cuidadoso y calculador. Originalmente publicado por la revista francesa Sciences Humaines, esta traducción señala las principales tendencias de un nuevo conservadurismo, una contrarrevolución intelectual, cuya audacia consiste en convertir a su antojo a referentes del pensamiento de Occidente.
Muy sonriente J.D. Vance, con la bandera de su país en la solapa, posa en la sede de la Heritage Foundation, un think tank de Washington. A su lado está el héroe de la noche, su “querido amigo” Rod Dreher. Este ensayista presentó el 1 de abril de 2025 Live Not by Lies, una serie documental inspirada en un libro del mismo nombre. Más allá en la foto se observa a Kevin Roberts, el presidente de la Heritage Foundation muy mediatizada en los últimos meses por su “Proyecto 2025”, concebido como una plataforma radical para el segundo mandato de Trump. Algunos meses antes, J.D. Vance firmaba el prefacio de su obra Dawn’s Early Light. Taking back Washington to Save America (Broadside Books, 2024): el nuevo vicepresidente de los Estados Unidos afirmaba la necesidad de su país de contar con un “conservadurismo ofensivo, que no intente solamente impedir a la izquierda hacer cosas que nos disgustan”.
Los personajes de la foto y sus escritos dicen mucho de la circulación de ideas en el seno de la derecha estadounidense y de la coagulación de un tipo de conservadurismo inédito. Ezra Klein, estrella de la crónica del New York Times, notaba recientemente que la presidencia a eclipses del hombre de negocios parecía haberle ahorrado una ley de bronce de la política estadounidense, “el agotamiento intelectual” de un segundo mandato: “Entre 2021 y 2025, el fermento detrás de las ideas MAGA (Make America Great Again) ha ganado en consistencia y la naturaleza de su coalición se ha extendido”.
El trompismo ha conocido, según la expresión de la investigadora Maya Kandel, una “teorización hacia atrás”: los intelectuales conservadores han pesado poco sobre su programa antes de su primera elección, pero se han esforzado después para incorporar una ideología, frecuentemente bautizada como un “conservadurismo nacional” o “nacionalismo cristiano” el cual podría sobrevivirle.
“La victoria de 2016 ha podido ser vivida como un epifenómeno por una parte del Partido Republicano, creyendo que las cosas volverían a ser normales. El trompismo en su segunda versión es mucho más teorizado y pensado, no necesariamente por el mismo Trump sino por toda una galaxia conservadora más dura”, según lo considera Gabriel Solans, quien ha realizado una tesis doctoral dedicada a uno de los precursores de este nuevo conservadurismo, el antiguo presidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich, republicano, conocido por su capacidad para diabolizar al adversario demócrata a inicios de los años 90.
En el comienzo fue la fusión
Volvamos hacia los últimos días de enero de 2016. Era la víspera del caucus de Iowa, era la primera elección primaria entre los candidatos a la investidura republicana para la Casa Blanca. En la portada de la National Review, dos palabras: “Contra Trump”. En sus páginas interiores el editorial de esta revista conservadora demolía al “oportunista” quien proyectaba “destruir el amplio consenso ideológico conservador”. Este consenso ideológico aparente, hace más de medio siglo es reivindicado como propio por esta revista. Encarna la publicación al “fusionismo”, es decir, una alianza entre el liberalismo económico, el conservadurismo moral de fuerte inspiración cristiana y, en un contexto de guerra fría, el intervencionismo fuerte en materia de política internacional.
Esta voluntad de fusión, este fundirse, ha sufrido ataques de fiebre. La ruta del trompismo se ha pavimentado con ladrillos, apunta Gabriel Solans. En efecto, aparte de los años de Newt Gingrich cabe recordar la cacería de brujas del senador McCarthy contra los comunistas, en los años 50, los excesos del candidato republicano a la Casa Blanca, Barry Goldwater en 1964 (“El extremismo en defensa de la libertad no es un vicio y la moderación persiguiendo la justicia no es una virtud”), incluso la revuelta fiscal del Tea Party en los años 2010.
En 2025, esta vieja alianza conservadora parece haber implosionado. El intervencionismo cede su lugar a un aislacionismo con una fuerte connotación nacionalista. El liberalismo económico tradicional del Grand Old Party se encuentra descuartizado entre una crítica acérrima del libre intercambio comercial y una rehabilitación del rol del Estado, por un lado, y de un “tecno-optimismo” desenfrenado, encarnado particularmente por Elon Musk, por el otro lado. El conservadurismo moral de inspiración cristiana por su parte ha conocido una importante redefinición bajo el liderazgo de intelectuales católicos calificados de “postliberales”. Todo sazonado con angustias existenciales y llamados de corte autoritario.
De hecho, bajo el signo de la angustia existencial se ha desplegado una de las primeras tentativas de teorización del trompismo. Puede datarse casi exactamente: el 5 de septiembre de 2016. Este día la Claremont Review of Books, revista de un think tank conservador de California publica un artículo titulado “The Flight 93 Election”, firmado con un seudónimo en latín: Publius Decius Mus. El texto pasa desapercibido durante dos días hasta que el célebre animador de radio, Rush Limbaugh, hace explotar a la audiencia leyéndolo desde su micrófono. Publius Decius Mus compara a los electores de Estados Unidos con los pasajeros del cuarto vuelo desviado el 11 de septiembre de 2001, quienes impidieron al avión alcanzar su objetivo intentando asaltar la cabina de pilotaje: “Si ustedes no intentan nada, de seguro morirán. A riesgo de mezclar las metáforas, digamos que una presidencia de Hillary Clinton equivaldría a jugar a la ruleta rusa con una pistola semiautomática. Con Trump, al menos, se puede girar el barrilete e intentar tener suerte”.
Admirador del pensamiento de Maquiavelo, el autor del texto Michael Anton, hizo después su camino en la administración Trump. Fue nombrado el 20 de enero último, director de planificación política en el Departamento de Estado.
Muchos César y Napoleón continuarán
Estos últimos meses la curiosidad por las figuras intelectuales del trompismo se ha desplazado hacia un movimiento al margen del mundo académico: las “luces oscuras”. Uno de sus representantes es el ingeniero informático Curtis Yarvin. Este se ha manifestado a favor de un gobierno autoritario, apelando al rescate Roosevelt: “Para decirlo en corto, que quieran o no calificar a Washington, Lincoln y F.D.R. de ‘dictadores’, esta palabra cargada de oprobio, eran globalmente ejecutivos nacionales y dirigían el Gobierno como una empresa, de manera vertical”, explicaba en enero en el New York Times, dos días antes del retorno al poder de Trump. (…) “No es que la democracia sea mala, sino que justamente es muy débil”. Yarvin predica todavía una purga de la administración bajo la forma de un programa bautizado RAGE: “Retire All Government Employees”, permitir jubilarse a todos los funcionarios. Otro acrónimo que no deja de recordar al DOGE (Department of Government Efficiency) iniciado por Donald Trump bajo la égida de Elon Musk con el fin de recortar efectivos gubernamentales.
Poner la mirada sobre Curtis Yarvin simboliza la cercanía de la “high-tech” estadounidense con Trump en su segunda versión: Elon Musk, claro, pero también Peter Thiel, cofundador de Paypal, Jeff Bezos de Amazon, Sundar Pichai de Google, Tim Cook de Apple o Mark Zuckerberg de Facebook, quien deploraba a inicios de enero la carencia de “energía masculina” en el mundo de las grandes empresas. Una queja unida a la expresada por influyentes políticos a medio camino entre el masculinismo y el autoritarismo, cuyas ideas circulan masivamente en línea. Una de las figuras más curiosas de estas “luces oscuras”, es Costin Vlad Alamariu, un politólogo especialista en Nietzsche y Platon quien publica bajo el seudónimo Bronze Age Pervert. “Ahora imagine un hombre dotado del carisma de Trump, pero que no solamente está endeudado con los generales: es uno de entre ellos, capaz de dirigir y de intimidar a las masas tanto como de seducirlas”. Es su sueño expresado en uno de sus textos asegurando que Trump no habrá representado sino una etapa más por lo cual después “muchos César y Napoleón le seguirán necesariamente”.
El 14 de julio de 2019, Peter Thiel pronunció el discurso inaugural de la primera edición de un nuevo acontecimiento, la National Conservatism Conference (NatCon), organizada en Washington D.C. Su maestro de obra, el filósofo político israelí Yoram Hazony, quien ha publicado estos últimos años dos ensayos importantes, Les Vertus du nationalisme (éd. Jean-Cyrille Godefroy, 2020) y Conservatism. A rediscovery (Regnery Gateway, 2022). En el plano interior, se opone el liberalismo “desprovisto de todo interés de conservar la menor cosa” al conservadurismo, el cual “enfrenta la recuperación, la restauración, el desarrollo y la purificación de las tradiciones nacionales y religiosas como la clave del mantenimiento y del reforzamiento de una nación en el tiempo”. En el plano exterior, alaba el nacionalismo, el cual permite a los Estados “trazar su propia vía de manera independiente, de cultivar sus propias tradiciones y de perseguir sus propios intereses sin interferencia”, por oposición a las tentaciones imperialistas, como los sueños de pax americana o la construcción europea. En esta primera NatCon participaron Michael Anton, Patrik Deneen, J.D. Vance, conocido en ese momento por su best-seller autobiográfico Hillbilly élégie (Globe, 2017) aunque todavía sin entrar en política. Más allá de Donald Trump encarna Vance el punto de encuentro de diferentes corrientes del “trompismo”. Educado en una familia bautista, volviéndose luego ateo, se convirtió al catolicismo en 2019 y multiplica sus intercambios con los autores postliberales. Mantiene numerosas amistades en el mundo de Silicon Valley y es un lector de autores influyentes del tipo Bronze Age Pervert. ¿Aunque, tanto como para devenir la punta de lanza de una nueva fusión conservadora?
Según el historiador Joshua Tait, uno de los autores del reciente Oxford Handbook of Illiberalism (Oxford Handbooks, 2024), los “fusionistas” se han mostrado siempre como “una alianza táctica más y no tanto como una síntesis filosófica profunda”. El mismo destino espera sin duda al “conservadurismo nacional” trompista. Es cierto, sus diferentes tendencias han encontrado un terreno común en particular en “la idea de que el ‘wokismo’ ha aterrorizado a la sociedad civil”, estima Blandine Chilini-Pont. “Una antipatía muy enraizada para el progresismo moderno”, añade Joshua Tait, mientras Gabriel Solans apunta al “miedo del declive, el miedo de los blancos de una pérdida de control del país que han fundado”. Por todo ello, no es para menos la aparición de líneas de fractura. Hace poco el ensayista Sohrab Ahmari calificaba a Elon Musk de “peligro para el trompismo” precisamente por los ataques de Musk al Federal Trade Commission, el cual regula la actividad de los gigantes de la alta tecnología. La política extranjera es, también, rica en rupturas potenciales, por ejemplo, sobre la actitud a adoptar en caso de llevar a cabo China acciones sobre Taiwán. En una metáfora célebre, el historiador George Nash había comparado un día “el fusionismo” con un taburete de tres patas, pero aquellos, en los hechos, rara vez han tenido la misma longitud o las mismas patas. El taburete fabricado por los partidarios de Donald Trump tiene el riesgo de sufrir el mismo defecto.
Este artículo fue originalmente publicado por la Revue des Sciences Humaines, No. 379, junio 2025, París. Traducción de Javier Tapia Balladares (javier.tapiaballadares@ucr.ac.cr).




