El tiempo como arma: la lección que Washington parece olvidar en cada guerra

0
6
El clamor de paz inunda las calles de Estados Unidos.

Por José de la Rosa Castillo
Profesor universitario de Relaciones Internacionales y analista de política internacional y geopolítica

En casi todas las guerras en las que Estados Unidos se ha involucrado desde la segunda mitad del siglo XX aparece una constante estratégica que rara vez ocupa los titulares en los primeros días del conflicto: el tiempo. No el tiempo como simple duración cronológica, sino como variable política, económica y psicológica capaz de transformar la superioridad militar en una ventaja cada vez más difícil de sostener.

La historia reciente ofrece evidencias contundentes. En Vietnam, en Iraq y en Afganistán, Washington desplegó una superioridad militar abrumadora que le permitió obtener victorias rápidas en las fases iniciales. Sin embargo, esas victorias nunca se tradujeron en una resolución estratégica favorable. Con el paso de los años, la prolongación del conflicto terminó erosionando la legitimidad política de la guerra y elevando los costos hasta niveles difícilmente sostenibles.

Vietnam fue la primera gran demostración contemporánea de esa paradoja. Entre 1965 y 1973 Estados Unidos llegó a desplegar más de 540.000 soldados en el sudeste asiático. La superioridad militar era absoluta: dominio del aire, tecnología avanzada y una capacidad logística sin precedentes. Sin embargo, la guerra terminó con la retirada estadounidense y la caída de Saigón en 1975. El costo humano fue enorme: más de 58.000 soldados estadounidenses muertos. El costo económico tampoco fue menor. Ajustado a precios actuales, el conflicto representó más de 1 billón de dólares para Estados Unidos. Pero el verdadero desgaste ocurrió en el plano político: el conflicto fracturó profundamente a la sociedad estadounidense y generó una crisis de legitimidad para la política exterior de Washington.

Décadas después, Afganistán repetía el patrón. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos lanzó una intervención militar que en pocas semanas desmanteló al régimen talibán. Lo que comenzó como una operación anti terrorista se transformó en una guerra que se prolongó durante veinte años, la más larga en la historia estadounidense. Según estimaciones del proyecto Costs of War de la Universidad de Brown, el conflicto en Afganistán terminó costando más de 2,3 billones de dólares. A ello se suman más de 2 400 soldados estadounidenses muertos y decenas de miles de víctimas afganas. Pese a ese esfuerzo militar y financiero colosal, el resultado final fue el regreso del Talibán al poder en 2021.

La invasión de Iraq en 2003 mostró otra variante del mismo fenómeno. El régimen de Saddam Hussein cayó en apenas semanas. Pero esa victoria militar inicial dio paso a una insurgencia prolongada que convirtió la ocupación en un conflicto de desgaste durante años.

Las estimaciones del Congreso estadounidense sitúan el costo total de la guerra en más de 2 billones de dólares, mientras que el número de soldados estadounidenses fallecidos superó los 4.400. Al igual que en Afganistán, la superioridad militar inicial no logró traducirse en estabilidad política duradera.

Es precisamente aquí donde el actual enfrentamiento con Irán adquiere una dimensión interesante. A diferencia de Vietnam o Afganistán, Irán no es una guerrilla ni un movimiento insurgente. Es un Estado con una estructura militar consolidada, una industria de defensa considerable y una red de aliados regionales que incluye milicias y organizaciones armadas en varios países del Medio Oriente.

Durante décadas, Teherán ha desarrollado una estrategia basada en la guerra indirecta, el uso de fuerzas aliadas regionales y el despliegue de misiles y drones relativamente baratos capaces de saturar sistemas defensivos mucho más costosos. Esta lógica introduce una ecuación económica particularmente compleja. Interceptar un misil o un dron puede costar decenas o incluso cientos de miles de dólares, mientras que producir el arma ofensiva puede resultar más barato. En un conflicto prolongado, esa asimetría económica se vuelve cada vez más relevante.

Pero el tiempo no sólo afecta la economía de la guerra. Su impacto más profundo suele manifestarse en la política. Las potencias enfrentan dificultades estructurales para sostener guerras largas sin resultados visibles. Las bajas militares, los costos fiscales y el desgaste social terminan erosionando el consenso interno necesario para continuar el conflicto. Esa fue la lección de Vietnam y, décadas después, de Afganistán.

La pregunta que emerge hoy es: ¿está Washington subestimando nuevamente la dimensión temporal de la guerra?

Las primeras fases de los conflictos suelen estar dominadas por la demostración de fuerza. Pero la historia sugiere que los resultados estratégicos se deciden muchas veces en la capacidad de sostener el conflicto durante años.

Si Irán logra transformar el actual enfrentamiento en una confrontación regional prolongada, Estados Unidos y sus aliados podrían enfrentarse a una paradoja conocida: la de una potencia capaz de ganar casi todas las batallas, pero cada vez más presionada por los costos de una guerra que se extiende en el tiempo.

Porque en la geopolítica contemporánea el arma más subestimada no siempre es el misil o el dron. A veces es simplemente el tiempo.

”El enemigo avanza, nosotros retrocedemos; el enemigo se detiene, lo hostigamos; el enemigo se fatiga, lo atacamos».
Mao Zedong

Dejar una respuesta

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí