Por Alberto Velásquez
Periodista y relacionista público
Las narrativas de un distinguido comunicador social demostraron que los gobiernos electos en Panamá, especialmente los tres últimos, no están preparados para asumir las grandes responsabilidades en el desarrollo de mega obras, debido al fracaso que revelan los proyectos inconclusos, valorados en cientos de millones de dólares robados al Estado.
La crónica periodística aludida destapó diversas irregularidades en proyectos inconclusos que superan más de 1.200 millones de dólares y confirman las inconsistencias en la planificación y una descarada corrupción.
Los gobiernos instaurados desde el 2010, cuando se fundó formalmente la escuela de corrupción, al pueblo panameño lo golpea la vergüenza de vivir en una nación marcada por proyectos inconclusos, con presupuestos duplicados con adendas y otras argucias, afectando principalmente comunidades necesitadas, que hoy se erigen como esqueletos, resultado de la desidia y falta de fiscalización, que caracterizan a quienes pretenden reabrir una mina de cobre para contaminar a miles de inocentes.
Desde el inicio del 2010, el Hospital de Metetí, en la provincia de Darién, se convirtió en parte del mecanismo de corrupción, licitado por 63 millones de dólares, cuyo costo actual es de 148 millones, mientras otras obras inconclusas como hospitales en Colón, Bugaba, Barú y Changuinola, exponen sus esqueletos de concreto, que recuerdan la falta de ejecución y los millones de dólares que han terminado en bolsillos de delincuentes de cuello y corbata. Hay que aclarar que son los mismos que ahora quieren vender la idea de que van a manejar mejor una mina deforestadora.
La avenida Domingo Díaz y el patrimonio histórico del Casco Antiguo han sido víctimas del sobrecosto, estimado por la Contraloría en más de 98 millones de dólares. El Minsa-Capsi en Puerto Caimito, vandalizado y abandonado, refleja con crudeza la desidia institucional. Allí, donde debía levantarse un centro de salud moderno, hoy sólo hay ruinas. Con justa razón, muchos preguntan: ¿dónde está el dinero destinado a su construcción?
Las obras inconclusas son el más claro reflejo de la crisis de gobernanza que nos subyuga, producto del ADN de corrupción, del “que hay pa’ mí”, y del que carcome el cerebro de miles de ignorantes quienes balbucean la frase “robó, pero hizo”.
Cada obra inconclusa, cada sobrecosto, cada proyecto abandonado, es una página oscura, que pesa sobre la credibilidad y la confianza ciudadana, ávida de transparencia, que no es garantía para el manejo de una explotación minera que tiene el lastre de haber violado más de una veintena de artículos constitucionales, con el auspicio de gobiernos y la complicidad de los delincuentes.




