La injerencia de Estados Unidos y la crisis hemisférica

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El modelo intervencionista de EEUU está en crisis.

Por José de la Rosa Castillo
Especialista en Relaciones Internacionales

La estrategia de injerencia de Estados Unidos, ya sea política, electoral, golpes de Estado o la intervención militar directa, ante la disputa por la hegemonía con China, está alterando el panorama político hemisférico.

Estados Unidos aspira no sólo a apropiarse de las riquezas minerales, sino a hacer de Latinoamérica un cerco marítimo y territorial que sirva de primera línea de confrontación ante una eventual agresión que ponga en peligro su poderío mundial.

Los panameños se han acostumbrado a utilizar la expresión de “patio trasero”, pero El Escudo de las Américas, presentado por Donald Trump, va más allá en su concepción. Pareciera avanzar las piezas a una suerte de muro defensivo.

Los ejemplos más evidentes son las bases en terceros países. También la política migratoria, que reclama que los aspirantes a llegar hasta territorio estadounidense sean detenidos previamente, como es el caso de Panamá y de México entre otros.

Tomando como pretexto la crisis de inseguridad en los países de la región, agravada rpor las políticas neoliberales y la enorme demanda de estupefacientes que destruyeron el tejido social de las naciones, avanzó su estrategia neocolonial. El paso previo para justificar el Escudo fue financiar los fraudes electorales para situar regímenes de ultraderecha en la presidencia de las naciones Latinoamericanas.

Parte de la injerencia electoral fue abiertamente expuesta abiertamente en los discursos de Trump, o bien acompañada de chantaje, respaldo de ciertos candidatos acompañado de colonización tecnológica.

Resulta preocupante que un extenso sector de la sociedad latinoamericana vote por candidatos de extrema derecha y respalde que los EE. UU. actúen como la potencia rectora sobre las demás naciones. Más preocupante aún son los colonizados culturalmente, quienes aceptan la superioridad estadounidense y se suman desde posturas antipatrióticas a la estrategia imperial.

Los sectores de las clases dominantes de América Latina justifican su accionar como rechazo político a las izquierdas y como condición esencial para que exista la democracia, pero en realidad son una elite beneficiaria de los residuos económicos que deja el sistema neoliberal.

Los conceptos de libertad, soberanía e independencia, si bien hacen parte del imaginario nacional, pierden validez cuando la alternativa colonizadora se presenta como antídoto ante las dificultades materiales y la inseguridad, todo ello alimentado por una guerra mediática de grandes dimensiones y recursos tecnológicos avanzados.

No obstante, si bien es cierto, que en su desencanto con el progresismo y la izquierda, los ciudadanos votan por la ultraderecha, no se puede descartar que en la medida que el Escudo de las Américas demuestre que detrás del discurso protector se esconde un proyecto colonizador, progresivamente cambien su opinión.

Desde el punto de vista de los intereses económicos, la ultraderecha necesita obtener éxitos que dejen la impresión de que pueden gobernar y cumplir sus promesas de crear riqueza, empleo y mejoras en la calidad de vida. Sin embargo, al mismo tiempo tiene que aprobar leyes contra la protesta social, lo que desnuda su verdadera concepción de ejercicio del poder, que genera descontento a mediano plazo.

Paradójicamente, el carácter bélico e intervencionista del Escudo de las Américas puede terminar por ser la motivación que lleve a los sectores populares a modificar sus opciones. Pero la posibilidad de rearticular la identificación del pueblo con la izquierda requiere no solo de una profunda autocrítica, sino además de nuevas formas de lucha y participación en donde los partidos modifiquen la concepción de quienes son los actores del cambio y se abra a formas participativas y realmente democráticas.

Elecciones de medio tiempo

El próximo 3 de noviembre, en las urnas estadounidenses se realizarán unas elecciones de medio mandato que tendrán carácter de referéndum sobre la gestión del presidente Donald Trump, y que determinarán si los republicanos mantienen su actual mayoría en el Congreso.

Trump trata de movilizar a sus bases, pidiéndoles que acudan a votar como si él figurase en la papeleta electoral, con la aspiración de repetir la victoria de 2024, pero su popularidad se encuentra a la baja, debido a la guerra en Irán y el elevado costo de vida.

¿Cómo va Trump con la aprobación?

El presidente Trump venía de alcanzar una aprobación del 54 % al inicio de su segundo mandato en enero de 2025, pero las nuevas encuestas muestran un creciente desplome en promedio, que lo ubican en una aprobación que va del 31 al 38 %. La desaprobación, por su parte, supera el 60 %. La prensa norteamericana ha fijado su atención en factores como que los votantes latinos se han desencantado de la figura del magnate que subió a la Casa Blanca. Hay quienes incluso comparan la tasa de desaprobación, que ya supera el índice de George W. Bush antes de las elecciones legislativas de 2006.

Los demócratas mejoran

Según sostiene el agregador de encuestas RealClearPolitics, los demócratas lideran con claridad la intención de voto para el Congreso, con el 50,6 %, más de 8 puntos porcentuales por encima de los republicanos, que obtienen el 42,3 %. En ese contexto, la oposición demócrata parte como favorita para recuperar el control de la Cámara de Representantes, que renueva la totalidad de sus 435 escaños para una legislatura de dos años. Los republicanos ostentan actualmente una estrecha mayoría de 220 escaños, frente a los 215 de los demócratas.

De acuerdo con RealClearPolitics, hay 40 distritos competitivos y, si los demócratas ganaran cerca de la mitad, se asegurarían la mayoría en la Cámara.

Otro análisis de Cook Political Report, subraya que de mantenerse las tendencias actuales, los demócratas podrían obtener unos 15 escaños adicionales y alcanzar una mayoría cercana a los 230. El control demócrata de la Cámara permitiría, además, impulsar procesos de juicio político contra Trump o miembros de su gabinete, como ya sucedió durante su primer mandato.

El Senado

El 3 de noviembre también se renovarán 35 de los 100 escaños del Senado, donde los republicanos cuentan con una mayoría de 53 senadores, frente a los 47 demócratas. Los senadores ejercen mandatos de seis años y tienen competencias como la confirmación de los jueces del Tribunal Supremo y de los miembros del gabinete presidencial.

La disputa por la Cámara Alta se concentra en siete estados con carreras ajustadas: Alaska, Iowa, Maine, Míchigan, Nuevo Hampshire, Ohio y Texas. Los demócratas afrontan un camino más difícil, ya que necesitarían arrebatar al menos cuatro escaños actualmente republicanos para hacerse con el control del Senado.

Sin embargo, las alarmas se han encendido dentro del Partido Republicano, donde algunas contiendas que parecían resueltas a principios de año ahora se han estrechado. Un caso claro es Texas, donde el candidato demócrata al Senado, James Talarico, aventaja en 2,6 puntos al republicano Ken Paxton, un estrecho aliado de Trump.

En el caso de los demócratas el desafío es retener estados que ya controlan, como Míchigan, donde Abdul El-Sayed, representante del ala progresista cercana al senador Bernie Sanders y al alcalde neoyorquino Zohran Mamdani, aventaja por un estrecho margen al republicano Mike Rogers.

Las nuevas tecnologías y el trumpismo

Trump entiende a la IA como una opción para derrotar a China y cumplir con su promesa de recuperar la supremacía mundial de Estados Unidos. Pretende a la vez utilizarla para instaurar un estado policial y criminalizar toda forma de oposición.

Más peligroso aun, ha depositado en la Inteligencia Artificial todas las expectativas económicas de Estados Unidos. Según algunos analistas, el crecimiento del PIB está impulsado casi exclusivamente por el gasto en esa tecnología, el mercado de valores opera en torno al puñado de empresas que controlan esas acciones y casi toda la inversión se localiza en ese sector. El universo restante de la producción, el consumo y el comercio ha quedado sujeto al devenir de la IA.

Trump confía en que la oleada de “tecno-optimismo” permitirá el crecimiento, con nuevos puestos de trabajo calificados, incremento de la productividad y aceleración del desarrollo con asistencia automatizada.

Peor aún, un analista favorable a este optimismo afirma que la nueva tecnología es sinónimo de progreso, abundancia y bienestar, si se reafirma el pleno funcionamiento del mercado, sin regulaciones, ni restricciones de ningún tipo.

Esa innovación es vista, en los hechos, como el gran contrapeso a las adversidades que afronta Trump. Los aranceles, sanciones y amenazas monetarias que desplegó en el 2025 tuvieron resultados tan desfavorables como las decisiones bélicas del 2026, que ha llevado al fracaso de la guerra contra Irán.

A la interrogante ¿Permitirá la IA contrarrestar el declive imperial de Estados Unidos? Se ve muy difícil y existen numerosas razones para postular una respuesta negativa. La primera potencia afronta una aguda regresión industrial, con estancamiento de la productividad e imparable pérdida de competitividad frente a China. En la dura batalla por bajar costos, aumentar ventas y conquistar mercados, Estados Unidos tiende a quedar relegado.

En esta coyuntura, Estados Unidos no está en condiciones de utilizar en su ámbito productivo, los vertiginosos avances que la Inteligencia Artificial ofrece. Está en frontal contraposición con el resto de la economía A diferencia de lo ocurrido con otras revoluciones tecnológicas del siglo XX, el declive de su industria le impide ese aprovechamiento.

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