Por Luis Carlos Samudio G.
Abogado, docente y mediador
Han pasado treinta años desde que concluí mi segunda carrera profesional. Al mirar hacia atrás, el corazón se llena de gratitud y de orgullo. Tres décadas no son sólo un número, sino la medida de un gran recorrido vital que ha unido disciplina, conocimiento y compromiso social.
Hoy, al evocar aquel momento, elevo mi agradecimiento al Creador todopoderoso, fuente de toda fortaleza y sabiduría, quien me sostuvo en cada paso y me iluminó en cada decisión. Sin su guía, nada de lo alcanzado habría sido posible.
También debo rendir homenaje a mis padres, gestores de este ser, quienes con amor y disciplina sembraron en mí las semillas de la perseverancia y la rectitud. Ellos fueron los arquitectos de mi carácter, los que me enseñaron que la vida se enfrenta con dignidad y que la educación es el arma más poderosa para transformar la realidad. A mi familia, que ha sido mi refugio y mi impulso, les debo la construcción de una fortaleza que no solo es material, sino también espiritual.
La primera carrera que emprendí fue la de las armas. En ella aprendí el valor de la disciplina, la importancia del honor y el significado profundo de servir a la patria. Las armas me enseñaron que la defensa de la nación no es sólo un deber, sino un acto de amor. Me mostraron que la fuerza no reside únicamente en el poder físico, sino en la convicción moral de proteger lo que es justo y lo que es nuestro. Esa formación fue la base sobre la cual se levantó mi espíritu de servicio, y me preparó para enfrentar los desafíos con firmeza y coraje.
La segunda carrera, la de las leyes, representó un nuevo horizonte. Si las armas me dieron la capacidad de defender, las leyes me otorgaron la sabiduría para comprender y transformar. En el estudio del Derecho encontré las herramientas para interpretar la justicia, para dar voz a los que no la tienen y para construir un orden social más equitativo. Fue un camino arduo, lleno de lecturas, debates y reflexiones, pero también fue un viaje enriquecedor que me permitió crecer como ser humano y como ciudadano.
A los formadores de Derecho, mi gratitud eterna. Ellos fueron los guías que establecieron los conocimientos necesarios para que pudiera culminar con éxito esta segunda carrera. Sus enseñanzas no se limitaron a los códigos y a las normas; me transmitieron la esencia de la justicia, el sentido profundo de la equidad y la responsabilidad ética que acompaña a todo jurista.
Treinta años después, puedo afirmar que ambas carreras se complementan y se abrazan en un mismo propósito. Las armas y las leyes no son caminos opuestos, sino expresiones distintas de un mismo compromiso: servir a la patria y defender la justicia. Las armas me dieron la fuerza para proteger, las leyes me dieron la razón para actuar. Juntas, me han permitido construir una vida dedicada al servicio, a la defensa de los valores y a la búsqueda constante de un país más justo.
Pero el camino no se detuvo allí. Con el tiempo, comprendí que la justicia debía ser más amplia, más cercana a las personas, más sensible a las realidades cotidianas. Fue entonces cuando descubrí la riqueza de la mediación y la solución de conflictos. Estas enseñanzas me mostraron que los problemas no deben ser vistos únicamente como enfrentamientos, sino como oportunidades de diálogo y transformación. Aprendí que escuchar, comprender y facilitar acuerdos es tan importante como aplicar la ley. La mediación se convirtió en un puente entre la rigidez normativa y la flexibilidad de la convivencia, permitiéndonos acercar la justicia a las personas de manera más directa y efectiva.
La solución de conflictos nos demuestra que la paz no es ausencia de problemas, sino la capacidad de enfrentarlos con inteligencia y respeto. Descubrimos que la verdadera victoria no está en imponer, sino en lograr consensos que fortalezcan la cohesión social. Ese aprendizaje nos permitió ver que la justicia no se construye en los tribunales únicamente, sino también en las comunidades, en las familias y en los espacios cotidianos donde surgen las tensiones de la vida diaria.
La criminología, por su parte, nos ofreció las herramientas para comprender las raíces profundas de la violencia y el delito. Nos permitió analizar las causas sociales, económicas y culturales que generan comportamientos desviados, y nos dio la capacidad de proponer soluciones que van más allá de la sanción. La criminología nos enseñó que detrás de cada acto ilícito hay una historia, y que la verdadera justicia debe atender no solo las consecuencias, sino también las causas.
Con ese bagaje de conocimientos y experiencias, dimos un paso más: la creación, a través de la Fundación Amigos de la Biodiversidad y Cultura de Paz, de un Observatorio Criminológico Académico. Ese espacio nació con la misión de aplicar de manera práctica y científica todo lo aprendido, integrando las armas y las leyes, la mediación y la criminología, en un esfuerzo conjunto por la justicia social y la cohesión social en nuestro país.
El observatorio se ha convertido en un laboratorio de ideas y acciones. Allí analizamos fenómenos delictivos, proponemos políticas públicas, generamos investigaciones y, sobre todo, buscamos soluciones que fortalezcan la paz y la convivencia. No se trata únicamente de estudiar el crimen, sino de comprenderlo en su contexto y de ofrecer alternativas que reduzcan la violencia y promuevan la equidad.
A través del observatorio, se ha logrado vincular la academia con la comunidad, la teoría con la práctica, y el conocimiento con la acción. Hemos demostrado que la justicia social no es un concepto abstracto, sino una tarea concreta que exige compromiso, disciplina y visión. La cohesión social, por su parte, se construye cuando cada ciudadano siente que la justicia lo protege, lo escucha y lo incluye.
Hoy, al mirar ese camino, podemos afirmar que hemos cumplido con el propósito de integrar nuestras dos carreras —las armas y las leyes— en un proyecto mayor. Las armas nos dieron la fuerza para defender, las leyes nos dieron la razón para actuar, y la mediación y la criminología nos dieron la sensibilidad para comprender y transformar. Todo ello se ha materializado en el observatorio, que es la síntesis de nuestra trayectoria y la proyección de nuestro compromiso hacia el futuro.
La Fundación Amigos de la Biodiversidad y Cultura de Paz es el marco que nos permite unir la defensa de la naturaleza con la defensa de la sociedad. Porque entendemos que la paz no se limita a las relaciones humanas, sino que también incluye la relación con nuestro entorno. La biodiversidad y la cultura de paz son pilares inseparables de un país que aspira a vivir en armonía consigo mismo y con el mundo.
En conclusión, hemos aprendido que el conocimiento no tiene sentido si no se aplica en beneficio de la comunidad. Hemos combinado las enseñanzas de las armas y las leyes, de la mediación y la criminología, para crear un espacio académico y social que busca transformar la realidad. El observatorio criminológico académico es nuestra contribución a la justicia social y a la cohesión social de Panamá, y es también la prueba de que la disciplina de las armas y la sabiduría de las leyes pueden caminar juntas hacia un mismo destino: la paz con dignidad.
Treinta años después, seguimos de pie, con la misma convicción que nos impulsó entonces. ¡Siempre de pie, nunca de rodillas!
¡Juntos trabajemos a favor de la paz y la convivencia pacífica!




