La caída de Uribe y la masacre de Cali

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Felipe Tascón, (Foto Bayano digital)

Por: Felipe Tascón Recio

Colaborador de Bayano digital

Reconocido economista, experto en proyectos de prevención de drogas, cohesión social y cooperación al desarrollo. 

CALI | Colombia | Desde los sectores opuestos a la aristocracia elegida[1] que por 190 años ha detentado el poder en Colombia, la lectura del paro nacional abarca una serie de factores que nos ubican ad-portas de un cambio real, y esto por la vieja ecuación de la política que reza que estos se suceden cuando los de abajo no quieren y los de arriba no pueden. Esto es lo que en términos clásicos se llama las condiciones objetivas para un cambio estructural. Efectivamente estamos en una coyuntura histórica de ese tipo, Uribe se está cayendo.

Los de arriba no pueden mantener el poder, porque las debilidades del partido fascista son tales que limitan su capacidad de gobierno, Uribe buscó alguien tan liviano, tan débil que no pudiera traicionarlo, pero si bien esta liviandad de Duque cubre las espaldas del fascista mayor, al tiempo puso en evidencia todas las falencias del gobierno central como gestor del Estado, indolente e inepto en las tareas de conducción del territorio y la población, que no logra ocultar su corrupción y su favoritismo por el capital financiero o más precisamente por el patrón Sarmiento Angulo, y que tampoco logra ocultar su laxitud o su estímulo al retorno exponencial de las masacres, devaluando con todo esto la majestad del poder en Colombia.

El exabrupto que, durante la pandemia, se canalicen los recursos públicos hacia gastos superfluos y hacia subsidios a los más ricos, ha sido otro elemento clave para desnudar al poder en Colombia. En la práctica todo esto provoca que entre la ciudadanía aumente la desconfianza, creciendo el descontento de los de abajo que no quieren la continuidad del estado de cosas.

Esta coyuntura de ingobernabilidad, producto inmediato de la debilidad del gobernante impuesto, viene a darse en medio de la apertura política que creció paralela a los diálogos de paz, un escenario sin antecedentes de pérdida masiva de miedo que favoreció el aumento de infinidad de causas sociales y de sus liderazgos.

Además de La Habana ¿Qué explica la reducción del miedo? un cambio sustancial es el surgimiento de la comunicación por internet con las redes sociales, así las clases que detentan el poder perdieron el monopolio de la información.

Casi en toda la historia colonial y republicana el miedo fue la herramienta sustancial de gobierno, sin embargo, aunque el retorno del fascismo al poder trajo consigo la proliferación de las masacres, lo que hasta hace 10 años hubiera servido para encubrir al inepto gobernante, hoy falla en su objetivo porque las víctimas ahora pueden en tiempo real informarnos a su vecindad, al país y al mundo, tanto de la corrupción en tiempos de “paz”, como de los asesinados en los momentos de “guerra”, dentro de esta realidad esquizofrénica donde estos opuestos conviven en el cotidiano.

En resumen, cuatro elementos caracterizan esta coyuntura previa al paro nacional:

  1. La indolencia y liviandad del corrupto títere gobernante;
  2. La explosión de causas sociales por la ilusión de la paz;
  3. La democratización de la información que nos vacuna ante el miedo a la represión violenta;
  4. Esto en el marco de la mayor crisis económica resultado de la pandemia, su mal manejo oficial y su secuela del hambre generalizada.

Vale agregar una 5ª característica, la posibilidad de la próxima elección de una figura progresista, ajena al poder tradicional en Colombia. Una serie de factores incluyendo la larga campaña presidencial -desde el 2017 hasta la actualidad- porque por el fraude del 2018 y la ingobernabilidad de Duque esta nunca se detuvo, consolidan la emergencia de Gustavo Petro como personificación del cambio posible.

Es decir que, en la coyuntura del paro, influyen las encuestas que dan a Petro ganador en 1ª vuelta del 2022.

Colombia lleva casi 2 siglos controlada por una clase social de propietarios. Si bien por ninguna parte la constitución limita la elegibilidad al reducido grupo de la gran propiedad, es “moderna” en el sentido de afirmar que cualquier nacional es elegible en democracia, bien sabemos que esto es mentira.

En las 20 décadas de vida republicana, todo intento de gobierno para el pueblo y con el pueblo, ha sido penado con la muerte (Bolívar 1830 y Gaitán 1948), con el destierro (Melo 1854), o con el fraude (Petro 2018). Aquí el poder siempre ha rotado dentro de lo que Rousseau llamaba la aristocracia elegida, es decir un remedo de democracia donde los elegidos se limitan a varones de un número reducido de familias, nucleadas por la corrupción, por la vocación hereditaria del saqueo del Estado.

Sin embargo, la cocaína al igual que para muchas otras cosas, cambió también al poder en Colombia. No fue un cambio estructural, simplemente se amplió la aristocracia, con los nuevos ricos narcos, que primero les financiaban campañas y luego le reclamaron a las familias tradicionales asientos en la mesa de la hegemonía del poder.

En el paro, se juega mucho más que las reformas tributaria, sanitaria y pensional. El poder hegemónico -tradicional y narco- se siente amenazado, algo nuevo para entender lo sicarial de su reacción frente las manifestaciones pacíficas.

No es que aquí la aristocracia necesite alicientes para ser violenta, siempre lo ha sido, pero, amenazada trasciende cualquier escrúpulo de mancharse las manos de sangre en público. Así a la condición pacífica del paro, se le impone el asesinato desde la cabeza del partido fascista, quien dio la orden de guerra urbana a militares y policías formados en la teoría del enemigo interno.

Uribe como jinete que cabalga un tigre[2], no quiere bajarse de la fiera porque lo devoraría, esto es que los casi 300 procesos judiciales prosperarían llevándolo a la cárcel, y por eso para él, cualquier batalla es la final.

Dentro de la infinidad de información que circula en las redes, hoy se destacan cinco elementos:

  1. La quemada del ministro Carrasquilla, cual fusible, que busca conseguir “consensos”, esto es garantizar con mermelada la reedición cosmética de la misma tributaria;
  2. El discurso del desabastecimiento causado por las manifestaciones, buscando enfrentar pueblo contra pueblo;
  3. La sevicia asesina de los uniformados e infiltrados en las manifestaciones en calles y carreteras del país;
  4. El golpe de Estado de hecho en algunas ciudades como Cali, donde Ospina devino convidado de piedra frente a la “asistencia” militar, esto es que el poder real es ejercido por el “autosuficiente” general Zapateiro;
  5. Uribe importa el discurso fascista chileno sobre “revolución molecular disipada”, para justificar el sicariato de los asesinos del general declarado amigo de Popeye.

Para entender los 3 puntos finales no se puede olvidar que la cúpula militar y policial se beneficia y mucho de la entrada de la cocaína al poder. Además, que esto baja hasta las bases uniformadas que reciben sobornos en dinero o en especie de cocinas y microtráfico.

A menos de un kilómetro de donde escribo, anoche se perpetró parte de la masacre de Cali, una velatón en la rotonda de Siloé y el barrio El Cortijo fue copada policialmente con fusiles automáticos, bombas lacrimógenas e incendiarias. Esas mismas calles donde ayer exacto se cumplían 4 décadas de la toma de Brisas (3) de Mayo, se bañaron de sangre con 5 asesinatos, incluyendo el de un niño de 11 años. Horas antes el foco había estado en el hotel La Luna, donde después de estallar un polvorín policial, las ráfagas amenazantes del ejército impidieron la mediación de la vicaría eclesiástica. Mientras más al sur en la entrada de Ciudad Jardín, un excandidato uribista llamaba a sus vecinos ricos a armarse para enfrentar a los estudiantes de la Universidad del Valle.

La conclusión es obvia: Uribe no quiere entregar el poder, la misión real del “alcalde” Zapateiro es propiciar un caos de tal magnitud que justifique la declaración de conmoción interior, el antiguo estado de sitio, la militarización del país e incluso un golpe de Estado que impida no solamente el éxito de los reclamos de la manifestación pacífica, sino la realización de las elecciones del 2022.

Estamos en una coyuntura que Gramsci hubiera denominado de “equilibrio catastrófico”[3], donde en democracia en todos los escenarios el César pierde el poder, por lo cual ese César está trayendo la guerra a las ciudades y las vías pavimentadas, fabricando un escenario militar donde no tenga que entregarlo.

Al momento de cerrar este artículo no se ve un final claro, la salida democrática sería la propuesta ayer por los candidatos del Pacto Histórico, Petro y Barreras, derogar la reforma tributaria del 2019, y con los billones de pesos recuperados que Duque se dedique vacunar y a reactivar la economía. Sin embargo, todo escenario pacifico va contra la permanencia de Uribe, y el jinete acorralado llevará los zarpazos mortales del tigre hasta las últimas consecuencias.

La resistencia popular sigue siendo correcta: la continuidad en las calles y carreteras de los jóvenes y la población hambreada de barrios y pueblos. Además, es imperioso un bloqueo político desde el exterior, los gobiernos del mundo, empezando por Biden, deben hacer público su rechazo a los estertores del psicópata sanguinario.

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