La Asamblea Nacional de Diputados: la cuna del desprestigio político

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Hemiciclo legislativo. (Foto: Cortesía).

Por Alberto Velásquez
Periodista y relacionista público

En mi condición de comunicador social con una larga trayectoria profesional, me permito resaltar el hecho de que, como periodista parlamentario, tuve el privilegio de escuchar valiosas intervenciones de destacadas figuras políticas que ocuparon una curul en la Asamblea Nacional de Diputados.

Durante muchos años, el hemiciclo legislativo fue descrito como la máxima tribuna democrática del pueblo panameño. Hubo un tiempo en el que ese escenario fue centro de debates y brillantes exposiciones argumentales de hombres como Carlos Iván Zúñiga, Rigoberto Paredes, Arnulfo Escalona Ríos, Jacinto López y León, Jorge Rubén Rosas, Ovidio Díaz y otros que el tiempo ha ido alejando de la memoria colectiva.

Más allá de las diferencias ideológicas, sus discursos revelaban respeto, estudio, preparación y una profunda comprensión de los problemas principales. Cada intervención en el ámbito parlamentario enriquecía el debate público y contribuía a la formación de la conciencia popular.

La Asamblea Nacional era entonces un lugar de confrontación de ideas y principios. Hoy, lamentablemente, parece haberse convertido en un espacio de altercados donde predominan la improvisación, el insulto, la cizaña, el cálculo clientelista y la defensa de intereses particulares.

Con algunas excepciones, la llamada tribuna del pueblo está ocupada por profesionales de la supervivencia política. Allí resaltan personajes que han convertido la curul en un patrimonio personal y han transformado la política partidista en un negocio de clientelismo perpetuo. Esos personajes no legislan para transformar y equilibrar a este país. Legislan para preservar sus privilegios.

La discusión parlamentaria de principales temas nacionales rara vez se concentra en propuestas de bienestar colectivo. El presupuesto del Estado, las reformas electorales y las decisiones que afectan el futuro de la República suelen convertirse en instrumentos de consolidación de cuotas de poder, el afianzamiento de las estructuras partidarias y la continuidad de la influencia de quienes han administrado el atraso institucional durante décadas.

En ese sentido, son particularmente reveladoras las maniobras del dirigente que preside el partido político más numeroso del país. Desde su elevada posición intenta moldear las reglas internas y electorales con el objetivo de ampliar su influencia personal. Después de años de permanecer aferrado a una curul, se muestra convencido de que el ejercicio de la política partidista no tiene límites.

Sin embargo, la crisis de la Asamblea Nacional no es atribuible a una sola figura. Es un ejemplo más. El problema es más profundo. Se trata de una cultura política cimentada en el caudillismo, el oportunismo y la ausencia de la rendición de cuentas ante la población y los electores.

Por ese motivo, la Asamblea Nacional figura entre las instituciones peor valoradas por los ciudadanos. No obstante, la contradicción es evidente: quienes provocan indignación pública durante cinco años, reciben repetidamente el respaldo electoral cuando llega la hora de votar.

La degradación de la Asamblea Nacional no comenzó cuando los malos políticos llegaron a ella. Comenzó cuando una parte significativa de la sociedad panameña decidió acostumbrarse a su incómoda presencia.

Mientras el elector premie el oportunismo, el clientelismo y la mediocridad, la principal tribuna democrática de la nación seguirá siendo ocupada por quienes han aprendido a lucrar del poder.

La Asamblea Nacional no refleja únicamente la crisis de la clase política. Refleja, además, las serias consecuencias de una ciudadanía que, con frecuencia, castiga con indignación, pero absuelve con el voto depositado en las urnas.

¡Dios guarde a nuestra patria!

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