Alto al fuego en Oriente Medio: cómo una propuesta para la paz abre el camino a un nuevo enfrentamiento

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Bombardeo israelí en el sur de Líbano. (Foto: ABBAS FAKIH / AFP).

Por Luis Alejandro Singh
Licenciado en Relaciones Internacionales

Tras casi dos meses de iniciado el conflicto, en horas de la mañana del 8 de abril, ambas partes acordaron un cese al fuego con una duración de dos semanas. Sobre la mesa de negociación está puesta una hoja de ruta de 10 puntos, a los cuales me referiré a dos: la reapertura del Estrecho de Ormuz y el compromiso del país persa de desistir de su ambición del uso nuclear con fines militares.

Con el alto al fuego, el optimismo prevalece en la comunidad internacional, los mercados y la economía en general, que se encontraban en una recesión. El Estrecho de Ormuz, esa arteria por donde circula el 20 % del petróleo que provee de energía al mundo, estuvo cerrado durante un lapso de aproximadamente 40 días. No obstante, el estatus de apertura está condicionado a una serie de puntos a discutir, los cuales, según expertos en política internacional, nadan en un velero con vientos en contra.

Primeramente, al presidente Trump y a sus asesores del Pentágono y del Departamento de Estado les hubiese sido ventajoso llegar a negociar con Irán con la vía marítima libre del bloqueo de facto de este. De esa manera, no tendrían que acogerse a las exigencias que plantea Irán. En razón de ello, la República Islámica utiliza la ruta marítima mercantil como medio de coerción, lo cual, si percibe un error de cálculo en las intenciones de este alto al fuego por sus adversarios, no dudaría en reiterar el bloqueo.

El segundo punto del acuerdo que me parece lejano a la realidad, es la suspensión, por parte de Irán, de la fabricación de la bomba atómica. Y es que, contando con un Israel gobernado por el partido más ultraconservador de su historia política, y con la caída de su otrora aliado en Siria, aunado al ascenso de Donald Trump, que condiciona el interés nacional de Estados Unidos a los objetivos geopolíticos de Israel, es meramente comprensible que en la práctica se desconozca esa condición, tal como dice el adagio: “Lo que se dice o hace no siempre se lleva a cabo”.

Tercero, disolver el eje de resistencia en su totalidad implicaría que la supervivencia y seguridad de Irán estarían amenazadas. Recordemos que grupos como Hezbollah, en el sur del Líbano, tienen su bastión justo allí porque están a las puertas del territorio israelí. Se debe tener presente que la manera de hacerle frente al poderoso ejército anglosionista es por medio de los grupos “proxy” que patrocinan en la región.

Cuarto, las bases de Estados Unidos en la región son una posición de poder. Están estratégicamente ubicadas en la región más rica en hidrocarburos; por ende, su retirada dejaría un vacío de poder que sería llenado por bases militares rusas o chinas. Igualmente, los intereses de seguridad de Israel requieren esas bases en caso de conflicto.

En resumen, tal como se especifica arriba, la propuesta en sí carece de solidez por lo antes expuesto. Lo más responsable sería que Pakistán, como mediador del conflicto —país sede de las conversaciones—, elabore un plan alternativo que comprenda los intereses y objetivos de seguridad de los tres actores en juego.

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