Por Rogelio Antonio Mata Grau
Especialista en Ciencias Sociales
Hace treinta y nueve años, se dio el surgimiento de la Cruzada Civilista, uno de los movimientos políticos más influyentes y debatidos en la historia contemporánea en la República de Panamá.
Para algunos, representó la lucha democrática contra la dictadura militar; para otros, constituyó una pieza fundamental dentro del proceso que culminó con la invasión estadounidense del 20 de diciembre de 1989. Más allá de las pasiones y de los relatos oficiales, la fecha invita a una reflexión crítica sobre sus orígenes, contradicciones y consecuencias históricas y políticas
La Cruzada Civilista surgió en un contexto marcado por el desgaste del régimen encabezado por Manuel Antonio Noriega y por una profunda crisis política, económica e institucional. Sin embargo, aquel fenómeno no puede comprenderse únicamente desde la realidad interna panameña. También debe analizarse en el marco de la redefinición de la estrategia de Estados Unidos hacia América Latina durante los años finales de la Guerra Fría.
El general Manuel Noriega Noriega, ex jefe de las Fuerzas de Defensa de Panamá, formó parte de una estructura de Seguridad hemisférica construida bajo la influencia estadounidense. Durante años colaboró con organismos de inteligencia y desempeñó funciones vinculadas a los intereses estratégicos de Washington en la región. Mientras resultó útil a esos intereses fue tolerado.
La crisis comenzó cuando dejó de encajar en las nuevas prioridades geopolíticas norteamericanas y se negó a abandonar el poder.
Ante las crecientes presiones externas, Noriega recurrió a un discurso nacionalista y antiimperialista. Sin embargo, dicho discurso no estaba necesariamente orientado a resolver la histórica contradicción entre nación e imperialismo, sino a garantizar su permanencia política. Aun así, recibió el respaldo de sectores populares y nacionalistas que identificaban correctamente la amenaza de una intervención extranjera.
La tragedia política de aquellos años consistió en que dos contradicciones distintas terminaron fusionándose en una sola. Por una parte, existía una legítima demanda democrática contra un régimen cada vez más cuestionado. Por otro lado, persistía la histórica contradicción entre Panamá y la política intervencionista de Estados Unidos. La defensa de la soberanía nacional quedó asociada a la defensa de un régimen en crisis, mientras la oposición civilista concentró sus esfuerzos en la salida de Noriega.
La ofensiva contra el régimen no se limitó a la presión diplomática. Incluyó una intensa estrategia económica destinada a debilitar sus bases de sustentación. Las sanciones financieras, las restricciones bancarias, el congelamiento de activos y otras medidas de presión internacional respondían a una lógica clara: hacer políticamente insostenible la permanencia de Noriega en el poder. El costo de esa estrategia fue asumido no sólo por el gobierno, sino también por miles de panameños afectados por la paralización económica.
La invasión del 20 de diciembre de 1989 constituyó el desenlace de ese proceso. Sin embargo, su significado trasciende la caída del régimen militar. Ocurrió en el momento en que se derrumbaba el orden bipolar de la Guerra Fría y emergía un nuevo sistema internacional bajo la hegemonía de Estados Unidos. Desde esa perspectiva, Panamá fue uno de los primeros escenarios donde se pusieron en práctica nuevas doctrinas de intervención militar, tecnologías avanzadas de guerra, operaciones especiales y mecanismos de inteligencia que marcarían los conflictos de la década de 1990.
Treinta y nueve años después, la pregunta fundamental sigue siendo qué país surgió de aquel proceso histórico. La democracia electoral fue restaurada, pero persisten profundas desigualdades sociales, crisis de representación y cuestionamientos sobre la concentración del poder económico y político. La historia encierra una ironía: muchos de los sectores que combatieron el autoritarismo militar terminaron formando parte del bloque de poder que ha gobernado Panamá durante las últimas décadas.
Por ello, la conmemoración de la Cruzada Civilista debe servir no sólo para recordar el pasado, sino también para examinar críticamente el presente. La historia no concluyó con la caída de Noriega ni con la invasión. Continúa abierta en el debate sobre la soberanía nacional, la justicia social, la democracia y el modelo de país que los panameños aspiramos a construir.




