De los palenques de Bayano a la soberanía del istmo

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Escena del cimarronaje en Panamá.

Por: José de la Rosa Castillo
Especialista en Relaciones Internacionale

La narrativa oficial sobre la identidad panameña ha sido, históricamente, una construcción de mirada eurocéntrica e hispanófila. Se nos ha enseñado a concebir el istmo como un «crisol de razas», un concepto que, bajo la promesa de la armonía y la integración, suele operar como un mecanismo de invisibilización.

En esa idílica amalgama, la raíz africana es frecuentemente reducida a un elemento folclórico, una pincelada de color en el carnaval o un ritmo festivo en las costas colonenses. Sin embargo, un análisis crítico de nuestra trayectoria histórica devela una gran verdad : la etnia negra no es un aderezo de la panameñidad; es su fibra fundacional y su más persistente lección de soberanía.

Para comprender la magnitud de la presencia afrodescendiente en Panamá, es imperativo desenterrar la memoria del cimarronaje del siglo XVI. Mientras las élites coloniales articulaban la zona de tránsito para servir a los intereses de la metrópoli europea —convirtiendo al istmo en el cordón umbilical del imperio castellano para el traslado del oro y la plata incas—, en las selvas del Darién y en el Caribe se gestaba el primer proyecto de libertad de las Américas.

La resistencia cimarrona no fue una mera sucesión de huidas desesperadas; fue un movimiento geopolítico y militar de alta envergadura. El ejemplo cumbre de este fenómeno es, sin duda, el rey Bayano. Capturado en África Occidental, Bayano no sólo lideró una insurrección armada entre 1552 y 1558, sino que fundó un verdadero Estado independiente dentro del territorio colonial. Los palenques bajo su mando eran sociedades organizadas, con estructuras políticas autónomas, economías de autosubsistencia y redes de inteligencia que desafiaron abiertamente la hegemonía de la Corona Española.

La peligrosidad de Bayano para el imperio era tal que no pudieron vencerlo en el campo de batalla; tuvieron que recurrir a la traición y a la perfidia diplomática para capturarlo. No obstante, el espíritu de su rebelión fue irreversible. Forzó a las autoridades coloniales a firmar tratados de paz y a otorgar tierras y libertad formal a sus seguidores. Figuras como Luis de Mozambique lograrían poco después la fundación de Santiago del Príncipe (ubicada en la actual Honduras), el primer pueblo de negros libres formalmente reconocido en el istmo. Aquellos palenques fueron las primeras zonas liberadas del colonialismo en el continente.

Esta herencia de resistencia y resiliencia de los afrocoloniales (cimarrones) sentó las bases sobre las cuales, siglos más tarde, encajaría la monumental migración afroantillana de los siglos XIX y XX. Los trabajadores llegados de Jamaica, Barbados y Santa Lucía para construir el Ferrocarril Transístmico y el Canal de Panamá no solo moldearon con su sudor y sangre la infraestructura que hoy sostiene nuestra economía globalizada, sino que reconfiguraron definitivamente el tejido cultural, gastronómico, lingüístico y religioso de la nación.

A pesar de haber sido blanco de un racismo institucionalizado y chovinista —que tuvo su punto más abyecto en la Constitución de 1941, la cual despojó temporalmente de la nacionalidad a miles de panameños de ascendencia afroantillana—, esta comunidad resistió. Su persistencia transformó el hostil enclave canalero en un espacio donde la dignidad y la identidad afropanameña terminaron por permear todas las capas de la sociedad.

Celebrar el mes de la etnia negra o reflexionar sobre su impacto en Panamá no puede limitarse a un ejercicio de nostalgia histórica o a la exaltación de la pollera congo y el “saus”. La resistencia de Bayano y la tenacidad de los obreros antillanos nos enseñan que la identidad panameña se forjó en la disidencia contra la opresión.

Panamá es el puente del mundo, sí, pero sus pilares están profundamente hundidos en la herencia de la diáspora africana. Reconocer el hilo negro que teje nuestra historia no es dividir la nación; es, finalmente, otorgarle su verdadero y legítimo sentido de soberanía y dignidad.

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